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Legado e identidad, los retos del milenio

La apreciación de lo que se entiende por patrimonio cultural de Méxicose ha caracterizado por su ambivalencia.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Comencemos por las creaciones de origen prehispánico. ¿Ha sido siempre igual su valoración? Para dar un ejemplo, muchas de las efigies de los dioses, en esculturas o pinturas de códices, cerámica, murales y otros soportes, han sido vistas como figuras repugnantes y aún inspiradas por el demonio. Pero hubo otros, como el gran Durero, que ante otras creaciones de los mismos indígenas las tuvieron como admirables. Actualmente, hay quienes al describir a alguien que les parece muy poco agraciado, expresan que “tiene cara de ídolo”. 

Y qué decir del legado cultural del periodo colonial. A menudo se ha interpretado el establecimiento de escuelas y de la Universidad en cuanto a centros de educación para españoles y criollos, o para indios, con el fin de andoctrinar a éstos últimos como un medio para mantenerlos sometidos. Fueron los grandes conventos el último vestigio extraordinario del gótico en el Nuevo Mundo y focos de irradiación cultural, símbolos de dominación espiritual y temporal para someter cualquier rebelión e irradiar procesos misionales dirigidos a implantar el cristianismo y erradicar la religión y visión del mundo indígenas.

¿Fue el barroco un florecer admirable o debe tenerse casi como una aberración, proliferación de hojarascas y toda suerte de figuras en lo arquitectónico, escultórico, musical, literario y otros campos más? ¿Dejó de considerarse patrimonio cultural digno de preservarse cuando se le sustituyó por el arte neoclásico?   

La Independencia y las crisis de identidad  

La independencia de México abrió al país a distintos proyectos de nación, algunos frontalmente opuestos entre sí, implantar un imperio o monarquía, o adoptar un régimen republicano copiando los modelos de Francia y los Estados Unidos; sin embargo, algunos como Carlos María de Bustamante abjuraban de cuanto era u olía a español, y otros como Lucas Alamán buscaban allí la raíz del ser nacional, en tanto que desdeñaban al pasado indígena y sus creaciones. 

Entrado ya el siglo XIX, los debates acerca de la identidad y el patrimonio cultural de México se acrecentaron, en paralelo a veces con graves detrimentos y pérdidas. Con frecuencia se vio en la presencia marginada de los indios sólo un lastre, por lo que se buscó asimilarlos. También se perdieron en ese siglo muchos tesoros arqueológicos y documentales, como códices indígenas, que vendidos o sustraídos pasaron al extranjero. Con las leyes de desamortización de la Reforma se vieron enajenadas, destruidas o arbitrariamente modificadas numerosas edificaciones coloniales, sobre todo religiosas como conventos, iglesias y colegios, convertidos algunos en cuarteles y en caballerizas.  Es cierto que frente a todo esto hubo quienes volvieron la mirada a las raíces indígenas y a las hispánicas, no ya con el propósito de negarlas o destruirlas. Comenzaron a publicarse crónicas e historias sobre el pasado prehispánico y novohispano.

Surgió un nuevo aprecio por las expresiones novohispanas en las letras, la arquitectura y otras artes; se acrecentó una literatura que llamaremos “nacional” y que abarcó narrativa, poesía, arte dramático y otros géneros. Hubo mexicanos que investigaron sobre diversos aspectos del ser cultural y natural del propio país. Algunos tomaron también en cuenta lo que expresaban de su identidad viajeros, artistas e intelectuales extranjeros en escritos, pinturas y otras formas de comunicación.  Una aportación de considerable trascendencia fue la publicación, a fines del siglo XIX, de México a través de los siglos. Allí, distinguidos investigadores ofrecieron una amplia y bien documentada visión histórica de la evolución del país. Su ser debía entenderse sin mutilaciones, integrado por tres grandes etapas: prehispánica, novohispana e independiente. Puede decirse que esta obra preparó el camino para ulteriores tomas de conciencia sobre el ser nacional y su patrimonio, mismas que se producirían algunas décadas después tras el profundo sacudimiento que trajo consigo la Revolución de 1910.   

Nuevas tomas de conciencia  

A raíz de la Revolución se desarrollaron importantes procesos culturales que aún no han concluido. Uno de éstos consistió en el florecimiento, tal vez como nunca antes, de formas de creatividad alimentadas en renovados acercamientos al propio ser, pero abiertas frente a aconteceres culturales de otros rumbos del mundo. Enumerar las principales manifestaciones de esta creatividad requeriría un amplio espacio; sólo diré que abarcan una nueva literatura, nuevas corrientes en la pintura, la arquitectura, la música y otros campos del arte, e incluso logros como los de las comunicaciones que han hecho posible el acercamiento de grandes sectores de la población.  Otro proceso, paralelo al anterior, ha consistido en la realización de numerosos trabajos sobre el ser de México, con un enfoque antropológico e histórico como los de Manuel Gamio, Alfonso Caso y otros, o con metodología filosófico-psicológica en lo que Samuel Ramos describió como el Perfil del hombre y la cultura en México.

Asimismo, se deben tener en cuenta aportaciones literarias como El laberinto de la soledad de Octavio Paz, y un gran número de producciones sobre diversas etapas de la historia de México y su cultura, concediendo atención incluso al pensamiento indígena y a lo que los indios expresaron sobre sí mismos y la conquista española. Proceso que ha venido a dar apoyo a los dos anteriores es el que se ha manifestado en el establecimiento o renovación de numerosas instituciones, dedicadas precisamente a los estudios e investigaciones relacionadas directamente con la cultura en México, entendida en su sentido más amplio. Pienso en instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, las facultades o escuelas de Filosofía y Letras en las cada vez más numerosas universidades.

Nuevos museos han surgido, entre ellos los de Historia, Arte, Antropología; han proliferado nuevas editoriales privadas y públicas; se han implementado programas de exploración y restauración de miles de monumentos prehispánicos y novohispanos, y se creó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.  ¿Significa esto que México está preparado para hacer frente a los retos que el nuevo milenio planteará a su identidad y también a la preservación y enriquecimiento de su patrimonio cultural?   

Los grandes retos provenientes de la globalización    

Derivada principalmente de acelerados procesos tecnológicos y económicos, la globalización es en muchos aspectos irrefrenable y hasta cierto punto neutra. Más aún, en algunos casos, es positiva. Por ejemplo, la informática con todos sus recursos computacionales es universalmente apreciada. Los avances espectaculares en campos como los de la genética, la medicina, la agricultura y otros con todas las reservas que puedan tenerse son enriquecedores y a la vez ineludibles.  Pero la globalización se manifiesta de otras formas que deben calificarse de avasalladoras y riesgosas. Son estas las que pueden afectar la identidad y el patrimonio cultural, no sólo de individuos sino de pueblos, naciones y continentes enteros. Los centros desde donde irradian esos procesos globalizantes son las grandes corporaciones transnacionales y determinados países hegemónicos, uno en particular, los Estados Unidos.

 Incesantes bombardeos afectan las visiones del mundo, las creencias, los valores, las formas de apreciar la realidad, los comportamientos, gustos modas y, en suma, el todo social y cultural de personas y naciones.  La globalización, que agrede valores y conceptualizaciones, lesiona conjuntamente la correspondiente identidad cultural. Ello puede ocurrir de varias formas. Un reto muy difícil de afrontar, se deriva de la imposición a través de los medios masivos de comunicación, de criterios de apreciación de las diferencias culturales.

Si la globalización tiende a homogenizar, resultará entonces que lo que es distinto de la cultura dominante, será objeto de menosprecio. Ello se manifiesta en el desdén por usos y costumbres, formas de vida, tradiciones y lenguas de gentes de limitado desarrollo económico y consideradas, por lo tanto, como incapaces o inferiores.  Entre otros factores adversos a la preservación de los respectivos patrimonios culturales, debe destacarse el incremento de los focos de contaminación, por industrias, vehículos y acumulación de desechos.

Esto afectará cada vez más a los monumentos, las pinturas, los documentos y otras creaciones culturales. Y en ello podrán tener responsabilidades las grandes corporaciones, hasta ahora desinteresadas en el desarrollo de costosas tecnologías no contaminantes.  Grandes daños y pérdidas patrimoniales se han seguido también y continuarán produciéndose por enfrentamientos bélicos y fenómenos naturales como sismos, huracanes, inundaciones e incendios. En esto, toda previsión parece poca. Hay tecnologías que precisamente deberían globalizarse para anticipar y afrontar estos riesgos.  El próximo milenio será para la identidad y los respectivos patrimonios culturales de países como México y otros muchos, escenario de peligros muy grandes.

La mejor manera de prevenirlos y resistirlos está esencialmente ligada a la educación humanística y la capacitación científica y tecnológica alcanzada por sus respectivos pueblos. En el caso de México, la educación debe llevar a superar además, una serie de prejuicios que por mucho tiempo han prevalecido, como el haber contrapuesto lo indígena y lo hispánico, ignorando otras presencias como la de origen africano. La educación humanística habrá de mostrar por qué y cómo el patrimonio de México se finca en un pasado y un presente ricos en pluralidad cultural. La educación mostrará –como la UNESCO lo ha puesto en evidencia– que la diferencia cultural es fuente de creatividad.  Conscientes de nuestra diversidad y sin actitudes patrioteras o xenofóbicas, México, abierto al mundo, y con el gran respaldo de ser miembro de una importante comunidad de naciones –las de Iberoamérica– podrá contemplar con confianza el nuevo milenio. El ser del país, que es y se sabe pluricultural, tendrá que afrontar muchos retos, pero si logra que en su pueblo se haya privilegiado la educación, no sólo podrá hacerles frente sino que encontrará en ellos incentivos para lograr nuevas formas de creatividad y superación.   

Fuente  México en el Tiempo No. 33 noviembre / diciembre 1999

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