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Los Palacios Teotihuacanos

De los conjuntos habitacionales de cierta jerarquía, hay uno que presenta características muy diferentes a los demás. Nos referimos al Palacio de las Mariposas, ubicado en la esquina suroeste de la gran plaza de la Luna.

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A este edificio se accede por una amplia escalinata que lleva desde la plaza hasta un gran vestíbulo con pilares y en cuyas paredes vemos elementos relacionados con el agua.

El visitante puede ver el techo reconstruido, ya que cuando se excavó este vestíbulo se hallaron restos quemados de las maderas que lo formaban. A la derecha hay una puerta por la que se entra al patio principal del palacio. Tres cuartos, uno al norte, otro al sur y el tercero al poniente, tienen corredores o vestíbulos decorados con pintura mural. El del muro norte nos permite ver un fondo de color rojo sobre el que destaca un corte de caracol estilizado con adornos, y la cenefa muestra corrientes de agua. Pero lo que más atrae la atención son sin duda los magníficos pilares que rodean el patio. En ellos los expertos talladores de piedra labraron diversos motivos. Tanto en la parte alta como en la baja de cada una de las caras de los pilares podemos observar especies de caracoles y lo que parecen ser los ojos del dios Tláloc. El motivo central es un ave con las alas abiertas y la cabeza de perfil con el ojo de obsidiana. Hay que aclarar que los pilares del lado poniente muestran al ave de frente, lo que indica que hubo la intención de resaltar el rumbo por donde se pone el sol. Los bloques de piedra que forman los pilares están perfectamente ensamblados, y debieron de colocarse primero para después proceder a tallarlos con las formas descritas. El techo está formado por ­talud y tablero a la usanza teo­­ti­­hu­a­­ca­na, como lo muestran diversas maquetas de piedra encontradas en la ciudad. Correspondiendo a cada pilar, en la parte más alta del techo se halla una almena o elemento decorativo que aún conserva restos de color rojo y que fueron encontrados, rotos, al pie de los pilares. Estas almenas tienen como decoración la representación del año.

Las tres habitaciones mencionadas son espaciosas, y al momento de ex­cavarlas presentaron pozos de saqueo, lo que sugiere su destrucción hacia el ocaso de la ciudad. Algunas piezas interesantes que se encontraron en su interior fueron un felino de alabastro que se hallaba en el cuarto norte y una lápida del mismo material perfectamente tallada, aunque rota, con la efigie de un sacerdote con atavío de jaguar, en el lado poniente. Todo el contexto nos habla de que el palacio debió de estar habitado por gente de la élite teotihuacana.

Ya que mencionamos el Palacio de las Mariposas, debemos referirnos al patio que se ubica hacia el poniente, en lo que se ha denominado como Patio de los Jaguares. Se trata de un espacio de buen tamaño con una escalinata que conduce a un cuarto ubicado hacia el oriente. La escalera tenía serpientes que formaban las alfardas de la escalera. Aquí hay que mencionar algo importante. En Teotihuacan se han encontrado varios ejemplos de estas alfardas que muestran una peculiaridad: tienen forma de serpientes, pero a diferencia de las que vemos en otras ciudades antiguas, aquí los reptiles tienen el crótalo abajo, es decir, sobre el piso, en tanto que el cuerpo sube a lo largo de la escalera para terminar con la cabeza en la parte superior. Este es uno de los ejemplos con tal particularidad.

Alrededor del patio hay cuartos con su vestíbulo pintado con escenas rituales. Un pasillo conduce al lado norte, donde hay un patio de menores dimensiones pero con murales en los que vemos a un sacerdote cargando un felino. Todos los patios mencionados contaban con desagües que conducían el agua fuera de los recintos.

La descripción que hemos hecho de estos palacios nos indica la riqueza y el boato con que vivían las clases dirigentes de Teotihuacan. Otros conjuntos como Tetitla, Yayahuala, Za­cuala, etcétera, muestran también gran riqueza en sus acabados, aunque sus características indican una mayor complejidad en su distribución interior que los hace diferentes al Palacio de las Mariposas. Un tercer tipo de conjunto habitacional es el de La Ventilla, en donde aparte de tener habitaciones y patios que nos recuerdan a los ya mencionados, hay un área de habitación popular diferente, sin murales ni finos estucos, que al parecer fue habitado por artesanos. Es indispensable men­cio­nar que excavaciones en unidades habitacionales, como Oz­to­ya­hual­co, han proporcionado información relevante en cuanto a la distribución interna. Había zonas destinadas al almacenamiento; otras a la preparación de alimentos; dormitorios, etcétera.

Ya que nos referimos a los alimentos, diremos que los teotihuacanos consumían una buena variedad de productos. Se han identificado, desde luego, maíz, frijol, calabaza, chile, tomate y verdolaga. Entre las frutas tenemos capulín, tejocote, tuna y quizá zapote blanco y ciruelo. El aguacate también se ha detectado, pero traído de otras regiones. A esto se agregan diferentes especies animales e incluso insectos.

La vida en los palacios teo­ti­hua­ca­nos debió de transcurrir de manera holgada, a diferencia de otras seccio­nes de la ciudad en donde el ­trabajo comenzaba desde muy temprano. Aún no sabemos cuántas personas vivían en ellos, pero las condiciones eran más agradables. Por ejemplo, en el Palacio de las Mariposas, en los pilares del patio central, vemos argollas para amarrar entre uno y otro algún elemento (tela u otro material) que impedía el paso del frío al vestíbulo y a los aposentos. Algunas habitaciones menores pudieron ser para la servidumbre que prestaba servicios en los palacios o para almacenar productos. Por cierto que junto al Palacio de las Mariposas, en su lado sur y separado por una calle, uno de los cuartos excavados tenía en una esquina una piedra perforada que daba a un drenaje que iba por debajo del muro para comunicarse con un pequeño cuarto, también con desagües, que bien podría ser un baño o temazcal, o incluso una letrina.

No podemos agregar mucho en cuanto a cómo se desarrollaba la vida al interior de los palacios. Lo que sí resalta de inmediato es la calidad de los estucos y, especialmente, la pintura mural que los cubría. El teo­ti­hua­ca­no de cierta jerarquía social sabía vivir bien, como lo muestran sus viviendas y los ricos atavíos que usaba, tal como se observa en múltiples figuras de barro o de piedra o en las pinturas murales.

Lo anterior nos lleva a pensar que los artistas teotihuacanos estaban al servicio de esta élite para realizar trabajos tanto en sus casas y palacios como en los templos y otros edificios. Esto nos remite a un tema que en Teo­ti­hua­can es obligado tratar: el papel que desempeñaban los artistas, especialmente los pintores, ya que toda la ciudad estaba prácticamente pintada. ¿Cómo se hacía un mural?; ¿qué tipo de pigmentos usaban?; ¿qué temas eran los más recurrentes en la rica expresión pictórica teo­tihuacana?

Fuente: Pasajes de la Historia No. 4 El milenio teotihuacano / noviembre 2000

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