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Ramón López Velarde. Poeta de su tiempo.

Pocos paralelos a Ramón López Velarde pueden encontrarse en la historia de nuestra literatura, no sólo por su genio y la calidad de su lenguaje, sino porque a él se debe, en mucho, el cierre del modernismo y la fundación de nuestra poesía contemporánea. Fue un hombre de su tiempo, que recibió numerosas influencias literarias asumidas y no.

28-07-2010, 12:13:21 PM
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Pocos paralelos a Ramón López Velarde pueden encontrarse en la historia de nuestra literatura, no sólo por su genio y la calidad de su lenguaje, sino porque a él se debe, en mucho, el cierre del modernismo y la fundación de nuestra poesía contemporánea. Fue un hombre de su tiempo, que recibió numerosas influencias literarias asumidas y no.

Nacido en Jerez de la Frontera, Zacatecas, en el mismo año en que Rubén Darío publicó su revista Azul, López Velarde empezó a escribir cuando ingresó en el Seminario Conciliar de Zacatecas en el año de 1900. Después fue a estudiar al Seminario de Santa María de Guadalupe en Aguascalientes y posteriormente al Instituto de Ciencias de la misma ciudad. En 1908 ingresó al Instituto de Científico y Literario de San Luis Potosí y colaboró en periódicos y revistas de provincia. Aunque conoció a Francisco I. Madero en 1910 y le simpatizó el movimiento revolucionario, no fue seguidor de esta causa.

En 1911 recibió el título de abogado y ejerció su profesión como juez en El Venado, San Luis Potosí, en 1912 va a la Ciudad de México y al año siguiente vuelve a San Luis Potosí. Inconforme con su suerte o, tal vez impedido por la tormenta revolucionaria, se traslada definitivamente a la capital en 1914. En periódicos y revistas de la Ciudad de México publica con regularidad ensayos, poemas, periodismo político, ensayos breves y crónicas, y aquí, como diría José Luis Martínez, “cumple el destino oscuro de los pretendientes sin título en la corte”: ocupa modestos puestos burocráticos y docentes, entabla rápidas y efusivas amistades entre el mundillo periodístico y bohemio y se inicia con arrojo, pero también con timidez y freno religioso al erotismo al que puede acceder.

En 1916 aparece su primer libro, editado por Revista de Revistas, consagrado “a los espíritus de Gutiérrez Nájera y Othón”. Se titula La Sangre devota y título y contenido, delatan su nostalgia por la provincia, el fervor de su pureza y la figura de la musa de sus primeros versos, la mítica Fuensanta. Este amor primero, se llamó en realidad Josefa de los Ríos, era también oriunda de Jerez, ocho años mayor que el poeta, murió en 1917 y seguramente no tuvo una relación, más que platónica, con el joven López Velarde. En 1916 inició una relación sentimental con Margarita Quijano, maestra culta y hermosa, diez años mayor que él y que fue breve, ya que ella la terminó por “mandato divino”.

En su segundo libro, Zozobra, de 1919 pueden advertirse ya las marcas, las “flores de pecado”, como el las llama, resultantes de haber vivido en la ciudad. En ese momento tiene 31 años y continúa soltero. En este año, un amigo de la escuela de Leyes de San Luis Potosí, Manuel Aguirre Berlanga, secretario de Gobernación lo lleva a trabajar a su lado. En mayo del año siguiente, 1920, la rebelión obregonista hace huir al gobierno y el presidente Carranza es asesinado en Tlaxacalaltongo el 21 de mayo. El poeta pierde su trabajo y decide no colaborar más con el gobierno, sin embargo, en 1921, cerca del aniversario de la Independencia, escribe uno de sus trabajos más conocidos: La suave patria.

Este fracaso, aunado a lo que él sobrellevó también como un fracaso sentimental, acabaron con su ánimo: un año más tarde, en 1921, muere en la madrugada del 19 de junio asfixiado por la neumonía y la pleuresía, en una casa de apartamentos de la Avenida Alvaro Obregón, entonces Avenida Jalisco. Lo habían matado, dice José Luis Martínez, “dos de esas fuerzas malignas de las ciudades que tanto temiera: el vaticinio de una gitana que le anunció la muerte por asfixia y un paseo nocturno, después del teatro y la cena, en que pretendió oponerse al frío del valle, sin abrigo, porque quería seguir hablando de Montaigne”.

Las poesías que dejó a su muerte fueron reunidas en el libro Son del corazón y su prosa, que incluye comentarios líricos, retratos literarios, críticas, recuerdos de provincia, temas del momento, etc. fueron reunidos Enrique Fernández Ledesma en El minutero.

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