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Historia

Ometéotl, la dualidad divina de los mexicas

Ometéotl era el dios más enigmático del panteón mexica. Te contamos sobre su naturaleza inexplicable.

19-08-2019, 11:04:21 AM
Ometéotl, la dualidad divina de los mexicas
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Filósofo por formación. Contempla el alma e imaginación de México.

Es común que en la academia se defina a la religión nahua como politeísta y naturista. Sin embargo, según los estudiosos más minuciosos, dicha perspectiva es una reducción de un complejo sistema teológico-filosófico. Para poder desarrollar otra perspectiva de las creencias nahuas, es necesario tener como eje central una de las divinidades menos conocidas: Ometéotl.

De acuerdo a León-Portilla, en los Anales de Cuauhtitlán se señala que el sabio Quetzalcóatl fue quien descubrió el fundamento de la tierra, Ometéotl. Dicho dios sería, además, la suprema divinidad náhuatl, cuya principal característica es la dualidad, lugar que también habita y que se denomina como Omeyocán.

El Dr. Miguel León-Portilla es el mayor experto en literatura y lengua náhuatl.

La dualidad, el lugar que habita Ometéotl

Por otra parte, Ometéotl es un dios cuyo origen no es conocido. Su dualidad hace referencia a un solo principio o realidad que le permite generar y sostener a la vida del cosmos, siendo, además, padre y madre de los dioses.

En cuanto al lugar de su residencia, el Omeyocán, se pensaba en el propio centro del dios, desde el cual engendraba a los dioses o fuerzas naturales. El centro, además, coincidía con el eje central de los cuatro puntos cardinales, lo que equivale a decir que posee el atributo de la omnipresencia. Al hablar del Omeyocán, los nahuas se referían con términos como “el ombligo de la Tierra”, “entre las nubes”, “la región de los muertos”, etc.

Sin embargo, su carácter omnipresente no lo vuelve un dios intervensionista, dejando actuar a los dioses que él mismo ha creado. Es decir, el cosmos en sí mismo es perfecto porque es su expresión.

Los cuatros Tezcatlipocas son los primeros desdoblamientos de Ometéotl, sus guerras y triunfos expresan el dinamismo primordial de la vida. La cuaterna está vinculada a los cuatro puntos cardinales y en su centro se encuentra el treceavo cielo u Omeyocán, lugar donde habita la divinidad dual.

Según la tesis de Miguel León-Portilla, la especulación en torno Ometéotl habría tenido su origen entre los tlamatinimes toltecas. Según su análisis interpretativo, este dios poseía las cualidades de generador-receptor, masculino-femenino y, por tanto, era dueño-dueña de todo lo existente.

Debido a ello, Ometétol era de forma simultánea Señor (Ometecuhtli, Omecíhuatl) y Señora de la dualidad (Omecíhuatl). Además poseía otros desdoblamientos de género como in Tonan (nuestra madre) e in Tota, Huehuetéotl (nuestro padre, el dios viejo).

La mayoría de los títulos con que se denominaba a Ometéotl tenían el objetivo de vincularlo con las diversas formas de existencia. Uno de los títulos que más sorprende a Leon-Portilla es el de Moyocoyani, el que a sí mismo se inventa, ya que la profundidad de tal concepto sólo podría ser intuido a través de la flor y el canto, de la poesía.

Las máscaras de la divinidad

Por ello, León-Portilla se atreve a considerar a los tlamatinimes como filósofos en toda le extensión de la palabra. Con ello, retoma la tesis del arqueólogo Hermann Beyer y considera pensar que la multitud innumerable de dioses nahuas eran “para los sabios e iniciados tan sólo otras tantas manifestaciones de lo Uno”.

Sin embargo, a diferencia del panteísmo propuesto por Beyer, León-Portilla aporta que las diversas manifestaciones cósmicas y divinas en realidad son desdoblamientos de Ometéotl, formas nacidas desde su propia dualidad.

Por lo anterior, también concluye que la razón por la que los dioses siempre aparecen en pareja es porque en realidad son nuevas fases o máscaras de Ometéotl. A partir de entonces, León-Portilla reconstruye a Ometéotl como un dios gestado entre la élite intelectual prehispánica, en el que la divinidad se desdobla de lo universal a lo particular. En cada acto la divinidad tiene resonancias de su ser originario, siendo a la vez actor principal y el productor del teatro; máscara y fundamento existencial.

En ese orden de ideas, los tlamatinimes habrían superado el politeísmo, mismo que habría quedado reservado para las clases más bajas, sin que ello significara una oposición. Por el contrario, el politeísmo náhuatl no sería un objeto de desprecio, ya que su vitalismo y su expresión simbólica eran las máscaras del dios dual. Dicho de otro modo, tanto la existencia como la cosmología, eran la flor y canto que decían al ser humano ‘lo verdadero en la tierra’.

Fuente: CRUZ, A., Miguel León-Portilla y la interpretación del mito en “La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes”, Universidad de Colima, Colima, 2017.

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