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Quién como Dios (Guanajuato)

Los habitantes de La Labor, Guanajuato, desde hace más de 170 años festejan de manera singular a San Miguel Arcángel; las bandas de guerra resuenan, la caballería galopa y los ángeles lanzan flores de cempasúchil… La labor se convierte en una extensión del cielo.

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Desde mi punto de vista las guerras no son una vía agradable ni buena, ni siquiera fecunda, siempre dejan una decepción. ¿Pero qué pasaría si a una guerra le mezclamos la fe, el culto y la milicia? Sumados estos elementos nos darían como resultado una guerra con tintes divinos, semejante a las Cruzadas o a la guerra cristera; sin embargo, la que he de tratar aquí es una batalla en la cual se fusiona el mesianismo, la purificación y la renovación de los individuos.

Este enfrentamiento entre el pecado y la exaltación a través de la virtud se desarrolla en un pueblo ubicado a las orillas del Río de la Laja, cuyos habitantes tienen la creencia de que el estar dormido es como si uno estuviera muerto, porque se pierde el sentido de estar vivo, y porque los sueños son la vida del alma que se desplaza con rapidez a otros lugares. Este pueblo se llama La Labor y pertenece al municipio de San Felipe, Guanajuato. Ahí se elabora una artesanía muy especial, el barro bruñido.

Personas oriundas de esa tierra que han tenido que irse a vivir lejos, buscando mejor suerte, otras que han emigrado para dar sustento a sus familias, y muchas que no son del lugar, realizan un peregrinaje a la Capilla de los Indios que se encuentra en la plaza principal de La Labor, para rendirle culto a San Miguel Arcángel durante los días 28, 29 y 30 de septiembre. Cabe hacer mención que los distinguidos miembros de la Sociedad de Historia de San Felipe comentan que esta festividad fue una de las primeras que se instauraron en el municipio, y hoy tiene ya una antigüedad de más de 170 años. Sólo en dos ocasiones se ha suspendido porque la imagen se trasladó a la cabecera municipal, pero después la regresaron y la tradición continuó. Este acto aún perdura en la memoria de sus habitantes, ya que uno de ellos me hizo la siguiente apreciación: “Aquí le gustó, por más que se lo han querido llevar a San Felipe no han podido. Le digo que aquí le gustó y no se quiere ir”.

La fiesta grande tiene comienzo el día 28; entre puestos comerciales, entre comedores de carnitas, pollo y barbacoa, entre juegos mecánicos y de feria, el ambiente se llena de música marcial debido a que desde los cuatro puntos cardinales se escucha el retumbar de los tambores y el resonar de las trompetas de las bandas de guerra del Señor San Miguel; sus integrantes hacen su arribo formados en filas según sus grados o jerarquías. Estas bandas vienen de Dolores Hidalgo, San Miguel Allende, Monterrey, la ciudad de México y de otros lugares. También hace acto de presencia la caballería de este ser angelical, acompañada de su reina y su rey, así como una peregrinación de San Luis cuyos integrantes llegan en bicicletas.

Este día las bandas de guerra hacen una ceremonia que se conoce como “el encuentro”, la cual se inicia con el tronar de un cohete que lanzan los vigilantes de la capilla, anunciando la llegada de una banda de guerra. La banda local se alista y espera la orden del comandante para ir al encuentro de la banda visitante. Al estar frente a frente, los comandantes realizan el siguiente diálogo:

–¿A dónde va toda esta gente?

–Venimos a buscar un tesoro escondido.

–Ya no busquen más, ese tesoro se encuentra aquí.

Esta ceremonia es el símil de un encuentro de ángeles, porque hay que recordar que las bandas son del Arcángel San Miguel y su función es custodiar la imagen de su capitán y ayudar a enfrentar todo mal que se produzca en la Tierra, a semejanza de él, que lo hace tanto arriba como en el plano terrestre; además este enfrentamiento permite cerciorarse si estos visitantes son ángeles buenos y no una treta más de los ángeles caídos que intentan apoderarse del botín.

Cuando por fin se demuestra que los visitantes forman parte de las huestes del Arcángel San Miguel se les conduce hasta la capilla, donde está el cofre que guarda el gran tesoro. Ya dentro de ella se detienen frente al altar, y al presentarse ante su capitán, ese tesoro brillante les otorga a los integrantes de la banda un sentido a su fe, mostrándoles que sus fuerzas no han sido gastadas inútilmente.

Las peregrinaciones salen en silencio y dejan sus relicarios de madera y cristal, que en su interior encierran una imagen del santo. Con estos ángeles terrestres La Labor se consagra como parte del cielo.

Las bandas de guerra y la caballería no son los únicos que saben que ahí hay un tesoro. Lo saben de igual manera una infinidad de personas que se dan cita en ese lugar para rendir homenaje al “Güerito” (como también nombran a San Miguel Arcángel), siendo una minoría la que aprovecha para visitar a la familia, muchos otros arman en la plaza principal sus casas de campaña o improvisan toldos de plástico, mientras algunos más prefieren la cercanía del Señor San Miguel y se instalan en el atrio para pernoctar bajo la bóveda celeste. De tal manera todos estos individuos más las personas que faltan por llegar con su fe, al pisar ese pedazo de cielo adquieren la cualidad de ángeles de infantería que han sido esparcidos por toda la faz de la Tierra, dando con su visita muestra de su fe y su devoción, y buscando en esa imagen la renovación de la virtud perdida por los pecados.

Los que han recibido el apoyo de este ser alado, o quieren retornar a un origen de tranquilidad espiritual, suben hincados hasta el altar por una pequeña calzada de arena, pero como los ángeles se ven como iguales, ayudan a aminorar la carga colocando cartones o cobijas durante el recorrido; por otra parte, hay ángeles caídos que rechazan toda ayuda y llegan arrepentidos y buscando la redención, enseñando las rodillas raspadas y sangrantes como recuerdo de la caída.

En la noche la imagen es trasladada a una iglesia contigua que se encuentra en construcción. Se hace una misa acompañada de música marcial que interpretan las bandas de guerra, enfiladas en líneas paralelas con el fin de custodiar el pasillo, mientras la caballería hace guardia afuera de la iglesia. Después el Arcángel es investido por el general de la caballería, a quien acompañan el rey y la reina. Terminada la misa el capitán regresa a su lugar de origen. Durante toda la noche sus huestes de infantería cantan alabanzas y las bandas de guerra tocan afuera de la capilla.

La fiesta del 29 comienza desde la madrugada, cuando al apuntar el alba la tierra de la localidad se cimbra a consecuencia del estallido de un cohete enterrado, al que llaman “cámara”, y de algún lugar, una trompeta despierta a los ángeles, anunciando el nuevo día. Los devotos van a la capilla a cantarle Las Mañanitas al “Güerito”. A mediodía todas las bandas de guerra resuenan y se postran afuera de la iglesia, esperando la salida del capitán. Al salir éste, todas las bandas lo siguen, muchas personas se integran a ellas como infantería, y por último se une la caballería. Le dan una vuelta a la plaza y se dirigen a una cancha de futbol que se encuentra en la parte posterior derecha de la capilla.

Ya en la cancha se desata la locura de los sonidos marciales y de colores por las banderas; la cancha se llena de una gran cantidad de ángeles que le dan un toque maestro, ya que las hileras de las bandas de guerra y sus infanterías cubren toda la explanada. Caminan y hacen una estrella, serpentean de tal forma que construyen dos círculos concéntricos, teniendo como centro una plataforma techada donde sobre una mesa se encuentra la imagen de San Miguel Arcángel, la cual es acompañada por unos padres que observan con deleite el evento. Luego de hacer su recorrido la infantería, entra la caballería tocando sus trompetas, dan una vuelta y rodean el perímetro del campo.

Los curas ofician una misa con la poca luz del día nublado que nunca falla en esta fecha.

La caballería galopa alrededor del último círculo. Los ángeles lanzan entre ellos flores de cempasúchil, pues por ser seres divinos no pueden tener mejores armas que chispas de luz con las cuales purificar por completo las escorias de los pecados que aún cargan. Las bandas anuncian el fin de la “corrida” con una pausa de silencio.

La música marcial retorna, como el capitán a la capilla, y ahí se da por terminada la fiesta. Muchas personas y bandas regresan a sus hogares, pero antes pasan a despedirse del único príncipe de las huestes celestiales, le cantan su himno y se retiran esperando que hayan sido renovados con el fuego de la espada flamígera del Arcángel San Miguel.

Lo anterior se repite el 30 de septiembre. Es de advertir que en la festividad, cuando la misa no se alarga mucho, se hace una representación que conmemora la primera batalla de San Miguel Arcángel y su ejército contra los batallones de Lucifer. La representación nos muestra que aun con los cuidados de las bandas de guerra, en este cielo se infiltran ángeles caídos, que se conocen como ladrones, porque les roban al rey y a la reina un tesoro colgado del cuello de un burro, siendo estos reyes ni más ni menos que San José y la Virgen María, y ese tesoro dorado es el Niño Jesús antes de nacer. Los ladrones corren con la prenda por uno de los círculos y los ángeles de infantería apuntan sus armas en contra de los espías. Los ladrones buscan una salida que no encuentran, porque están rodeados por los ejércitos del Arcángel San Miguel, que los dirige desde el tablado. Al final los ladrones mueren y se recupera el gran tesoro.

La festividad, como hemos visto, tiene rasgos muy interesantes y distintos de otras, porque aquí no hay una unión del cielo y la Tierra, La Labor misma se convierte en una extensión del cielo, además de que se da en su esencia un aroma alquímico muy particular, pues adquiere trasmutaciones continuas y encierra un secreto que he tratado de desentrañar en este artículo, ya que los relicarios de madera y vidrio guardan en su interior la verdadera piedra filosofal, el verdadero regenerador de luz en forma de arcángel, tal y como creen sus custodios, que al morir esperan formar parte del ejército celestial a imagen y semejanza de su santo. Todo parte de la premisa de que si hemos sido creados a imagen de Dios y si los dioses son creados a imagen y semejanza de los hombres, entonces por qué no ha de fecundar nuestra propia imagen. A fin de cuentas… quién como Dios.

SI USTED VA A LA LABOR

Si viene de la ciudad de San Miguel de Allende, tome la carretera federal núm. 51 rumbo a Dolores Hidalgo, siga por la misma carretera hasta la desviación con La Quemada, dé vuelta a la derecha y llegará a La Labor. Si parte de la ciudad de Guanajuato sobre la carretera federal núm. 110 desvíese en Dolores Hidalgo a la carretera núm. 51, dé vuelta hacia La Quemada y más adelante encontrará La Labor.

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