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Los embajadores de Chalco en Tenochtitlán

En el palacio de Moctezuma Xocoyotzin había más actividad que de costumbre. Todo el mundo se preparaba para recibir una vez más la visita que de tiempo en tiempo realizaban los embajadores de la ciudad de Chalco

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Esta visita había ocurrido desde aquellos años en que ese señorío, ubicado en la ribera sudoriental de la cuenca lacustre, fuera conquistado por los ejércitos del primer Moctezuma, el que tenía por sobrenombre Ilhuicamina, “el flechador del cielo”.

En su tiempo, Chalco había dominado un extenso territorio que comprendía buena parte del área de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl; su riqueza derivaba de la agricultura, del control de la madera y de la eficaz red comercial que la enlazaba con la costa del Golfo, con Cholula y con diversos puntos del Altiplano central. Ante el avance progresivo y triunfal de los ejércitos mexicas, la altiva ciudad-estado de Chalco decidió su destino en la guerra del año 12-Casa (1465), y a partir de entonces rindió vasallaje a México-Tenochtitlan.

Una mañana del mes Atlacahualo, época en que se realizaban las ceremonias en honor de los tlaloques y otras deidades acuáticas con el fin de propiciar lluvias abundantes en el año, los emisarios de Chalco se embarcaron en grandes canoas cargadas de preciosos presentes para Moctezuma, buscando con ello alegrar el corazón del soberano y conseguir que cuando los chalcas requirieran de su apoyo en algunos pleitos con los señoríos rivales, el gran señor de Tenochtitlan los favoreciera. Hay que considerar también que a partir de su derrota, además del tributo que obligatoriamente habían de enviar a la ciudad de Huitzilo­pochtli, estos viajes aseguraban la fidelidad de Chalco al imperio.

Durante esa época de secas, la travesía por el lago era tranquila y segu­ra, pues las aguas dulces de Tlá­huac y Xochimilco sólo se embravecían cuando las avenidas de los lagos norteños, crecidos por los torrentes de los ríos de Pachuca y Cuautitlán, rebasaban en algunas secciones el sólido albarradón —construido bajo la dirección de Nezahualcóyotl— que corría desde Iz­tapa­la­pa hasta las cercanías del Tepeyac.

Los remeros realizaban un tremendo esfuerzo, pues las canoas cargadas con el peso de los dignatarios y con los cestos que contenían los regalos para el tlatoani tenochca, apenas se podían mover. A media mañana la comitiva había pasado cerca de la ciudad-isla de Xico, considerada el ombligo de la Tierra debido a la presencia de un curioso cono volcánico que la distinguía desde cualquier punto; más allá, en lontananza, los chalcas apreciaban las ordenadas chinampas que, a manera de islas fijas sustentadas por los inconfundibles ahuejotes, daban personalidad a los pueblos chinamperos cuya principal capital, Xochimilco, evocaba los siempre olorosos y productivos campos de flores y verduras.

Poco después del mediodía las canoas llegaron a un embarcadero cercano al conjunto palaciego más importante, a orillas de la calzada de Iztapalapa, donde esta vía inicia­ba propiamente su recorrido hacia las márgenes meridionales de la cuenca.

Pluma de Águila y Garra de Jaguar, dos importantes guerreros que mostraban en su rostro y en su cuerpo las cicatrices de antiguas batallas, junto con otros acompañantes enviados por el tlatoani, recibieron a la comitiva chalca en el embarcadero y la condujeron hasta el real palacio de Moctezuma. El jefe de la delegación, Tecolote-Quetzal, hombre de avanzada edad, descendía del linaje real de Amecameca, uno de los troncos fundamentales de aquel señorío. En esta ocasión traía consigo a su sobrino, el joven Flecha de Agua, que recientemente había concluido su educación en el Calmécac, una vez cumplidos los veinte años.

Aquella era la primera ocasión en que Flecha de Agua salía de los límites de Chalco; en su palacio en Amecameca mucho había oído hablar de la grandiosa ciudad fundada por Tenoch en el siglo XIV, la cual, a punto de cumplir doscientos años de su fundación, había tenido un vertiginoso crecimiento, sobre todo a partir del tiempo en que los mexicas se liberaron del dominio de los tepanecas de Azcapotzalco. Huehue Moctezuma, Axayácatl y especialmente Ahuízotl y Moctezuma Xocoyotzin, mucho se habían preocupado por embellecerla, hacien­do crecer las dimensiones del Templo Mayor y del resto de los edificios rituales del recinto sagrado.

Cada uno de los tlatoanis tenochcas había construido su propio palacio alrededor del recinto, ejemplo que siguieron también los nobles emparentados cercanamente con los gobernantes, de tal manera que el corazón de la capital pronto se definió como un espacio de forma cuadrangular ocupado por el recinto sagrado, y un entorno salpicado de palacios y jardines, a los que se llegaba por calzadas o por múltiples canales. Originalmente México-Tenochtitlan había sido una ciudad-isla unida a tierra firme, por su costado occidental, con la calzada de Tlacopan, llamada por los españoles “de Tacuba”, por donde corría un ducto doble que llevaba el agua potable a la ciudad desde los manantiales de Chapultepec. Con el tiempo, además de la calzada de Iztapalapa, que como sabemos se dirigía hacia el sur de la cuenca y se bifurcaba en dos tramos, se construyó hacia el norte la calzada del Tepeyac, que unió a la ciudad capital con el santuario de la diosa To­nantzin.

Según la tradición, fue el propio Tenoch en el año indígena 2–Casa quien delimitó la forma de la futura ciudad en el islote original, marcando una primigenia división en cuatro grandes barrios o sectores: Cuepopan, Atzacoalco, Moyotlan y Zoquiapan, en los cuales se acomodó la población, siguiendo el modelo de los antiguos calpullis que habían salido de Aztlán. Para los comienzos del siglo XVI los descendientes habían extendido aquel espacio primitivo de carácter lodoso, transportando desde las orillas de la laguna, piedra y ma­de­ra con las cuales edificaron suntuosas construcciones re­cu­biertas de lodo o de estuco y decoradas con hermosos diseños multicolores.

Lentamente, la comitiva de Chalco se aproximó al palacio de Moctezuma; el joven Flecha de Agua no ocultaba su asombro. Por todos lados se veía actividad; ante ellos desfilaban grupos de guerreros que cuidaban del orden, cargadores que llevaban sus mercancías al mercado de Tlatelolco o a sus bodegas; los albañiles reparaban los pisos y los muros de los edificios, puliendo con gran vigor el estuco hasta que éste reflejara intensamente los ­rayos del astro rey. Junto a la calzada, por los canales, innumerables ­canoas traían desde Tláhuac y Xochimilco las flores y verduras que tanto apreciaban los habitantes de la ciudad.

Desde su ascenso al trono, Moctezuma ocupaba un amplio palacio en el costado sur del recinto sagrado, por lo que desde alguna de sus terrazas se podía ver el majestuoso templo del dios-sol Huitzilopochtli. Los embajadores chalcas se detuvieron por un momento, antes de cruzar la plaza que estaba frente al real palacio, para poder contemplar, a su lado derecho, la casa de las fieras, donde el gran emperador tenía ocelotes, pumas, coyotes, águilas, halcones y otros muchos animales que provenían incluso de lejanas tierras.

Luego de cruzar por el acceso del palacio, resguardado por guerreros fuertemente armados, la comitiva es­peró en el primero de sus patios a ser recibida. El señor Tecolote-Que­tzal, quien ya había estado ahí en otras ocasiones, sabía que ese palacio estaba formado por numerosos patios rodeados de habitaciones que albergaban las salas de recepción, las cocinas, las bodegas, la sala imperial y muchos otros espacios nunca vistos por ojos ajenos, donde habitaban las esposas y los hijos del gobernante.

Finalmente, la comitiva fue recibida por Moctezuma en un espacioso salón donde se encontraba el trono cubierto por la piel de jaguar, que simbolizaba el asiento del poder imperial. El gran tlatoani tenochca, ataviado con un gran tocado de plumas de quetzal y una tilma color azul, presidía el encuentro; su imponente figura destacaba en la escena. Te­colote-Quetzal, con todo respeto, se inclinó y ofreció los presentes que su pueblo enviaba, mientras el joven Flecha de Agua aprendía silenciosamente el antiguo ceremonial, soñando con llegar a ser algún día un reconocido embajador del pueblo chalca.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 1 El reino de Moctezuma / agosto 2000

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