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Los mil rostros de Tócuaro (Michoacán)

De brillantes colores y fantásticas expresiones del bien y el mal, la vida y la muerte, son las máscaras de Tócuaro, poblado de Michoacán de unos 330 habitantes, cercano a Pátzcuaro.

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Las máscaras son una tradición de incontables generaciones, hoy vigente entre 80% de los habitantes. Uno de los artesanos más reconocidos de Tócuaro por su creatividad y trayectoria, Gustavo Orta, nos platica que aunque su padre le trasmitió los primeros conocimientos del oficio, por diversas circunstancias tuvo que abandonar esas enseñanzas y trasladarse a otro lugar en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, un hecho mágico marcó para siempre el futuro de este artesano predestinado, quien antes de abandonar su tierra michoacana se topó en el monte con un árbol de los conocidos como palo pinto, que lo impactó y lo acompañó en sueños a lo largo de la distancia durante años.

En esos sueños Gustavo hacía máscaras de la madera de ese árbol, convertido en el artesano que su padre había tratado de formar.  Para él fue la persistente presencia del árbol la que lo motivó a regresar a su tierra después de casi 20 años, y al encontrarse de nuevo con él supo lo que tenía que hacer. Como siguiendo un dictado de la naturaleza, de aquel árbol de sus sueños obtuvo la madera para crear la primera máscara, lo que le dio confianza y la certeza de su misión en la vida. 

DESDE LA MÁGICA EXPERIENCIA    

Orta ha creado una cantidad incontable de máscaras guiado por el dictado de la madera, con la cual mantiene una estrecha comunicación y a la que obedece a la hora de transformarla en una pieza artística.  En cada rostro fantástico cobran vida expresiones de personajes como diablos acompañados de víboras e iguanas, también ermitaños y negritos –personajes de pastorelas–, y animales como jabalíes y jaguares. Con el paso del tiempo los diseños se han ido haciendo más complicados y vistosos, resultado de una imaginación que no conoce de límites.    

Motivado por un gran reconocimiento y respeto hacia sus antepasados, Gustavo también diseña máscaras de rasgos prehispánicos, las que realiza sobre pedido basándose en documentos serios como libros de historia, puesto que es muy importante para él que sus obras sean fieles a las auténticas.  Aunque para algunos pueden resultar rostros muy impresionantes y hasta malignos, estos diseños tienen muchos significados, entre los que se mezclan además del mal y el bien, la astucia, la muerte y la vida.

Estos rostros de madera también son portadores del simbolismo que encierran diversas fiestas populares, como las pastorelas de Charapan en diciembre y enero, entre otras. También es de suma importancia la participación en diversas danzas durante noviembre, diciembre, enero y febrero, como con Los Jupetes de San Juan Nuevo, Los Negros de Uruapan, Los Enguangochados de Janitzio y Los Negros de San Felipe de los Herreros, entre otras. 

INNOVACIONES Y CREATIVIDAD    

Otras máscaras no creadas con fines festivos, sino como piezas de arte únicas se comercializan internacionalmente y se envían a galerías y concursos o se promueven entre los turistas que buscan algo muy especial y mexicano. Estos diseños son innovaciones a partir de conceptos tradicionales, que se complementan con peticiones especiales o el ingenio creador en constante evolución, como las máscaras en miniatura que tanto gustan.  Los costos de las piezas van de los 450 a los mil 300 pesos cuando son más especiales o requieren de mayor trabajo. Aunque todo el año Orta trabaja en su pequeño taller al aire libre cubierto sólo por un pequeño techo que permite el paso de la brisa y del sol, en ciertas épocas hay mayor demanda de sus piezas, como en Noche de Muertos, diciembre, enero, febrero y Semana Santa. 

DE LA PIEDRA A LA MADERA       

Actualmente, este antiquísimo trabajo se realiza de una manera muy diferente a la de la época prehispánica, cuando se perseguían fines más religiosos o espirituales que comerciales y festivos, como sucede en el presente. Incluso los materiales son distintos, ya que los ancestros acostumbraban tallar la piedra y hoy se realizan de madera, tallada en una sola pieza, especialmente de copalillo, aguacate y jacaranda, éste último de una madera muy fina, con atractivas vetas de un color tostado semejante al de la piel de los indígenas de la zona. 

Para conseguirla, en ocasiones Gustavo se interna en el monte, ya que hay que escoger los árboles más gruesos porque entre más viejos menos susceptibles a apolillarse. Además, este tipo de madera resulta un material muy noble, fácil de tallar, suave y se presta a que se seque al sol sin que se reviente o manche.  Para realizar el trabajo artesanal, que se confunde con el arte, Orta utiliza una gran variedad de herramientas, aproximadamente cien gurvias diferentes, machete, angaro y otras más diseñadas especialmente. Partiendo de un trozo de madera húmeda y minuciosamente seleccionada, el artesano lo desnuda de la corteza apoyado en un vetusto tronco de tumil, hasta dejar el color claro del interior expuesto a la creatividad. Después, con un machete marca toscamente los primeros trazos de lo que será la máscara y con un angaro continúa la talla para extraer los pedazos que la imaginación va dictando que se eliminen. 

Enseguida, con el canoyudo va perfilando ojos, nariz y boca. En este momento ya comienza a aparecer una expresión sobre la madera, que termina de definirse con unos trazos a lápiz dibujando una serpiente. De nuevo con el angaro define la forma del reptil. Después de utilizar otras gurvias para darle el relieve definitivo a la máscara, cuando ya se extrajo toda la madera sobrante, se deja secar al sol durante unas tres horas en temporada de calor, para enseguida lijarla y pulirla muy finamente hasta borrar por completo las marcas de las herramientas, etapa en la que participan las hijas del artesano.  Ya totalmente lisos contornos y superficies, con una brocha se le da un sellador que no es más que una base para aplicar la pintura, lo que hace menos opacos los colores. La que utiliza Gustavo es una pintura para automóviles, muy fuerte y que dura muchos años sin dañarse. Esto también es parte de la modernidad, porque anteriormente se utilizaba el maque, hecho a base de tierra y plantas, pero que ha caído en desuso por lo complicado de su aplicación.

Finalmente, se cubre la máscara con una capa de laca para darle brillo y proteger los colores del sol y el medio ambiente. Para la realización de una pieza de buena calidad se invierten aproximadamente tres días si el clima no es húmedo o frío, porque entonces el tiempo se alarga. Aunque los pasos para la manufactura parecieran sencillos, la destreza en el tallado y el ingenio para inventar tan mágicos rostros requiere de muchos años de trabajo y práctica, así como de poseer el don de los verdaderos artesanos, que pareciera una preciosa herencia de incontables generaciones atrás. 

ROSTROS CON TRADICIÓN       

Como ha sido la costumbre en las familias de Tócuaro, Orta les ha trasmitido a sus hijos sus conocimientos en la elaboración de máscaras, ampliamente aprovechados, ya que los jóvenes de 17 y 20 años, han participado exitosamente en algunos concursos y alcanzado los primeros lugares por la calidad de sus diseños.  Por otro lado, y con el ánimo de compartir lo que para él es un don genuino, en un gesto de generosidad creativa también ha impartido varios cursos sobre la elaboración de máscaras, especialmente a extranjeros, con lo que pretende difundir de una manera más práctica el placer que le representa su trabajo.  Para él, su compromiso como artesano comienza desde que elige la madera, ya que a cambio del material que el árbol le brinda, se compromete respetuosamente a revivirlo en una pieza realmente valiosa que provoque la admiración, un modo de volverlo a la vida, pero de manera permanente. 

Este trabajo ha trascendido las fronteras y además de haber obtenido reconocimientos nacionales, también internacionalmente ha destacado en concursos. Además de enorgullecerse por ser poseedor de un don especial para este trabajo, Gustavo se considera un artesano con mucha suerte, y gran parte de su éxito lo atribuye a sus inmensos deseos de superación y al reconocimiento al trabajo y la experiencia de los artesanos mayores, a quienes considera los máximos poseedores de la riqueza y secretos de las generaciones pasadas.  Fuente:  México desconocido No. 340 / junio 2005

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