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Pueblos y culturas en el Totonacapan II

Tenemos otras figuras que nos recrean aquel pueblo con sus vestimentas y ornamentos rituales, llevando cofres sagrados o cargando felinos.

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En ellas distinguimos las vestimentas que lucían las elegantes de la época, consistentes en enormes huipiles que llegaban hasta los pies. Analizando los elementos iconográficos presentes en estas esculturas de arcilla nos damos cuenta de que muchos de los dioses del panteón mesoamericano ya eran venerados por los costeños en esta época clásica; tenemos a Tláloc, la deidad de la lluvia, que se identifica por las anteojeras que, a manera de máscara ritual, le cubren el rostro; al ya mencionado señor de los muertos, del cual los costeños hicieron algunas representaciones de gran estilización; está también presente Huehuetéotl, el viejo dios del fuego, cuyo origen parece remontarse a la época de Cuicuilco (300 años a.C.) en el centro de México.

Tal parece que en la Costa del Golfo de México existió una especial insistencia en los cultos relacionados con el deporte ritual del juego de la pelota, ya que se han descubierto varias canchas. En el centro de Veracruz el juego de pelota se manifiesta vinculado al llamado “Complejo de yugos, palmas y hachas”, conjunto de esculturas de formato pequeño o mediano trabajadas en rocas duras y compactas de colores verdes y grisáceas.

Antes que nada, hay que decir que en el desarrollo del juego los participantes debían de proteger su cintura y los órganos internos con anchos cinturones, hechos probablemente de madera y forrados con textiles de algodón y cuero. Éstos protectores son quizás el antecedente y patrón de las esculturas llamadas yugos, en forma de herradura o algunos totalmente cerrados. Los artistas aprovecharon su curiosa conformación para labrar en las paredes exteriores y en los remates figuras fantásticas que recuerdan rostros de felinos o batracios, aves nocturnas, como la lechuza, o perfiles humanos.

Las palmas deben su nombre a su conformación alargada y el remate curvo que recuerdan las hojas de dicho árbol. Algunos autores consideran que bien pudieron ser utilizadas como insignias heráldicas que identificaban a los jugadores o a sus gremios y cofradías. Varias de estas esculturas se asemejan al murciélago, otras nos describen escenas rituales en las que reconocemos guerreros victoriosos, esqueletos cuya carne es devorada por animales rapaces, o víctimas del sacrificio con el pecho abierto.

Por lo que respecta a las llamadas hachas, lo que podemos decir de ellas es que han sido consideradas como la estilización en piedra de las cabezas que se obtenían mediante la decapitación, punto culminante en el ritual del juego de pelota. En efecto, los objetos más conocidos nos remiten a perfiles humanos de gran belleza, como la afamada hacha del hombre-delfín que pertenecía a la colección de Miguel Covarrubias; existen también perfiles de animales mamíferos o aves, pero ignoramos su asociación directa con el supuesto sacrificio.

El máximo desarrollo cultural de esta región costeña central se dio en el sitio de El Tajin, ubicado en las cercanías de la risueña población de Papantla. Aparentemente, su desarrollo comprendió una larga ocupación que va desde el 400 al 1200 d.C., es decir, del Clásico al Posclásico temprano, en la periodificación mesoamericana.

La diferencia de altura del terreno en El Tajín determinó dos áreas. En primer término, el visitante que llega al sitio e inicia su recorrido se encuentra con una serie de conjuntos arquitectónicos ubicados en la parte baja. El grupo del arroyo y el grupo de la Pirámide de los Nichos son los primeros conjuntos arquitectónicos que le salen al paso; este último debe su nombre a la famosa estructura piramidal que se conoce desde el siglo XVIII y que ha hecho famosa a la ciudad arqueológica. Se trata de un basamento de cuerpos escalonados cuyos elementos característicos son la combinación de un paramento conformado por nichos que se sustentan sobre un talud inclinado y que rematan por una cornisa saliente. El espectador que contempla este edificio recibe la más impactante y solemne impresión del perfecto equilibrio que lograron aquellos ancestrales arquitectos nativos al lograr equilibrar la grandeza y la gracia.

En las cercanías de la Pirámide de los Nichos se encuentran varias canchas del juego de pelota, que en El Tajín se caracterizan porque los paramentos verticales del interior de los patios están decorados con relieves que describen los diversos momentos y parafernalia del deporte sagrado. En las escenas reconocemos la decapitación de uno de los jugadores, el culto al maguey y al pulque, las danzas y la transformación de las víctimas en animales celestes como el águila. Los artistas enmarcaron cada una de las escenas con un elemento decorativo que fue llamado desde hace tiempo “el entrelace Totonaco”, que se distingue porque una especie de ganchos o volutas se van entrelazando de manera sensual; a primera vista parecería como el movimiento de las aguas, la superposición de las nubes o la violencia del viento y el huracán.

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