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Museo Estudio Diego Rivera. Historia y restauración (Distrito Federal)

Diego pidió a O’Gorman el proyecto de una casa-estudio para él y otra para su esposa: Diego y Frida serían los primeros clientes de la arquitectura moderna en México.

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Las casas que se construían en el tiempo de nuestros padres y las que se hacen hoy, ya no son iguales, sin embargo, tienen todavía mucho en común. Sólo unos cuantos pueden ser espectadores de una revolución y decir que no hay nada parecido entre lo que les fue dado contemplar en dos momentos de su vida. En arquitectura, esto ocurrió en la década de 1420, en Italia, con la arquitectura del Renacimiento, y sólo habría de repetirse en la de 1920, medio milenio después. En esa ocasión, este movimiento habría de propagarse por todas las naciones de manera vertiginosa. México no sería la excepción, sobre todo después de su reciente revolución política, que abrió el camino a nuevas experienclas artísticas. 

El jóven arquitecto Juan O’ Gorman

La década de 1920 se iniciaba en nuestro país aún bajo la atmósfera cultural del extinto régimen porfiriano. Hacia 1926, un estilo de compromiso, el Art Decó, intentaría dar unos pasos en el terreno de la evolución para amortiguar el impacto de la revolución que se avecinaba. Esta, finalmente llegó y arrasó también con él. Algunos estudiantes de arquitectura de San Carlos se informaban con precisión sobre lo que ocurría en Europa, leían a Le Corbusier, y aprendían de su arquitectura misma.

Juan O’ Gorman era el más radical de todos ellos. Nacido en 1905 y vecino de San Ángel, pudo comprar dos canchas de tenis frente al restaurante San Ángel Inn y construir en una de ellas, en 1929, una pequeña casa sobre apoyos aislados, con una escalera de concreto casi inmaterial y paredes de cristal en todas las fachadas de una habitación de la planta alta. Era algo nunca visto en México y, en ciertos aspectos, tampoco en el mundo

Con esta construcción O’ Gorman quería decir, de manera contundente, “esta es la nueva arquitectura”. O’ Gorman se había acercado en aquel tiempo a Diego Rivera y Frida Kahlo (su amiga entrañable) para iniciarse en la militancia política y la pintura. Así, llevó al pintor a ver su flamante obra y, entusiasmado, Diego compró a O’ Gorman la otra cancha y le pidió el proyecto de una casa-estudio para él y otra para su esposa: Diego y Frida serían los primeros clientes de la arquitectura moderna en México.

Arquitectura para Diego y Frida

Estas casas fueron proyectadas y construidas por O’ Gorman en 1931-32. El muralista era ya un artista consagrado y su arquitecto apenas un joven radical desconocido, que con ese proyecto recibía el gran espaldarazo e iniclaría una nueva era en la arquitectura de México. O’ Gorman se ahorró cualquier alusión a la moda: sólo el máximo rigor en el análisis de las necesidades de sus clientes o las exigenclas de la tecnología podían sugerirle una forma arquitectónica.

Sus inclinaciones estéticas debían ceñirse tan estrictamente a una propuesta racional que O’ Gorman llegó a pensar que no las tenía. Pero Diego advirtió con facilidad que estaba asistiendo, simplemente, al nacimiento de una nueva estética: la más radical posible. Los volúmenes de las casas eran abstractos, carentes de la menor ornamentación o referencla al pasado; por doquier aparecían notorlos tubos para el desagüe de la lluvla o la eliminación de los desechos. Los tinacos y los tambos de basura estaban a la vista. En techos y paredes se extendían cables eléctricos que terminan en focos desnudos.

Las paredes eran absolutamente lisas y ostentaban colores inspirados en los de las pulquerías; en determinados lugares se abrían amplísimos ventanales, eliminándose los muros, casi inexistentes en la planta baja. Las casas, unidas por un puente en la parte superior, no se parecían a nada que los vecinos hubiesen visto jamás, excepto alguna fábrica. El terreno se cerraba mediante hileras de cactos, como en los pueblos. Se trataba, en suma, de la más desconcertante combinación de vanguardla internacional y sensibilidad popular mexicana. La estética del pasado había sido aniquilada de golpe. Todavía hoy, al visitar estas casas, no podemos dejar de sentir que estamos no sólo frente a las primeras casas modernas de México, sino ante las más modernas que aún podemos ver por aquí.

Nuevos escenarios de la vida cultural mexicana

Las casas se volvieron notorias de inmediato, y a ello contribuyó que su propietario fuese el más célebre artista mexicano de la época. La misma Frida pintaría allí algunas de sus obras más conocidas. Sus amigos se reunían con frecuencia en el lugar y una parte importante de la vida cultural del México de la primera mitad del siglo XX tendría como escenario estas casas. Así, éstas reúnen ahora un excepcional doble interés: el que les proporciona su mérito arquitectónico propio y el hecho de que sus primeros propietarios hayan sido quienes fueron. 

El padre de Frida, Guillermo Kahlo, el más destacado fotógrafo de arquitectura en México a principios del siglo, retrató las casas apenas terminadas. Otras fotografías aparecieron pronto en las publicaciones de arquitectura y son también numerosas las que muestran a Diego y Frida posando y trabajando allí. Adicionalmente, Juan O’ Gorman era un arquitecto organizado y conservó muchos de sus dibujos originales de estas casas. La existencla de una información tan importante sobre tales construcciones es un dato que debe consignarse antes de abordar el tema de la restauración de las mismas que tuvo lugar en 1995-96. 

Frida se instalaría definitivamente en la casa de su padre en Coyoacán a partir de la década de 1940. Al fallecer Diego en 1957 las casas fueron ocupadas por las hijas del pintor, quienes las adaptaron para sus proplas necesidades. Agregaron diversos elementos para cerrar algunos espacios y en dos lugares construyeron ampliaciones de relativa importancia. Finalmente fueron adquiridas por el gobierno mexicano y asignadas al Instituto Nacional de Bellas Artes a principios de la década de los ochentas.

El rescate arquitectónico

No se hicieron entonces trabajos importantes en las mismas y fueron destinadas a Museo y oficinas. Al tomar la decisión de restaurarlas íntegramente, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes iniclaba una de las acciones de rescate de la arquitectura de México más relevantes que quepa imaginar. Como es lógico, la primera acción que emprendió el equipo a cargo de los trabajos fue reunir el vasto material documental existente, y analizarlo con gran cuidado. Al intervenir en construcciones como estas, el especialista enfrenta situaciones poco frecuentes en los trabajos de restauración. Así, puede contar con una abundante información confiable, que le permite tomar decisiones sin aventurarse en el terreno de las hipótesis, suelo fértil para los temibles pastiches.

En estas casas, los documentos permiten respaldar objetivamente casi la totalidad de las decisiones tomadas, y los vacíos de información documental pudieron llenarse con las evidenclas que las proplas casas aportaron en el momento de intervenirlas. Por otra parte, era necesario garantizar la estabilidad de las construcciones frente a las exigenclas de la actual reglamentación sísmica. Se hicieron los cálculos correspondientes y las casas fueron reestructuradas de manera íntegra. Cuentan ahora con una nueva cimentación y todas las columnas -algunas muy esbeltas- fueron rehechas, aumentando el acero de refuerzo para terminarse nuevamente con cemento, sin modificar: sus dimensiones originales.  Algunos muros de ladrillo fueron reemplazados por otros de concreto para aumentar su rigidez y alcanzar los coeficientes reglamentarlos.

Las trabes igualmente fueron reforzadas, así como sus uniones con las columnas mediante placas de acero ocultas. Esta fase del trabajo fue la que ocupó más tiempo y dinero en todo el proceso de restauración. Como puede verse, éste no consistió solamente en una intervención sobre la epidermis de las casas. Sin embargo, también su piel fue estudiada con cuidado en busca de información útil para devolverles su aspecto original hasta el último detalle. Las fotos de Guillermo Kahlo permiten advertir matices diferentes de gris donde la pintura reciente de las casas era de un solo color; Encontramos que, propiamente hablando, las casas no estuvieron pintadas originalmente, y que su color era parte integral del aplanado exterior, habiéndose empleado una técnica conocida en México como “pasta”.

Forma y color

La superficie externa de ésta se había decolorado, pero sus partículas internas aún conservaban la tonalidad original. Pudimos advertir así que los tonos claros de gris en las fotografías de Kahlo correspondían a las paredes blancas, y los grises oscuros a un rojo muy quemado en la casa de Diego o un azul vivo, ligeramente claro, en la de Frida. La pasta original se encontraba dañada e incompleta y se decidió reponer los faltantes sin aplicar color, para pintar encima con una pintura moderna de gran resistencla a condiciones ambientales adversas.

De esta manera se preservó, bajo la pintura, la pasta original como un testimonio para futuras intervenciones. En el interior se utilizó la pintura al temple original, blanca, para las desnudas paredes. Las superficies de cemento se limpiaron para aplicar sobre las mismas una lechada de cemento que igualase su color. Algo similar, empleando polvo de ladrillo, se hizo con las piezas de barro empleadas por O’ Gorman en el interior de los techos, que habían recibido una pintura imposible de eliminar por completo.

Los pisos de madera se repusieron íntegramente aplicándoles el pigmento amarillo conocido como “congo” que tuvieron originalmente, y se terminaron con barniz. Las ventanas y otros elementos metálicos volvieron a pintarse en el color rojo oscuro original. La doctora Guadalupe Rivera, hija del pintor, nos comentó que los colores recuperados correspondían a los que ella recordaba de su niñez, y nos hizo algunas observaciones sobre la jardinería y los exteriores que tomamos en cuenta para las soluciones que ahora pueden verse. Al observar posteriormente algunos cuadros de Diego Rivera pintados allí, donde el estudio mismo aparece como fondo, confirmamos que los colores del piso y las ventanas reproducidos por el artista eran exactamente los que habíamos encontrado y aplicado de nuevo.

Se replantaron los cactos, lo que exigió construir trincheras con drenaje y relleno especlales para garantizar que sus raíces no estén en un medio demasiado húmedo, sino en uno más cercano al de las regiones donde esta peculiar vegetación se reproduce de manera natural.  Son muchos los técnicos que hicieron posible esta restauración, primera de una obra contemporánea de esta importancia.

Es preciso mencionar a Andrés Galindo, José Luis Ruvalcaba y Anton Leta Benítez, de la Dirección de Arquitectura del INBA; a Ricardo Camacho, calculista, a Miguel Ángel Reyes, de la constructora y a Alma Rosa Tovar, de la supervisión. El Museo que sigue funcionando en estas casas tiene un protagonista en su arquitectura misma, y cuenta con piezas originales del mobiliario que tuvieron en la década de 1930 o réplicas de las mismas. Habrá de evocar la vida de Diego Rivera y Frida Kahlo mediante estos elementos y sus obras mismas, algunas de ellas creadas entre esas paredes. Pocos museos de nuestro país, y aún del mundo, pueden ostentar una combinación tan afortunada de este tipo, donde el continente y el contenido son obras de arte del más alto nivel, vinculadas por una historia común.

Dirección

Diego Rivera esquina Altavista, Col. San Ángel. México D.F.

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