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Pico de Orizaba, un reto para sentirse vivo

Su cumbre brilla por el sol. ¿Podré echar andar mis pasos sobre aquel glaciar? No tengo idea. ¿Estoy nerviosa? Lo suficiente para no dormir. ¿Feliz, emocionada? Como nunca. Aquí la bitácora de un ascenso que cambió mi vida.

Foto:

Ahí estaba: un pico blanco en lo alto, detrás de las nubes. Se veía tan cerca, casi podía tocarlo. No, para nada estaba cerca; de hecho, se encontraba muy lejos, tanto que nos tomaría unas siete horas poner un pie en su cima. Gente nueva, lugar nuevo; aire distinto, un poco de frío –tal vez mucho–.

Preparativos

Aquí estaba, nerviosa una vez más; amo ese sentimiento que me hace sentir viva. Llegamos a Tlachichuca, Puebla, a hacer las últimas compras del súper y de ahí partimos hacia el hostal de “El Oso”, donde pasaríamos la noche. Amaneció, nos despertamos alrededor de las 9:00 hrs, nos cambiamos, preparamos nuestras cosas y almorzamos unas deliciosas enchiladas mexicanas, las más ricas que he probado, ¿o será que en la montaña todo sabe más rico? Dejamos nuestro cambio de ropa en la camioneta que nos esperaría de vuelta el domingo en la tarde y partimos hacia el refugio Piedra Grande, el punto de partida del sendero que comienza cuesta arriba hacia el punto más alto.

Nos esperaba un camino de unos cuantos brincoteos arremolinándonos en los asientos de la camioneta; nos dividimos en dos de ellas. Íbamos observando los paisajes que rodean el Pico: enormes oyameles y pinos cuyo olor intenso perfumaba el trayecto, mientras el sol nos regalaba un poco de calor.

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

Estábamos a 4,200 msnm, entre nubes blancas y los rayos crepusculares que las atravesaban, la atmósfera nos envolvía de una paz intensa. Entonces, la cumbre se asomó. “¡Nos está saludando!”, dijo Héctor. Sí, así sentimos todos la bienvenida al Citlaltépetl, su nombre en náhuatl que significa “cerro de la estrella”, pues su cumbre nevada brilla el año entero.

Más que un reto físico, queríamos hacer de esta experiencia un aprendizaje, de esos que permiten llevar algo más que la satisfacción de alcanzar la cumbre de vuelta a casa, algo entrañable que transformara nuestro día a día. Compartir los aprendizajes en la montaña al regresar enriquecería el viaje para todos. Además, la felicidad solo es real cuando la compartes, ¿no?

Teníamos frío. El reto había comenzado desde que salimos de casa. Más aún: desde que tomamos la decisión de venir y empezamos el entrenamiento.

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

Alfombra de nubes

Preparamos nuestras mochilas y comenzamos a subir; hoy no sería el día de cumbre. Después de dos horas y cargando alrededor de 15 kilos en la mochila, llegamos al segundo campamento —a 4,800 msnm—, dormimos en los Segundos Nidos, antes de El Laberinto, conocido así por sus distintos caminos y piedras que hacen que el camino sea un poco confuso. Después está el glaciar.

Aquí, en los Segundos Nidos pasamos la tarde, con una cama de nubes que yacía serenamente a nuestros pies, detrás del campamento. Imposible no aprovechar este momento para sacar fotos. Cenamos una rica pasta al pesto y tomamos un poco de té caliente y platicábamos mientras la noche se hacía cada vez más oscura bajo las estrellas. Nos acostamos a las 20:00 hrs para descansar y salir a cumbre alrededor de las 4:00 hrs del domingo.

Dormimos, soñé que volaba: ¡así quería subir! En la vida muchas veces se lleva una “mochila” de sentimientos. Aquí, la mochila de verdad se vuelve una extensión del cuerpo. No es posible cargar doble, así que la de sentimientos se queda abajo. Volar, tenemos que aprender a soltar, dejar ir todo aquello que nos pesa emocionalmente para subir sin peso extra. Nunca me había sentido tan ligera: logré disolver las preocupaciones cotidianas para sentirme libre.

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

Un poco de insomnio... abrí mis ojos: dormir a 4,800 msnm no es tan fácil si no te aclimatas bien. Quería ver cómo estaba afuera, me ganaba la intriga de observar aquel cielo que cobijaba mi tienda de campaña, abrí el zipper y asomé mi cabeza: vi un cielo cubierto de estrellas, ese que solo puede apreciarse cuando te encuentras lejos de todo. En esa oscuridad profunda brillaba la Luna Nueva; no resistí salir con mi cámara. Mis manos se congelaban, pero las fotos valieron la pena.

Entonces caí en cuenta de que tenía una sonrisa gigante pintada en mi cara. Di las gracias por el momento: estar sola junto a la tienda de campaña, escuchando el aire y contemplando ese manto estelar que iluminaría sutilmente mis pasos un par de horas después.

Comenzó el baile de mariposas en mi estómago a las dos de la mañana. Regresé a la tienda y cerré los ojos, intentando dormir de nuevo. Llegó la hora y las mariposas ahora tenían una fiesta entera en mi estómago. Alistamos nuestras cosas y desayunamos ligero. Ahora sí, a atacar cumbre: ¡arriba!

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

Cruzamos El Laberinto y al cabo de una hora y media llegamos al Glaciar de Jamapa ¡a ponernos los crampones!, esos picos metálicos que permiten sujetarse a la nieve. “Es eterno, sientes que no llegas nunca”, me había dicho un amigo montañista hacía unos días. Empezamos a subir. “A paso lento, como bostezando” es la frase de una canción que se me pega cada vez que voy subiendo, porque así me siento, lenta.

Sí, reconocí entonces lo “eterno” del glaciar: daba mil pasos y no parecía avanzar. Con la tonada en la mente entendí que así debía ser, “como bostezando”, con esa tranquilidad, entendiendo que el proceso es así. Es importante ser pacientes. Nunca hay que subestimar a la montaña.

¿Qué estoy haciendo aquí?

Cualquier montañista ha sentido esto. Siempre llega el momento en que nos preguntamos: “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué no estoy en mi casa viendo películas?”. Nos encontramos en medio del camino, con frío, desgastados, con los pies molidos... y seguir describiendo nuestro estado sería interminable. Sí, ese momento es casi eterno, pero luego se entiende perfectamente que no podrías estar en un lugar mejor.

No todos los del grupo se sintieron bien al subir, a unos les dolió la cabeza, otros hasta vomitaron; así es el mal de montaña. La altura nos pega a todos de maneras distintas y el cuerpo reacciona. Por mi parte, esta vez me tocó darle un giro a mi mente, un segundo aire a mi cuerpo. Me repetía: “estoy al cien, me siento perfectamente bien, estoy un poco cansada, pero lo disfruto al mismo tiempo y estoy segura de que llegaré”. Sentía que la cuerda me jalaba, al volverme vi a Dago diciendo: “Ya no puedo, quiero vomitar; no me siento bien”. Tengo poco de conocerlo. Es una persona muy fuerte, tanto física como mentalmente, alguien que lucha por lo que quiere y que sin duda entrenó lo suficiente para hacer cumbre. “Venga, Dago, ya casi estamos ahí, tú eres fuerte”.

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

Comencé a cantar Volaré para amenizar un poco las dificultades que parecían vencer al grupo. Sí, sentía que volaba, tal y como lo soñé. Mis ojos observaban un paisaje que apenas creía real. Nos encontrábamos literalmente más cerca del cielo y ahí todo brilla: las nubes resplandecen y el glaciar se va pintando de amarillo conforme el sol avanza en su órbita. Me reafirmé: “Sí, voy a llegar a la cumbre, despacio pero lo haré”. Ahí está todo el esfuerzo y la perseverancia, la firme decisión de darle al cuerpo ese empujón de creer que ¡sí se puede! Compartí con mis compañeros miedos, dudas. Allá arriba nos conocemos en nuestra más pura esencia, esa que nos hace dar lo mejor de nosotros mismos todo el
tiempo.

El miedo siempre estaba presente. En realidad, funcionaba como una especie de alarma: una que me hace agradecer cuando reconozco que estoy a punto de subir un gran escalón que me llevará muy alto. El miedo es como un tiro con arco: es la flecha que me estira lentamente hacia atrás y entre más atrás vaya, mayor será el impulso para llegar más lejos. Así que solo hay que enfrentarlo, hablar con él y decirle que estamos aprendiendo a salir de nuestra zona de confort, que es un poco incómodo pero no mortal. Su voz se desvanece. Se desvanece como el ruido en la montaña, donde escuché el intenso sonido del silencio: mi corazón. Conversé, conversé con él y conmigo, nada más.

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

En presente

Paso a paso voy. Despacio cuesta arriba, con las manos hechas piedra y la cara quemada por el viento congelado, entonces entiendo qué es la paciencia y el dolor. Nadie dijo que fuera fácil. Luego miro hacia abajo, ahí está: la obra maestra que nos regala la naturaleza. Veo mis huellas y al fondo una cama de nubes detrás del glaciar que se pinta de rosa con los rayos del sol; la primera luz del día. Me encuentro perdida en un instante, totalmente rendida ante la grandeza del pico más alto de México, entonces entiendo qué es la humildad.

Aquí me siento libre, entiendo que no importa si soy la última en llegar a la cumbre, o la primera. Algo muy grande toca mi alma, y así me pongo en contacto con la verdadera esencia de vivir. Me encuentro cien por ciento alerta, con todos los sentidos, presente. Puedo escuchar mi corazón. Siento, veo y observo todo lo que pasa a mi alrededor. Tengo extremo cuidado en cada paso que doy. Debo pisar firme y fuerte, cuidar el piolet, la cuerda que voy tomando a mi lado, cambiando de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Me tapo la cara: el gélido viento quema.

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

El frío cala hasta los huesos. Siento cada parte de mi cuerpo; mis piernas están haciendo un esfuerzo por obedecer lo que manda mi mente, mis manos quieren un poco de calor. Respiro y mis pasos agarran ritmo. Sí, estamos cerca. ¡Cumbre! Llegamos al punto más alto: estamos parados en el techo de México. Aquí salen las lágrimas y nos damos el “abrazo cumbrero”. Me siento plena.

Entiendo que lo he logrado: me siento grande, inmensa y fuerte pero a la vez diminuta e insignificante ante tal magnificencia infinita en el horizonte.

Nunca subo la misma montaña

En la montaña, nada sale como lo planeas, todo el tiempo estás viviendo al borde de la incertidumbre. El clima, el mal de montaña, las situaciones de otras personas... nada queda en nuestras manos. La montaña nos enseña a rendirnos ante ella, aceptando y respetando lo que quiere mostrarnos en ese momento. Ahí está el secreto, ahí recae el aprendizaje: entender la metáfora de que todo lo que sucede en nuestras vidas es perfecto.

 Marcela GonzálezFoto: Marcela González

¿Que por qué vuelvo a la montaña? La razón es un sentimiento que difícilmente puede expresarse en palabras. La naturaleza ejerce un efecto sobrecogedor en mí, en lo más profundo de mi alma. Aquí entiendo que lo que importa es disfrutar el camino, miro hacia abajo y veo la diminuta ciudad a mis pies, la observo y me encuentro muy lejos de ella. La ciudad es demasiado pequeña y siento que cualquier cosa que pudiera preocuparme allá abajo es del tamaño de una hormiga, casi microscópica. Entonces entiendo que cuando vuelva, los problemas serán pasajeros, me encuentro asombrada de pertenecer a este instante, donde no soy juzgada por nada ni nadie, donde me siento libre y plena.

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