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Mitos aztecas: El robo de los cantores celestes

Después del quinto sol, los antiguos dioses se sintieron tristes al ver el abandono en que los hombres los tenían, y fue tan grande su desesperación, que resolvieron matarse.

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Después del quinto sol, cuando en las pirámides de Teotihuacan se rindió culto al Sol y a la Luna, los antiguos dioses allí adorados se sintieron tristes, muy tristes, al ver el abandono en que los hombres los tenían. Y fue tal su abatimiento, tan grande fue su desesperación, que resolvieron matarse. Uno de ellos les fue abriendo a cada uno el pecho y sacándoles el corazón, y al final él se mató a sí mismo.

Pero cada dios dejó su capa como recuerdo a alguno de sus devotos (pues todavía les quedaban unos cuantos), y cada devoto vistió con ella un palo, dándole el nombre de su dios protector. De esa manera aquellos bultos vinieron a ser como ídolos que recibían adoración. Y los devotos andaban tristes y pensativos, cada uno con su bulto a cuestas, buscando y mirando por todas partes, en la esperanza de que se les aparecieran sus dioses muertos. Y así sucedió, al menos con el devoto del dios Tezcatlipoca. Este dios, de seguro, tuvo el raro gusto de convertirse en animal, para ser adorado en Teotihuacan, pues no se sabe qué andaba haciendo entre los dioses que habían dado la capa a sus devotos. 

Pues bien, su devoto anduvo tanto y vagó tanto, que al fin llegó a la orilla del mar. En la arenosa playa se le apareció el dios tres veces, pero en la última le habló diciéndole: “¡Ven!”  El devoto se acercó y oyó la voz del dios que le decía: —Estoy convencido de tu cariño y devoción y por eso me he manifestado contigo. Deseo, pues, que tu devoción aumente y se convierta en culto. Oye, pues, mis órdenes: “Irás a la Casa del Sol a traerme cantores e instrumentos musicales para que me hagas una fiesta”. —Pero ¿cómo haré para ir a la Casa del Sol? —preguntó tímidamente el devoto.  En aquel instante el Sol comenzaba a asomar su dorado disco en el oriente. Allá donde se acababa el horizonte, donde se juntaban el mar y el cielo, parecía que el astro surgía de las ondas del mar —¡Mira! —repuso Tezcatlipoca apuntando hacia el oriente ¡El Sol sale en este momento de su casa, para llegar a ella sólo tendrás que atravesar el mar!  —¿Y era qué iré hasta allá, oh Tezcatlipoca?  —No te aflijas, que yo proveeré a ello. Llamarás de mi parte a las ballenas, sirenas y tortugas para que te hagan un puente por donde pases.  —Yo te obedeceré ciegamente —afirmó el devoto—. Pero suplícote me digas cómo haré mi demanda al Sol.  —De esta manera. 

Y el dios le enseñó un dulce canto, bien instruido ya, el devoto hizo penitencia y se dirigió a la orilla del mar. Y allí dijo: —Inmensas ballenas oceánicas, potentes tortugas de la mar, encantadoras sirenas! ¡Venid por orden de mi poderoso dios Tezcatlipoca y formadme un puente para que yo pueda ir a la Casa del Sol! ¡Ballenas, tortugas, sirenas! Tan pronto como dijo aquello, aparecieron innumerables ballenas azotando la mar con sus gigantescas colas y elevando altísimas columnas de agua; brotaron millones de tortugas de negro y combo caparacho asomando sus pequeñas cabezas de papagayo, y de las espumas del mar salieron legiones de sirenas cantando dulcísimas melodías que extasiaban.  Las ballenas dijeron: —Por nuestras espaldas puedes ir a la Casa del Sol. Las tortugas dijeron: —Nuestras conchas pueden sostenerte y llevarte a la Casa del Sol. Las sirenas dijeron: —En nuestros brazos podemos conducirte a la Casa del Sol.

Todos aquellos seres marinos formaron con mucho orden un puente inmenso que se extendía sobre la superficie del mar hasta perderse de vista. Y el devoto caminó sobre aquel puente sin cesar. Perdió de vista la tierra y las montañas. Luego no vio más que cielo y agua. Y caminó incansablemente hasta llegar a la Casa del Sol. Estando al pie de los balcones, el devoto cantó la dulce canción que le había enseñado Tezcatlipoca. El canto era tan melifluo, que hasta el mismo Sol se enterneció. El Sol oía con arrobamiento. Pero igual cosa sucedía con los demás habitantes del oriente. —¡Tapaos los oídos! —gritó el Sol—. ¡No os dejéis seducir por este mortal!  Muchos obedecieron, pero otros estaban tan extasiados, que dejaron sus oídos abiertos. Y vencidos por el canto, contestaron con otras estrofas. El devoto seguía cantando; y algunos habitantes celestes, adormecidos, fascinados por el canto fueron abandonando poco a poco la Casa del Sol. Bajaron al puente formado por las ballenas, tortugas y sirenas, y por él caminaron gozosos hasta llegar a la tierra. 

Mitos aztecas. México, 1927

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