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Ofrendas a los dioses del agua en las fuentes del Atoyac

Una serpiente de escamas vegetales nos acompaña. Son los cerros que parecen devorar el camino: su ondulante crestería se dibuja contra un cielo sin nubes y el sol calcina los campos de caña de azúcar que en verdes oleajes llegan al pie de las montañas.

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Así es el camino de terracería por donde el arqueólogo Fernando Miranda, del Centro Regional del INAH de Veracruz, nos conduce a uno de los sitios sagrados de los totonacas.

La sonrisa de las figurillas de cerámica, de las que tantas y tantas han salido de la tierra en esta zona, parece reflejarse en la exuberancia del paisaje. Su eco se percibe entre las ráfagas de un viento cálido, y nos dice que el pueblo que habitó los valles que cruzamos debió de tener pocas carencias: por ello los vestigios muestran rostros que han perdido cualquier rigidez y son el retrato de hombres siempre alegres, a quienes seguramente el canto y la danza acompañaron en todo momento. Estamos en el valle del Atoyac, cercano a la población del mismo nombre en el estado de Veracruz.

La camioneta se detiene y Fernando nos señala el camino hacia un arroyo. Debemos cruzarlo. Siguiendo al arqueólogo, quien ha dirigido varias excavaciones en la zona, llegamos hasta un tronco que se usa como puente. Al verlo, dudamos de nuestra capacidad para guardar el equilibrio en tan pequeña e irregular superficie. Y no es que la caída fuese peligrosa, sino que implicaba ir a parar con todo y equipo fotográfico, a una poza de profundidad incierta. Nuestro guía nos tranquiliza al tiempo que saca de entre la vegetación una larga percha, la introduce al agua y, apoyado en esa rama –precario sustituto de un barandal– nos muestra un sistema más seguro para cruzar. La brecha del lado opuesto se interna entre el frescor de los siempre sombreados cafetales, que contrastan con el sol abrasador de los cercanos campos de caña. Llegamos pronto a orillas de un río de azules corrientes que ondulan entre troncos, lirios y rocas de cortantes aristas. Más allá, se ven de nuevo los cerros de una baja cadena que anuncia las grandes elevaciones del sistema montañoso del México central.

Por fin llegamos a nuestro destino. Lo que se presentó ante nuestros ojos rebasó las descripciones que nos habían hecho de este paraje lleno de magia. En parte me recordó los cenotes de Yucatán; sin embargo, había algo que lo hacía distinto. Me pareció la imagen misma de Tlalocan y desde entonces no dudo que un sitio como éste fue el que inspiró las ideas prehispánicas de una especie de paraíso donde el agua botaba de las entrañas de los cerros. Allí cada accidente, cada faceta de la naturaleza adquiría proporciones divinas. Paisajes como éste seguramente sufrían una metamorfosis en la mente del hombre para convertirse en sitios supraterrenos: para decirlo en las palabras del sabio padre José Ma. Garibay, sería el mítico Tamoanchan del que hablan los poemas nahuas, el sitio de los peces de jade donde se alzan erguidas las flores, donde los preciosos lirios echan botones. Allí se entona el canto entre el musgo acuático y múltiples trinos hacen vibrar la música sobre las plumas color turquesa del agua, en medio del vuelo de mariposas tornasoles.

A los versos nahuas y a las ideas acerca del paraíso se aúnan, en el nacimiento del río Atoyac, los hallazgos arqueológicos. Hace algunos años, el maestro Francisco Beverido, del Instituto de Antropología de la universidad Veracruzana, me narró cómo dirigió en esta poza el rescate de un valioso yugo de piedra profusamente labrado que hoy se encuentra cerca de allí, en el Museo de la ciudad de Córdoba, sitio que vale la pena visitar. El yugo fue arrojado como ofrenda a los dioses del agua por pueblos que habitaban las zonas de los alrededores. Una ceremonia similar se efectuaba en los cenotes yucatecos, en las lagunas del nevado de Toluca y en otros sitios adonde se acudía a venerar a los dioses más importantes del panteón mesoamericano. Podemos imaginar a los sacerdotes y ministros a orillas de la poza en el momento en que, entre las volutas del copal de los sahumerios, arrojaban valiosas ofrendas al agua mientras pedían a las deidades de la vegetación un buen año para las cosechas.

No resistimos la tentación y nos metimos al agua. La percepción del gélido líquido su temperatura es de unos 10ºC se acentuaba debido al agobiante calor que nos había hecho sudar todo el camino. La poza debe tener unos 8m de profundidad en la parte más honda y la visibilidad no llega más allá de los 2m, debido a los sedimentos que acarrea el agua desde el interior del cerro. La gruta subacuática de donde fluye se asemeja a unas enormes fauces. Es la imagen misma del Altépetl de los códices, donde de la base de la figura del cerro brota una corriente a través de una especie de boca. Es como las fauces de Tláloc, dios de la tierra y el agua, uno de los númenes más importantes y antiguos de Mesoamérica. Se asemeja a las boqueras de este dios, que escurren el líquido precisos. Caso nos dice que es “el que hace brotar” algo más que evidente en las fuentes del Atoyac. Estar en este sitio es como ir al origen mismo de los mitos, de la cosmovisión y de la religión prehispánica.

La región, vale la pena recordarlo, fue habitada por una cultura muy representativa de la costa del Golfo de México durante el periodo Clásico. Se ignora el lenguaje que hablaban durante esa época, pero sin duda estaban emparentados con los constructores de El Tajín. Los totonacos parecen haber llegado a la zona en las postrimerías del Clásico e inicios de Posclásico. Entre las playas del Golfo de México y las primeras estribaciones del Eje Volcánico Transversal, se extiende un territorio cuya riqueza natural atrajo al hombre desde que oyó por primera vez el que hoy conocemos como territorio mexicano. Los aztecas lo llamaron Totonacapan: la tierra de nuestros mantenimientos, o sea el sitio donde está el alimento. Cuando el hambre se presentó en el Altiplano, las huestes de Moctecuhzoma el huehue no dudaron en conquistar estas tierras; ello sucedió a mediados del siglo XV. El área quedaría entonces bajo la cabecera de Cuauhtocho, sitio cercano, también a orillas del Atoyac, que aún conserva una torre – fortaleza que domina el río.

Es un lugar donde el color y la luz saturan los sentidos, pero también, cuando los nortes pegan en el litoral de Golfo de México, es el Atlayahuican, la región de la lluvia y la niebla.

Sólo con esta humedad que anquilosa a los ancianos, se puede mantener siempre verde el panorama. El Atoyac brota de la oscuridad de las cuevas, de las mismas entrañas del cerro. El agua sale a la luz y la impetuosa corriente prosigue, como una serpiente de turquesa, a veces entre violentos rápidos, hacia el Cotaxtla, río que se hace amplio y tranquilo. Un kilómetro antes de llegar a la costa, se unirá al Jamapa, en el municipio de Boca del Río, Veracruz. De allí ambos prosiguen hasta su desembocadura en el Chalchiuhcuecan, el mar de la compañera de Tláloc, de la diosa del agua. La tarde caía cuando decidimos retirarnos. Nuevamente observamos las pendientes de los cerros plenas de vegetación tropical. En ellas la vida palpita como el primer día del mundo.

Fuente: México desconocido No. 227 / enero 1996

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