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Los escultores de Ihuatzio (Michoacán)

Hiripan, el cazonci o supremo gobernante de la ciudad, había acordado con el petamuti, sacerdote principal, que para la gran fiesta del dios Curicaueri. se estrenara una poderosa escultura.

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Se acercaba la gran fiesta del dios Curicaueri. Hiripan, el cazonci o supremo gobernante de la ciudad, había acordado con el petamuti, sacerdote principal, que para esta solemne ocasión se estrenara la escultura de un poderoso individuo que serviría como altar para colocar las ofrendas de los sacrificios dedicados al dios del fuego, buscando de esa manera asegurarse su patrocinio y protección, y así lograr otro año de victorias y de conquistas sobre los pueblos enemigos.

En Ihuatzio todo era febril actividad, pues ahí se había llevado a los prisioneros de guerra que se sacrificarían en la ofrenda suprema. El petamuti, acompañado de otros sacerdotes, se dirigía presuroso al barrio de los canteros, los talladores de rocas, los que daban vida a la piedra, la cual extraían con sumo cuidado de las montañas, de modo que no presentara fisuras. A la llegada del petamuti, varios bloques ya estaban en el patio donde trabajaban los canteros; Zinzaban, el maestro principal, daba fuertes golpes con su cincel a la figura cuya ejecución había sido ordenada varias semanas antes por el propio sacerdote.

Con la destreza que lo caracterizaba, Zinzaban había esculpido la figura de un hombre recostado, con la cabeza volteando a su izquierda; las piernas flexionadas dejaban entrever su poderoso sexo, signo de fertilidad, elemento vital que, como el fuego, hacía posible la continuidad de la existencia. La figura sujetaba con ambas manos una placa, el verdadero altar donde se depositarían las ofrendas en el momento cumbre de la fiesta.

Para hacer su trabajo, los canteros contaban con una gran cantidad de herramientas de metal, como hachas y cinceles de cobre endurecido, algunas más resistentes que otras debido a que los orfebres habían añadido cierta cantidad de estaño durante el proceso de fundición, dando un paso tecnológico fundamental, pues con ello habían descubierto la utilidad del bronce.

Mientras tanto, los ayudantes de Zinzaban trabajaban con otras esculturas. Uno de ellos supervisaba la talla de un trono con la forma de coyote que sería estrenado en la próxima entronización del nuevo cazonci, mientras uno de los sacerdotes miraba con respeto la escultura de otro coyote, animal sagrado que recordaba al pueblo su poder fecundador.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 8 Tariácuri y el reino de los purépechas / enero 2003

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