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Puerto de Acapulco, enlace con Filipinas, destino final en América

En el campo de la historia mundial de las colonias españolas en América es bien conocido el protagonismo que, desde un principio, adquirieron los territorios mexicanos de la Nueva España en la relación con Asia.

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En el campo de la historia mundial de las colonias españolas en América es bien conocido el protagonismo que, desde un principio, adquirieron los territorios mexicanos de la Nueva España en la relación con Asia.

Hablar en este caso de Acapulco como sede americana del tráfico asiático no es una exageración, no obstante que el navío procedente de Filipinas recalara (acercarse a tierra) ilegalmente en otros puertos durante su viaje de cabotaje desde la Alta California.

Ciertamente, Acapulco fue el segundo puerto más importante del virreinato mexicano y como zona estratégica cumplió una doble función al ser el puerto de destino final del comercio transpacífico en América y el enlace directo con Filipinas, pues el galeón que zarpaba con dirección al archipiélago fue el nexo de todo tipo de comunicaciones entre Europa-Nueva España-Asia. Por ello, son necesarias algunas precisiones que maticen las justas dimensiones históricas de Acapulco.

La primera de ellas atañe a la designación oficial del puerto como el único centro autorizado en América del recorrido final del Galeón de Manila, porque en octubre de 1565 Andrés de Urdaneta llegó a Acapulco después de haber localizado finalmente los vientos propicios que facilitaban el viaje de retorno de Manila a Nueva España, aunque resulta curioso que sólo hasta 1573 se designara definitivamente como único sitio autorizado en el virreinato para comerciar con Asia, lo cual coincide con la participación regular de los mercaderes novohispanos en el comercio transpacífico, quienes temían que los artículos asiáticos no tendrían gran demanda en las colonias.

LA PREPONDERANCIA DE ACAPULCO

Anteriormente se habían sopesado las posibilidades ofrecidas por otros puertos novohispanos con cara al Pacífico, como Huatulco, La Navidad, Tehuantepec y Las Salinas. No obstante, en este enfrentamiento portuario Acapulco resultó seleccionado por varias razones.

Desde ahí la línea de navegación era más corta, practicada y conocida desde el inicio de la conquista de Filipinas y la búsqueda del tornaviaje a Nueva España; por su cercanía con la Ciudad de México, ya que tanto los productos originarios de Asia como la maquinaria administrativa viajarían con mayor rapidez, facilitando la comunicación con Veracruz; por la seguridad de la bahía, su gran capacidad y dinámica comercial con otros puertos centro y sudamericanos como Realejo, Sonsonate y Callao; asimismo la bahía estaba inserta en un sistema ecológico rico, el cual surtía productos de lugares lejanos a ella (México, Puebla y Veracruz) para el aprovisionamiento del barco, reparaciones del galeón, suministro del puerto y lo solicitado por el gobernador general de Filipinas para mantener la presencia española en Asia; finalmente, quizá otra razón estuvo ligada a la idea de que Acapulco era “el mejor y más seguro de todo el mundo”; sin embargo, sólo era un “gran puerto comercial” cuando el galeón procedente de Asia entraba en él, iniciándose poco después la apertura de la célebre Feria de Acapulco.

En ese sentido, para no caer en protagonismos ridículos, es preciso señalar que Acapulco no fue un astillero, más bien ahí se restauraban las embarcaciones, en Playa Manzanillo, en otras ocasiones las naves eran enviadas a El Realejo (Nicaragua) y para el siglo XVIII también se remitían a San Blas.

La construcción de los poderosos galeones transpacíficos se desarrolló en Filipinas, empleando las resistentes maderas del mismo origen, que eran arrastradas desde el interior de las selvas hasta el puerto de Cavite, en donde los laboriosos indígenas malayos trabajaban in-clave comercial con alcances planetarios. Llegaban a él los productos embarcados en Manila procedentes del sudeste asiático; simultáneamente también viajaban por la vía Veracruz-Xalapa-México los productos europeos que, de acuerdo con la época, venían de Sevilla y Cádiz, a lo cual se añadía el festejo anual de la esperada Feria de Acapulco, en donde los comerciantes efectuaban la compra de lotes de mercancía asiática. Por esa razón, resultó un punto obligado de ataque por parte de los “enemigos” de la corona, como en la época colonial se les llamaba a los piratas; en consecuencia, era necesario una guardia permanente encargada de salvaguardar el puerto.

Existieron dos medios fundamentales. El primero fue el llamado “barco de aviso”, destacado (enviado) por primera vez de Acapulco en 1594 por iniciativa del propio Consulado de la Ciudad de México, como resultado de la captura del Galeón Santa Ana en 1587 en Cabo San Lucas por parte de Thomas Cavendish. La finalidad de esta pequeña embarcación era, como su nombre lo indica, advertir al galeón procedente de Filipinas la cercanía de los “enemigos”, a fin de que el barco evitara un posible ataque; asimismo debía cuidar el movimiento portuario. El segundo medio defensivo fue el castillo de San Diego, cuya edificación no fue inmediata, y entre las razones que podrían explicar el retraso de su construcción destacan que a principios del siglo XVII la fortaleza no constituía una prioridad en el Océano Pacífico.

Por encima de ese medio defensivo prevalecía el reclutamiento de soldados para proteger a los galeones, pues se pensaba que la lejanía, la ignorancia y la terrible travesía desde Europa hacia el Océano Pacífico podrían mantener aislado de los ataques foráneos al Puerto de Acapulco.

Para la época los medios defensivos de Acapulco eran provisionales, sólo contaba con trincheras improvisadas y un reducto semejante a una fortaleza medieval.

EL CASTILLO DE SAN DIEGO Y LOS PIRATAS

Pero la realidad superaba con creces el pensamiento de las autoridades novohispanas, porque en octubre de 1615 Voris van Spielbergen entró en la Bahía de Acapulco, dándose una relación poco usual, ya que el holandés, escaso de provisiones, logró trocar algunos prisioneros españoles que llevaba consigo por alimentos frescos. Para la época los medios defensivos de Acapulco eran provisionales, sólo contaba con trincheras improvisadas y un reducto semejante a una fortaleza medieval.

En efecto, la histeria colectiva que causaba la llegada de los “enemigos” protestantes y la posible captura de otro galeón marcaron el origen inmediato de la imprescindibilidad de la fortaleza de San Diego, por lo tanto, el virrey de Nueva España, Marqués de Guadalcázar, encargó la construcción de otro reducto al ingeniero Adrián Boot, responsable en aquella época de las obras de desagüe de la Ciudad de México. No obstante, Boot desechó la propuesta debido a su insuficiencia y pequeñez, por ello éste envió un proyecto de fortificación que constaba de cinco caballeros abaluartados, es decir, cinco torres que unidas con salientes dan como resultado la forma pentagonal.

Desafortunadamente esta idea todavía fue consultada en una junta celebrada el 4 de diciembre de 1615 para tratar de llegar a un acuerdo, insistiendo sobre su viabilidad. El presupuesto para la edificación del castillo se estimó en 100,000 pesos, de los cuales un porcentaje debía invertirse en bajar e igualar El Morro, colina en donde se construyó el fuerte.

A principios de 1616 aún no se iniciaban las obras para levantar la fortaleza, mientras tanto las nuevas noticias traídas a Nueva España informaban acerca de la presencia de cinco naves que intentaban cruzar el estrecho de Magallanes. Otra vez la seguridad del puerto se traducía en una prioridad, pues los sinsabores experimentados años atrás no debían convertirse en hechos recurrentes. Toda esta enredadera de preocupaciones motivaron que la sugerencia de Boot finalmente se aceptara por una real cédula del 25 de mayo de 1616.

La construcción del castillo de San Diego duró desde los finales de 1616 hasta el 15 de abril de 1617. La nueva fortificación tenía un cometido, impedir los ataques piráticos en el puerto. El edificio se caracterizó, en un principio, por ser “una primitiva estructura irregular levantada sobre grandes desniveles en el suelo, y jalonada por caballeros en lugar de baluartes. Tenía cinco bonetes y su figura distaba mucho de ser regular”. El terremoto de 1776 dañó notablemente la fortificación, por consiguiente la planta nuevamente fue trazada y terminada en 1783.

Efectivamente, las incursiones enemigas generaban cuantiosos gastos de guerra, por lo que después de la partida de Spielbergen de Acapulco, el virrey de Nueva España proyectó durante seis años un impuesto especial del 2% sobre todas las mercancías que ingresaran en el puerto, así que cuando “se fundó la obra de la fuerza de Acapulco se cargó para su edificio uno por ciento perpetuo al comercio de Filipinas y no temporal mientras durase la obra”.

Resulta claro que el virreinato mexicano, con Acapulco, se situó en el centro de la escena. Los galeones zarpaban con rumbo a Filipinas en los finales de marzo para llegar a Manila tres meses más tarde si se realizaba segura navegación, con vientos favorables, sin haberse topado con algún barco enemigo, sin naufragar o encallar y sin perderse. El retorno a la Nueva España era más complicado y tardaba más tiempo, entre 7 y 8 meses, porque el barco venía abarrotado de las mercancías autorizadas además del habitual contrabando, lo que impedía que viajara con rapidez. En marzo también se levaban anclas de Manila para enfilar las proas a América, y valiéndose de los vientos dominantes en el sudeste asiático, los monzones, el navío tardaba de 30 a 60 días mientras cruzaba el mar interior de Filipinas para llegar al estrecho de San Bernardino (entre Luzón y Samar), a fin de alcanzar el paralelo de Japón, realizando el viaje rumbo a Nueva España, hasta llegar a la Alta California, desde donde costeaba el litoral del Pacífico con el objeto de ingresar en Acapulco.

CARGAS, PERSONAS Y COSTUMBRES

En definitiva, es de sobra conocido que los barcos procedentes de Filipinas transportaban ese grupo de mercancías que tenían gran demanda en América: sedas, objetos artísticos y decorativos, muebles, marqueterías, porcelana, loza, tejidos de algodón, estoraque, cera, oro, etcétera. Al Puerto de Acapulco también llegaban las llamadas “indias chinas”, esclavos y criados de origen asiático; y manifestaciones culturales, algunas de las que actualmente forman parte del folklore mexicano son la pelea de gallos de descendencia malaya, el nombre de bebidas como la Tuba, de procedencia filipina, cuya designación aún existe en Acapulco y Colima, y palabras como Parián, que era el lugar destinado en Filipinas para que la comunidad china viviera y comerciara.

En los galeones de Acapulco se cargaba papelería, plomo, plata, jerguetas, vino, vinagre, etcétera, para cubrir las necesidades de la población civil, religiosa y militar española avecindada en Asia; también viajaban soldados, entre los que se encontraban reos y acusados de diferentes delitos como la homosexualidad, la bigamia y la brujería, que defendían a la colonia asiática de las correrías holandesas, inglesas, japonesas y musulmanas de las islas Mindanao y Joló; asimismo, esos barcos transportaban la correspondencia entre las autoridades peninsulares, novohispanas y filipinas.

De hecho, la interesante, curiosa y fructífera relación Europa-Nueva España-Asia fue posible gracias a los galeones que surcaban el ancho mar entre un extremo y otro del Océano Pacífico, estando a la cabeza Acapulco y Manila como puertos de destino final del circuito transpacífico y enlaces directos de comunicación mundial para el entonces poderoso imperio español.

Fuente: México en el Tiempo # 25 julio / agosto 1998

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