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Los alfareros del Lago de Pátzcuaro (Michoacán)

Los mensajeros enviados por el petamuti llevaron la noticia en todas direcciones. Aquella mañana, los habitantes de Ihuatzio, Pátzcuaro, Erongarícuaro……

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Aquella mañana, los habitantes de Ihuatzio, Pátzcuaro, Erongarícuaro y Tzintzuntzan, las ciudades más importantes del reino de Michoacán, se enteraban de la muerte de Tzitzipandácuri, poderoso cazonci que en 1478, encabezando a los valientes ejércitos purépechas, había defendido exitosamente las fronteras de su territorio, impidiendo el avance de sus enemigos, los mexicas.

El petamuti, en su calidad de sacerdote principal, dio inicio a los complejos preparativos de las ceremonias funerarias, las cuales concluirían con la cremación de los restos del gobernante y con su fastuoso enterramiento final.

En los talleres artesanales habían sido encargados los objetos cerámicos más exquisitos, que serían depositados detrás de las escalinatas del templo de Curicaueri, su dios principal, en el marco de estas ceremonias.

Paramparangari, maestro alfarero de Tzintzuntzan, y cuyo nombre se debía a su graciosa cara redonda, reunió a todos los miembros del taller –los cuales eran prácticamente sus parientes–, para tratar un asunto sumamente serio, puesto que el prestigio y el honor del taller alfarero más importante de la capital del reino quedaría en entredicho si los recipientes elaborados para los ritos de la inhumación real no tuvieran la calidad estimada.

El alfarero dirigió a sus parientes un solemne discurso en el que les recordó que sus antepasados que acompañaron a Tariácuri, y sobre todo al primer señor de nombre Tangaxoan, se habían especializado en la manufactura de vistosos recipientes que llamaban la atención de nobles y sacerdotes por sus esbeltas formas y por la perfección de sus diseños. Sus padres y sus abuelos habían sido honrados por el petamuti en turno al seleccionar sus vasijas para acompañar los restos de los anteriores cazonci. Y esta era una ocasión más importante por el respeto que los habitantes de Tzintzuntzan debían a Tzitzipandácuri.

En el taller, el encargado de recoger la arcilla había escogido la más fina, la que carecía de impurezas, y con gran cuidado había mezclado la tierra con agua, para después dejarla reposar por varios días, decantándola sucesivamente hasta lograr la materia idónea que, gracias a la destreza de los alfareros, se transformaría en ollas, cajetes, recipientes zoomorfos, diminutas vasijas que reproducían hasta en sus más mínimos detalles las obras mayores, y en particular, los curiosos patojos que semejaban pies estilizados, los cuales en la vida cotidiana eran usados por las mujeres purépechas, colocados junto al fogón, para mantener el atole y los frijoles a la temperatura deseada por los comensales.

Paramparangari encargó a uno de sus sobrinos la elaboración de las ollas que presentaban una elegante agarradera de elevada curvatura, semejante a la de una canasta, con la prominente vertedera tubular. A su vez, Vemundira instruyó a sus ayudantes para que hicieran algunas variantes a la forma de las ollas, una de cuerpo cuadrangular, las cuales recordaban los cuatro puntos del universo; otras debían copiar la apetitosa forma de las calabazas; otras ollas serían globulares; todas las piezas debían ser de paredes muy delgadas y de tonalidades rojas, con una multiplicidad de diseños decorativos en blanco y negro.

Muy pronto el lugar se llenó de una febril actividad; las jóvenes colaboraban trasladando cuidadosamente los objetos que recién salían del horno para ser supervisados porParamparangari, y para su resguardo en la gran choza que servía de almacén. El calor que despedía el fuego del horno hacía sudar a todos los trabajadores de las cercanías. Los ayudantes principales vigilaban que la pintura fuera aplicada correctamente y que las resinas que cubrían los diseños hechos “al negativo”, efectivamente sorprendieran a quienes los admiraran después de que las piezas pasaran por el proceso de cocción, principalmente al petamuti que había anunciado su visita de inspección.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 8 Tariácuri y el reino de los purépechas / enero 2003

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