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Los Libros en el México Colonial

Indagar acerca de la cultura impresa en la colonia equivale a preguntarse de qué manera la civilización occidental fue penetrando nuestro país.

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El libro impreso no es, algo que agote su función en un uso exclusivamente práctico y subordinado. El libro es un objeto especial en la medida en que es asiento de la escritura, la cual permite reproducir el pensamiento en ausencia, a través del tiempo y del espacio. En la propia Europa, la invención de la imprenta de tipos móviles había permitido ampliar al máximo las posibilidades de difusión de lo pensado, a través de medios escritos, y había dado a la cultura occidental uno de sus más potentes dispositivos. Con dicha invención, aplicada en la Biblia de Gutenberg entre 1449 y 1556, la producción del libro impreso alcanzó a madurar justo a tiempo para acompañar la expansión europea, ayudándola a revivir y reproducir las tradiciones culturales del Viejo Mundo en regiones y circunstancias tan remotas como las que los españoles encontraron en tierras americanas.

Lenta penetración al norte

La apertura de una ruta por el interior de la Nueva España es un caso ilustrativo. El Camino de la Plata unió los territorios de la Nueva España con las regiones septentrionales, casi siempre jalonado de un real de minas a otro, en medio de vastas regiones escasamente pobladas, bajo la constante amenaza de grupos hostiles, mucho más agrestes y reacios a la presencia española que sus congéneres meridionales. Los conquistadores llevaron a cuestas también su idioma, sus criterios estéticos, sus formas de concebir lo sobrenatural concretadas en una religión, y en general una imaginación conformada de manera radicalmente distinta a la de la población indígena que encontraron. En un proceso poco estudiado, y menos comprendido, algunos rastros documentales nos ayudan a corroborar que el libro impreso acompañó a los europeos en su lenta penetración del norte. Y como todos los elementos espirituales y materiales que vinieron con ellos, llegó a estas regiones por el Camino Real de Tierra Adentro.

Hay que decir que los libros no tuvieron que esperar el trazado de la ruta para hacer su aparición en el área, sino que llegaron con las primeras incursiones, como compañeros inevitables del avance de los españoles. Se sabe que Nuño de Guzmán, el conquistador de la Nueva Galicia, llevaba consigo un volumen de las Décadas de Tito Livio, probablemente la traducción al castellano publicada en Zaragoza en 1520. Casos como el de Francisco Bueno, muerto en el camino de Chiametla a Compostela en 1574, ilustran cómo desde el conquistador más ilustre hasta el más diligente de los comerciantes siguieron ligados a su civilización en regiones entonces recónditas, a través de la compañía de las letras. Bueno portaba entre sus pertenencias tres libros de espiritualidad: El Arte de servir a Dios, una Doctrina Cristiana y el Vita Expide de fray Luis de Granada.

Todo parece indicar que por mucho tiempo, la lectura y posesión del libro en esta área fue sobre todo una práctica de individuos de procedencia o ascendencia europea. Para la segunda mitad del siglo XVI, los grupos autóctonos al norte de las regiones centrales seguían teniendo un contacto apenas marginal con este objeto extraño para ellos, aunque sí les atraían sus imágenes.

Así lo deja entrever un documento inquisitorial de 1561, que también es muestra de una nutrida circulación de libros en una fecha relativamente temprana. Habiéndose recibido de Guadalajara la orden de visitar el Real de Minas de Zacatecas, con el fin de localizar obras prohibidas, el vicario Bachiller Rivas encontró entre “los españoles e otras personas destas minas” un volumen suficiente de libros vedados como para llenar tres petacas de ellos, lo cual revela que los impresos no eran escasos. Estando almacenados en la sacristía de la iglesia para llevarlos a Guadalajara, el sacristán Antón -de origen purépecha- en compañía de su hermano y otro indio amigo suyo abrieron estos bultos y comenzaron a hacer circular su contenido entre otros indios. La referencia es engañosa porque puede hacemos aceptar sin más un interés indígena por los libros. Pero Antón y los otros indios que fueron interrogados confesaron que no sabían leer, y el sacristán declaró haber tomado los libros para mirar las figuras que contenían.

La avidez por materiales de lectura que se adivina en algunos casos fue satisfecha por diversos mecanismos. La mayor parte de las veces, los libros se transportaban como efectos personales, es decir, que el dueño los traía consigo de otras regiones como parte de su equipaje. Pero en otras ocasiones se trasladaban como parte de un tráfico comercial que se originaba en Veracruz, en donde cada embarque de libros era cuidadosamente inspeccionado por los oficiales de la Inquisición, sobre todo a partir de 1571, cuando el Santo Oficio fue establecido en las Indias para impedir el contagio de las ideas protestantes. Después -casi siempre previa escala en la Ciudad de México- los impresos encontraban su ruta por intermediación de algún tratante de libros. Éste los hacía llegar al interesado consignándolo a un arriero que llevaba los libros hacia el norte a lomo de mula, en cajas de madera abrigadas y cubiertas con cueros para evitar que las inclemencias del tiempo y los azares del camino pudieran dañar tan delicada carga. Todos los libros existentes en el norte llegaron a las regiones septentrionales de alguna de estas maneras, y su existencia en las áreas cubiertas por el camino se pueden documentar desde la segunda mitad del siglo XVI en Zacatecas, y desde el siglo XVII en lugares como Durango, Parral y Nuevo México. Usados y algunas veces nuevos, los libros cubrían un largo camino desde su salida de los talleres de impresión europeos, o cuando menos desde los establecidos en la Ciudad de México. Esta situación perduró hasta la tercera década del siglo XIX, en que algunas imprentas itinerantes llegaron a estos lares durante o después de la lucha independentista.

El aspecto comercial

Documentar el aspecto comercial de la circulación de los libros es, no obstante, una empresa imposible por el hecho de que los libros no pagaban el impuesto de la alcabala, de manera que su tráfico no generaba registros oficiales. La mayor par- te de los permisos para transportar libros a las regiones mineras que aparecen en los archivos corresponden a la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se intensificó la vigilancia sobre la circulación de impresos para impedir la difusión de las ideas de la Ilustración. De hecho, los testimonios que se relacionan con la transmisión de bienes de difuntos -testamentarías- y el control ideológico que se quiso establecer vigilando la circulación de impresos, son las operaciones que más frecuentemente nos dejan saber qué tipo de textos circularon por el Camino de la Plata hasta las regiones que conecta.

En términos numéricos, las mayores colecciones que existieron en la época colonial fueron las que se reunieron en los conventos franciscanos y jesuitas. El Colegio de Propaganda Fide de Zacatecas, por ejemplo, albergó más de 10,000 volúmenes. Por su parte, la biblioteca de los jesuitas de Chihuahua, al ser inventariada en 1769, contaba con más de 370 títulos -que amparaban en algunos casos varios tomos-, sin contar los que se separaron por ser obras prohibidas o por estar ya muy deteriorados. La biblioteca de Celaya llegó a albergar 986 obras, mientras que la de San Luis de la Paz alcanzó un número de 515 obras. En lo que quedaba de la biblioteca del Colegio Jesuita de Parras, en 1793 se reconocieron más de 400. Estas colecciones abundaban en volúmenes útiles para la cura de almas y el ministerio religioso que ejercieron los frailes. Así, misales, breviarios, antifonarios, biblias y repertorios de sermones eran contenidos obligados en estas bibliotecas. Los impresos también fueron útiles auxiliares en el fomento de devociones entre los laicos en la forma de novenas y vidas de santos. En ese sentido, el libro era un insustituible auxiliar y una muy útil guía para seguir las prácticas colectivas e individuales propias de la religión cristiana (misa, oración) en el aislamiento de estas regiones.

Pero la índole del trabajo misional también demandaba conocimientos más mundanos. Eso explica la existencia en estas bibliotecas de diccionarios y gramáticas auxiliares en el conocimiento de las lenguas autóctonas; de los libros de astronomía, medicina, cirugía y herbolaria que había en la biblioteca del Colegio de Propaganda Fide de Guadalupe; o del ejemplar del libro De Re Metallica de Jorge Agrícola -el más autorizado sobre minería y metalúrgica de la época- que se hallaba entre los libros de los jesuitas del Convento de Zacatecas. Las marcas de fuego que se hacían en el canto de los libros, y que servían para identificar su posesión y evitar los robos, revelan que los libros llegaban a los monasterios no sólo por compra, como parte de las dotaciones que la Corona daba, por ejemplo, a las misiones franciscanas, sino que en ocasiones, al ser enviados a otros monasterios, los frailes llevaron consigo volúmenes de otras bibliotecas para auxilio de sus necesidades materiales y espirituales. Inscripciones en las páginas de los libros también nos enseñan que, habiendo sido posesión individual de algún fraile, muchos tomos pasaron a ser de la comunidad religiosa a la muerte de sus poseedores.

Tareas educativas

Las tareas educativas a las que se dedicaron los frailes, especialmente los jesuitas, explica la naturaleza de muchos de los títulos que figuraban en las bibliotecas conventuales. Buena parte de éstos eran tomos de teología, comentarios eruditos de los textos bíblicos, estudios y comentarios de la filosofía de Aristóteles y manuales de retórica, es decir, el tipo de saberes que en aquella época constituían la gran tradición de la cultura letrada y que estos educadores resguardaban. El hecho de que la mayoría de estos textos estuvieran en latín, ‘y el largo entrenamiento que se necesitaba para dominar el derecho, la teología y la filosofía escolástica, hicieron de esta una tradición tan restringida que fácilmente se extinguió una vez que desaparecieron las instituciones donde se cultivaba. Extintas las órdenes religiosas, buena parte de las bibliotecas conventuales fueron víctimas del saqueo o del descuido, de modo que sólo unas pocas han subsistido, y éstas de manera fragmentaria.

Si bien las más notorias colecciones se localizaron en los monasterios de mayor importancia, sabemos que los frailes llevaron cantidades importantes de libros incluso a las misiones más recónditas. En 1767, al decretarse la expulsión de la Compañía de Jesús, los libros existentes en nueve misiones de la sierra tarahumara sumaron un total de 1,106 tomos. La misión de San Borja, que era la que tenía muchos volúmenes, contaba con 71 libros, y la de Temotzachic, la más surtida, con 222.

Los laicos

Si el uso de los libros fue naturalmente más familiar para los religiosos, el uso que los laicos dieron al libro impreso es mucho más revelador, porque la interpretación que éstos hacían de lo leído era un resultado menos controlado que el que conseguían aquellos que habían sido sometidos a un entrenamiento escolar. La posesión de libros por parte de esta población se rastrea casi siempre gracias a documentos testamentarios, que muestran así mismo otro mecanismo de la circulación de los libros. Si algún difunto había poseído libros en vida, éstos eran cuidadosamente tasados para su remate con el resto de sus propiedades. De esta forma los libros cambiaban de dueño, y en algunas ocasiones seguían su ruta cada vez más al norte.

Las listas que se adjuntan a los testamentos no suelen ser muy nutridas. A veces sólo son dos o tres tomos, aunque en otras ocasiones el número sube hasta veinte, sobre todo en el caso de aquellos cuya actividad económica se basa en un saber letrado. Un caso excepcional es el de Diego de Peñalosa, gobernador en Santa Fe de Nuevo México entre 1661-1664. El contaba con unos 51 libros en 1669, cuando sus propiedades fueron confiscadas. Las listas más extensas se encuentran precisamente entre los funcionarios reales, los médicos y los legistas. Pero fuera de los textos que servían de apoyo a un quehacer profesional, los libros que se eligen libremente son la variable más interesante. Tampoco una lista pequeña debe engañamos, porque, como hemos visto, los pocos tomos a la mano cobraban un efecto más intenso al ser objeto de reiteradas lecturas, y dicho efecto se ampliaba a través del préstamo y del comentario asiduo que solía suscitarse en torno suyo.

Aunque la lectura proporcionaba entretenimiento, no debe pensarse que la distracción fuera la única consecuencia de esta práctica. Así, frente al caso de Nuño de Guzmán, cabe recordar que las Décadas de Tito Livio es una historia exaltada y magnificente, a partir de la cual la Europa del renacimiento se hizo una idea no sólo de cómo se había construido el poderío militar y político de la Antigua Roma, sino de la grandeza de ésta. Livio, rescatado para occidente por Petrarca, fue una de las lecturas favoritas de Maquiavelo, inspiradora de sus reflexiones acerca de la naturaleza del poder político. No es remoto que su narración de jornadas épicas, como la de Aníbal a través de los Alpes, fuera lo mismo una fuente de inspiración para un conquistador en las Indias. Podemos recordar aquí que el nombre de California y las exploraciones hacia el norte en busca de El Dorado también fueron motivos derivados de un libro: la segunda parte del Amadís de Gaula, escrita por García Rodríguez de Montalvo. Haría falta más espacio para describir los matices y para reseñar las conductas diversas a que dio pie este pasajero, el libro. Estas líneas sólo aspiran a introducir al lector al mundo real e imaginario que el libro y la lectura generaron en el llamado septentrión novohispano.

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