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Malinche. La princesa tabasqueña

¡Ay Malinalli, si supieran! Si pudieran verte esa mañana del 15 de marzo de 1519 cuando el señor de Potonchán te regaló, junto con diecinueve compañeras esclavas, a aquel extranjero barbudo y sudoroso, para sellar el pacto de amistad.

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Y era apenas muchacha, desnuda excepto por la concha de la pureza colgada de la cintura y el negro pelo suelto cubriéndote los hombros. Si supieran el temor que sentiste ante lo tremendo que resultaba partir, quién sabe a donde, con esos hombres extraños de lengua incomprensible, raras vestimentas, máquinas con boca de fuego, estruendosas, y animales tan enormes, tan desconocidos, que se creía al principio que los extraños montados sobre ellos eran monstruos de doble cabeza; la angustia de subir en esos cerros flotantes, de quedar a merced de aquellos seres.

Una vez más cambiabas de manos, era tu sino de esclava. Tamañita te vendieron tus padres a los pochtecas mercaderes, quienes te llevaron hasta Xicalango, “el lugar donde cambia la lengua”, para ser revendida. Ya no recuerdas a tu primer amo; sí recuerdas al segundo, al señor de Potonchán, y el ojo vigilante de la maestra de las esclavas. Aprendiste la lengua maya y a respetar a los dioses y servirlos, aprendiste a obedecer. Eras de las más bonitas, te libraste de ser ofrecida al dios de la lluvia y de ser lanzada al fondo del cenote sagrado.

Esa calurosa mañana de marzo te consuelan las palabras del chilam, el sacerdote adivino: “Serás muy principal, amarás hasta rompérsete el corazón, ay del Itzá Brujo del Agua…”. Te conforta tener compañeras, te ayuda la curiosidad de los catorce o quince años, porque nadie sabe la fecha de tu nacimiento, ni el lugar. Igual que tú, sólo sabemos que creciste en las tierras del señor Tabs-cob, mal pronunciadas por los extraños como Tabasco, de la misma manera como le cambiaron el nombre al poblado de Centla y le pusieron Santa María de la Victoria, para celebrar el triunfo.

¿Cómo eras, Malinalli? Apareces en los lienzos de Tlaxcala, siempre vestida de huipil y con el pelo suelto, siempre al lado del capitán don Hernando Cortés, pero esas pinturas, apenas dibujos, no nos dan una idea clara de tus facciones. Es Bernal Díaz del Castillo, soldado de Cortés, quien hará tu retrato hablado: “era de buen parecer y entremetida y desenvuelta… digamos cómo doña Marina, con ser mujer de la tierra, qué esfuerzo tan varonil tenía… jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer…

Dime, Malinalli, ¿de veras te hiciste católica en ese mes que duró la travesía hasta llegar a la costa de Chalchicoeca, hoy Veracruz? Jerónimo de Aguilar, hecho prisionero en 1517 cuando los mayas derrotaron a Juan de Grijalva, era quien traducía las palabras de fray Olmedo al maya, y así te hicieron saber que tus venerados dioses eran falsos, eran demonios, y que sólo existía un dios único pero en tres personas. Lo cierto es que a los españoles les urgía bautizarlas a ustedes, pues era excomulgadoaquel que se acostara con una hereje; por eso te echaron agua sobre la cabeza y te cambiaron hasta el nombre, de ahí en adelante serías Marina y deberías cubrirte el cuerpo.

¿Fue tu primer amor Alonso Hernández de Portocarrero, a quien te regaló Cortés? Sólo tres meses fuiste suya; en cuanto Cortés se dio cuenta, al recibir a los embajadores de Motecuhzoma, de que la única que hablaba y entendía el náhuatl eras tú, se convirtió en tu amante y te puso a Juan Pérez de Arteaga como escolta. Portocarrero zarpó rumbo al reino español y jamás volverías a verlo.

¿Amaste a Cortés el hombre o te atrajo su poder? ¿Te complacía dejar la condición de esclava y convertirte en la lengua más importante, la llave que le abrió la puerta de Tenochtitlan, porque no sólo traducías palabras sino que le explicabas al conquistador la manera de pensar, los modos, las creencias totonacas, tlaxcaltecas y mexicas?

Pudiste haberte conformado con traducir, pero fuiste más lejos. Allá en Tlaxcala aconsejaste cortar las manos de los espías para que respetaran a los españoles, allá en Cholula la avisaste a Hernando que planeaban matarlos. Y en Tenochtitlan le explicaste el fatalismo y las dudas de Motecuhzoma. Durante la Noche Triste peleaste al lado de los españoles. Tras la caída del imperio mexica y de los dioses, tuviste un hijo de Hernando, Martincito, justo cuando llegó la esposa Catalina Xuárez, quien moriría un mes después, en Coyoacan, tal vez asesinada. Y partirías de nuevo, en 1524, a la expedición de las Hibueras, dejando a tu niño en Tenochtitlan. Durante esa expedición te casó Hernando con Juan Jaramillo, cerca de Orizaba; de ese matrimonio nacería tu hija María, quien años después pelearía la herencia de su “padre”, ya que Jaramillo heredó todo a los sobrinos de su segunda mujer, Beatriz de Andrade.

Más tarde, con engaños, Hernando te quitaría a Martín para enviarlo de paje a la corte española. Ay, Malinalli, ¿alguna vez te arrepentiste de haberle dado todo a Hernando? ¿Cómo moriste, apuñalada en tu casa de la calle de Moneda una madrugada del 29 de enero de 1529, según afirma Otilia Meza, quien dice haber visto el acta de defunción firmada por fray Pedro de Gante, con el objeto de que no declararas en contra de Hernando en el juicio que se le hacía? ¿O moriste de peste, como declaró tu hija? Dime, ¿te molesta que se te conozca como la Malinche, que tu nombre sea sinónimo del odio a lo mexicano? Qué importa, ¿verdad? Pocos fueron los años que te tocó vivir, mucho lo que lograste en ese tiempo. Viviste amores, asedios, guerras; participaste en los sucesos de tu tiempo; fuiste la madre del mestizaje; sigues viva en la memoria mexicana.

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