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Los retos del cañón del Pegüis (Chihuahua)

Espectaculares barrancas han dado fama mundial al estado de Chihuahua: Batopilas, Candameña, Del Cobre, Sinforosa, Urique, etcétera.

Una de las menos conocidas, pero no por ello menos impresionante, es el cañón del Pegüis, ubicado a unos 40 km al oeste de la ciudad fronteriza de Ojinaga. Hay dos razones por las cuales el del Pegüis no encabeza la lista de los grandes cañones chihuahuenses. Una son sus dimensiones, aproximadamente 16 km de largo por 350 m de profundidad en su parte más honda, que no compiten con los 1 000 m de profundidad de la barranca de Candameña o los cientos de kilómetros de longitud con que cuenta el sistema de las barrancas del Cobre.

La otra razón es su posición geográfica fuera de la sierra Tarahumara y de los circuitos turísticos más recorridos del estado, así como de la ruta del ferrocarril Chihuahua-Pacífico. No obstante, estas razones le dan un particular encanto, a pesar de que es un cañón de menores dimensiones que los de la Sierra Madre Occidental. En algunos tramos sus paredes se separan por escasos ocho o diez metros, y apenas dejan espacio al agua del río Conchos. En pocos lugares es tan claro el término “desfiladero” como aquí.

Por su ubicación, el cañón del Pegüis está enmarcado por la inhóspita y despoblada zona desértica de llanos y sierritas del oriente. ¿Pero quién dice que los desiertos no son magníficos atractivos?

HACIA EL DESFILADERO

El recorrido lo iniciamos cerca de El Álamo, pueblo en un valle entre la sierra El Pegüis, al este, y la sierra Cuchillo Parado, al oeste. El río Conchos transita ahí mansamente en medio de los matorrales. El día anterior lo vimos unos kilómetros arriba, junto al poblado de Cuchillo Parado, famoso porque allí inició la revolución de 1910.

Nos hallamos en la zona geológica de “cuenca y sierra”, donde la interminable llanura desértica es interrumpida cada tantos kilómetros por pequeñas sierras que corren de norte-noroeste a sur-sureste. Detrás de Cuchillo Parado está la sierra homónima, muy semejante a la del Pegüis, y luego se halla el valle donde nos encontrábamos. La aridez acentúa la ero-sión y las pendientes son muy pronunciadas.

En tres balsas inflables viajamos cuatro personas. Raúl Rangel, nuestro guía, nos mos-tró cómo manipular los remos y así nos enfilamos a la boca del cañón, dos kilómetros río abajo. Ahí encontramos unos rápidos que nos obligaron a bajar el equipaje y llevarlo a cuestas hasta el siguiente remanso.

El Conchos no es un río indómito ni aun en la parte del cañón. Desde su nacimiento, en las estribaciones de la Sierra Tarahumara, es contenido por varias presas, la última de ellas es La Boquilla, casi a 80 km detrás de donde estábamos. Su flujo actual es más o menos constante y muy pobre para atraer a los amantes del descenso de ríos. En varios tramos nos vimos precisados a caminar sobre su lecho y arrastrar las balsas.

LAS HUELLAS DEL HOMBRE

Lo inaccesible del cañón del Pegüis es un tanto engañoso, ya que corre casi paralelo a la carretera federal núm. 16, Chihuahua-Ojinaga, en la cual, por cierto, hay un punto que sirve de mirador. Desde ahí habíamos contemplado el cañón el día anterior, y la panorámica es inigualable. Sin embargo, una cosa es verlo desde arriba y otra adentrarse en él.

La gran limpieza del interior del cañón confirma que poca gente incursiona por él. Extrañamente, a la entrada observamos varios petroglifos que evidencian que ha sido visitado desde hace cientos de años. Los grabados no son muy vistosos, pero sí interesantes: formas geométricas y abstractas y algunas figuras de animales. Se puede inferir que antiguos cazadores-recolectores vieron ahí un punto estratégico, ya que es el último paso franco al río, lo cual probablemente atraía a los animales de la sierra. Desde ahí también se pueden alcanzar excelentes puntos de observación. Pero quizá lo más importante es que ahí se encuentra la “puerta” a las entrañas de la tierra.

POR EL DESFILADERO

Después de los rápidos de la boca del cañón subimos nuevamente a las balsas y avanzamos varios kilómetros más. Las paredes suben súbitamente. En cuestión de minutos dejamos atrás el llano y nos vemos encajonados por paredes de cien metros o más de alto. Es difícil decir si todo el cañón es obra milenaria del río, o si el agua encontró una falla en la sierra que poco a poco erosionó. La parte superior de las paredes en casi toda la barranca se ve cortada a pico.

Una de las paradas la hicimos junto a una cuesta poco pronunciada. Raúl nos hizo ca-minar media hora hacia una cueva angosta en la parte media de un risco. No era muy profunda, pero tenía bastantes estalactitas, estalagmitas y pilares interiores. Una pequeña maravilla. La dificultad del ascenso se agrandaba con las abundantes plantas espinosas: nopales, lechuguillas, biznagas.

Al atardecer, y tras haber recorrido, según nuestros cálculos, alrededor de 10 km desde el embarque, alcanzamos un ancho refugio natural casi virgen donde establecimos el campamento. Luego de un prolongado baño en las tibias aguas del río, cenamos y caímos en un sueño tan profundo, que ni el revoloteo de los murciélagos interrumpió, por lo que a la mañana siguiente no vimos la salida del sol. Sus rayos sólo iluminan el fondo de la cañada un par de horas alrededor del mediodía; de todos modos, se sentía el calor de septiembre. Levantamos el campamento y seguimos nuestro trayecto hasta el punto llamado El Salto. Éste es un tramo cubierto de grandes rocas que lo vuelven infranqueable para las balsas. Tuvimos que brincar de roca en roca cerca de 200 m, cargando el equipo y las lanchas hasta un amplio anfiteatro natural que es uno de los puntos más pintorescos del cañón del Pegüis.

El río, que había avanzado hacia el sureste, allí cambia rumbo al norte sobre el costado de un gran peñasco, frente al cual desemboca un torrente que forma laderas suaves y abre el cañón, dando paso a la intensa luz de los cielos chihuahuenses. Cansados de la caminata nos detuvimos un largo rato en ese lugar. Más adelante, el río recupera su hondura y forma algo parecido a una gran piscina que aprovechamos para na-dar. Este fue el entremés antes del plato fuerte.

Como el cauce se estrecha en esa parte, la corriente ad-quiere más velocidad. Los siguientes dos kilómetros los recorrimos más rápido que los anteriores. Las paredes del cañón volvieron a cerrarse y a elevarse. Creíamos haber visto ya las más altas, cuando nos quedamos paralizados frente a un gigantesco muro sin escalones y a 90 grados de la superficie del río. Arriba vimos el mirador de la carretera, tan cerca y tan lejos. Calculamos 300 m de pared vertical, después confirmamos en los mapas que son alrededor de 350 metros.

DESPEDIDA DEL PEGÜIS

El viajero debe vencer las dificultades de un trayecto bien delimitado de agua y rocas, del que, además, no hay escape. Por eso llegar al final del cañón es como retornar al mundo de los vivos. Para nosotros fue como un despertar.

Frente al mirador, el cañón da su última vuelta, esta vez hacia el oriente. Las aguas se aquietan definitivamente y su superficie se vuelve un espejo. Aunque la carretera pasa a unos metros de ahí, ése fue el tramo más silencioso de nuestro recorrido. Al amanecer, el silencio se acompañaba del paulatino incremento de la luz, por lo que los bordes superiores de las paredes descienden muy rápido y el cielo azul vuelve a extenderse.

Nosotros escuchamos por última vez el silbido pausado de un pájaro: el pájaro pegüis, que da nombre al cañón, según nos dijo Raúl. Fue como un adiós a quienes pasábamos la prueba. Las paredes terminaron de hundirse y el desértico llano nos despertó de nuestro hermoso trance.

Fuente: México desconocido No. 293 / julio 2001

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