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Metalurgia y minería en Michoacán

El Estado purépecha cifró gran parte de su poderío en el control de la metalurgia; para su época –el Posclásico tardío (1200-1521 d.C.)–, el dominio de esta ciencia había sentado sus reales en el occidente de México; este conocimiento, que la mayoría de los estudiosos en el tema coinciden en situar sus orígenes en Centro y Sudamérica, debió haber llegado vía marítima por las costas del océano Pacífico.

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El Estado purépecha cifró gran parte de su poderío en el control de la metalurgia; para su época –el Posclásico tardío (1200-1521 d.C.)–, el dominio de esta ciencia había sentado sus reales en el occidente de México; este conocimiento, que la mayoría de los estudiosos en el tema coinciden en situar sus orígenes en Centro y Sudamérica, debió haber llegado vía marítima por las costas del océano Pacífico.

El cazonci, supremo gobernante de Tzintzuntzan, estableció una cuidadosa organización encargada de controlar las minas de las que se extraían los valiosos metales. Las áreas de extracción más importantes estaban en la región fronteriza al sureste del imperio, en las cercanías de Pungarabato, Cutzamala, Coyuca y Ajuchitlán. Otra de las regiones mineras se hallaba al occidente de Michoacán, en la zona cercana a Tuxpan y Zapotlán. A través del sistema tributario también se obtenían metales de Cualcomán, de la Huacana, de Turicato y de Sinagua. Una imagen idealizada de estas minas indígenas se muestra en el Lienzo de Jucutácato.

La mena extraída era conducida a los talleres cercanos, donde era transformada, mediante la fundición, en lingotes que eran celosamente registrados, para después enviarlos a los depósitos ubicados en la cuenca del lago de Pátzcuaro. Ahí quedarían al cuidado de los encargados del tesoro, quienes de acuerdo con las órdenes del cazonci y con los requerimientos del ritual y de las ceremonias imperiales, los daban a trabajar a los plateros, que hábilmente los transformaban en la reluciente joyería que lucían el señor y los demás miembros de la nobleza purépecha.

Como los otros pueblos metalurgistas de Mesoamérica, las técnicas que utilizaban los artesanos purépechas consistían en el martillado y el laminado, técnicas del “trabajo en frío”; es decir, aprovechando la plasticidad de los metales, los golpeaban sobre pequeños bancos de piedra o de madera hasta lograr delgadas láminas de apenas unos milímetros de grosor, que luego cortaban en círculos, rectángulos y muchas otras figuras de silueta caprichosa. Posteriormente se procedía a la decoración mediante la llamada “técnica del repujado”; usando cinceles muy finos, los discos y las placas se convertían en vistosos ornamentos con imágenes de hombres y animales fantásticos.

Por su valor simbólico, merecen mención aparte las pinzas que los petamuti usaban como parte de su atuendo. Estos objetos, de grandes dimensiones, se usaban en el cuello y tenían la forma de dos lengüetas con los extremos redondeados. Puestas sobre el pecho del personaje recuerdan una silueta campaniforme. La parte más angosta del objeto servía como ángulo de presión, ya que, como algunos dicen, originalmente se utilizaron como depiladores. Las pinzas más elegantes de plata que conocemos fueron hechas mediante la técnica del laminado; llevan como adorno principal una espiral en ambos lados de la sección central, donde termina su borde circular.

La otra técnica empleada por los orfebres purépechas era la fundición, en la que utilizaban hornillos cuyo calor se mantenía e incrementaba soplando a través de largos tubos. El metal fundido era vaciado en moldes para lograr las formas previstas; conocemos uno de estos moldes de barro cocido con la forma característica de las hachas.

Sabemos que en los talleres del lago de Pátzcuaro se aplicó la técnica de la cera perdida, y que con ella elaboraron diversos ornamentos, principalmente cascabeles, anillos y curiosos pendientes con formas de animales, destacando por su belleza aquellos colgantes-cascabel con forma de ranas o de tortugas. Los purépechas llamaban al oro tirípiti, y lo consideraban como excrecencia del Sol, por lo que era propiedad casi exclusiva del cazonci; tayácata, a su vez, era el nombre de la plata, y también pensaban que era una secreción de la diosa lunar Xaratanga; el cobre, muy abundante, era nombrado tiyahu charápeti, y muchas veces, por no tener a mano la cantidad de metal aurífero necesario para satisfacer la gran demanda de joyería, los orfebres desarrollaron también la técnica conocida como “tumbaga”, que consistía en dorar las piezas de cobre.

La notable distinción de la metalurgia purépecha consiste en que no sólo produjeron ornamentos, pues el cobre sirvió también para fabricar armas y herramientas de la vida cotidiana; los ejércitos de Michoacán eran prácticamente invencibles gracias a que usaban hachas de guerra y puntas de proyectil, mientras que los campesinos, leñadores y pescadores contaban con hachas, azadones y anzuelos para facilitar su labor. De igual manera, en aquellos talleres se conoció el uso del bronce, el cual superaba en dureza al cobre.

Tal como ocurrió con los tesoros de los aztecas, los depósitos de metal precioso de los señores de Michoacán, descritos en las crónicas como trojes, y sus ofrendas funerarias, fueron saqueados por los españoles durante la conquista; si contamos además las entregas forzosas que hiciera Tzintzicha Tangaxoan tanto a Cristóbal de Olid como a Nuño de Guzmán, todo esto dio como resultado que en nuestros días apenas conservemos mínimos testimonios de aquel arte de los metales que distinguiera a los antiguos michoacanos.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 8 Tariácuri y el reino de los purépechas / enero 2003

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