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Río La Venta (Chiapas)

El estado de Chiapas presenta infinidad de posibilidades para los exploradores: cañadas, ríos tumultuosos, cascadas y los misterios de la selva. Desde hace algunos años, la compañía que poseo ha llevado a cabo descensos por los más caudalosos y ocultos ríos de este estado y ha abierto rutas para un público que , a pesar de ser novato, está ansioso de apreciar las bellezas naturales.

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Después de haber examinado algunas fotos aéreas de la zona y pensarlo un tiempo, decidí juntar un grupo de estudio para descender por el río La Venta, cuyo lecho corre por un cañón de cerca de 80 km de largo que atraviesa la reserva natural El Ocote. Esta grieta tiene un desnivel que va desde los 620m hasta los 170m snm; sus paredes alcanzan hasta 400m de altura y el ancho del cauce del río que corre por su fondo fluctúa entre 50 y 100m, hasta 6m en las partes más estrechas.

Por fin, el grupo quedó integrado por Maurizio Ballabio, Mario Colombo y Giann Maria Annoni, expertos montañistas; Pier Luigi Cammarano, biólogo; Néstor Bailleza y Ernesto López, espeleólogos, y por mí que cuento con experiencia en descenso de ríos y en la selva.

Llevábamos una balsa ligera y chiquita y una canoa inflable, mucho equipo técnico que hacía más pesadas las mochilas y comida suficiente para siete días.

El terreno en la parte alta del cañón es árido. Bajamos en fila india por una larga escalera que nos llevó al lugar de embarque, al fondo de la enorme grieta. El río no llevaba mucha agua, por lo que los primeros dos días tuvimos que bajar arrastrando la canoa pero, a pesar del enorme esfuerzo, todos disfrutamos cada momento de este fascinante recorrido.

El espíritu de grupo era alto y todo parecía funcionar muy bien; Luigi de repente se alejaba para recoger muestras de plantas e insectos, mientras Mario, miedoso de las víboras, brincaba de una piedra a otra chiflando y golpeando a su alrededor con un bastón. Por turnos, todos jalábamos y empujábamos la canoa cargada con el equipaje.

El paisaje del cañón es majestuoso, el agua se filtra a través de las paredes creando fantástica estalactitas de caprichosos diseños y formaciones calcáreas conocidas como árboles de Navidad, y aunque parezca increíble los cactus encuentran la forma de vivir en las rocosas paredes verticales y crecen paralelos a ellas. De pronto, empezamos a ver unas cuevas situadas en la pared derecha del cañón, pero estaban un poco altas y consideramos que no tenía caso acercarse a ellas porque la verticalidad de la pared no nos permitía subir con el equipo que llevábamos. Preferimos tener paciencia y tomar una “ducha de presión” bajo el Chorro de Leche, un salto de 30m, de espuma blanca que cae por una pared lisa y de color anaranjado, y resbala suavemente sobre las piedras.

Por fin, un poco más adelante, llegamos a la primera cueva que íbamos a explorar y una vez preparados nos metimos a ella.

Las bóvedas de piedra blanca reflejaban las primeras luces; los pasos del espeleólogo se escuchaban sordos en la primera parte de la gruta y a medida que nos adentrábamos los espacios cambiaban rápidamente de tamaño. No faltaron los murciélagos, habitantes usuales de estos lugares, donde el resto de contagiarse de toxoplasmosis es alto debido a la fermentación de su excremento.

Se necesitarían años para explorar completamente todas las cuevas. Muchas se ramifican; caminar por ellas es difícil y el transporte del equipaje es pesado. Intentamos penetrarlas lo más posible, pero pronto nos encontramos ramas y troncos, quizá resultado de las crecidas del río o de corrientes subterráneas que nos obstruían el camino. No se realmente cual sea el motivo, pero lo cierto es que a una altura de 30 m se encuentran con frecuencia troncos atorados en las grietas de la pared del cañón.

Al tercer día de viaje tuvimos el primer accidente: el cauce del río estaba cerrado por un pequeño derrumbe, y en un rápido la canoa se volteó y todo el equipaje empezó a flotar. Rápidamente brincando de una piedra a otra, recuperamos todo. Algo se mojó, pero gracias a las bolsas impermeables todo se recupero y el susto no paso de eso.

Cuando navegábamos entre un rápido y otro, una gran pared de más de 300 m de altura, a nuestra derecha, atrajo nuestra atención, a unos 30 m de altura se distinguía una terraza con una estructura hecha por la mano del hombre. Intrigados, escalamos la pared aprovechando las grietas y los escalones naturales pronto llegamos a un altar prehispánico decorado con figuras que todavía conservan la pintura roja. Sobre el piso encontramos varios pedazos de antiguas vasijas decoradas, y en las paredes todavía se pueden aprecia r vestigios de pinturas. Esta estructura, desde la cual se domina una larga curva del río, parece ser un sitio de la cultura maya preclásica.

El hallazgo nos planteó una gran duda: ¿Por donde legaban por el río, lo más probable es que vinieran del altiplano que estaba sobre nuestras cabezas, donde probablemente exista un antiguo centro ceremonial todavía desconocido. El lugar y sus entornos son mágicos.

En su tramo central, la cañada empieza a cerrarse hasta llegar apenas a los 6 m de ancho. Las ramas y los trocos que observábamos más arriba del lecho son muestra inequívoca de que en temporada de lluvias este río viene sumamente crecido y arrastra lo que encuentra a su paso.

La naturaleza premió nuestro esfuerzo con un pasaje forzado bajo una cascada que cubre todo lo que es el lecho del río y obstruye el paso como una cortina blanca que parece dividir dos mundos. Estábamos en el corazón húmedo y oscuro del cañón. A la sombra, el viento nos hacía temblar un poquito y la vegetación ahora de selva tropical, nos deleitaba con varias especies de helechos, palmas y orquídeas. Además, dando un toque más de alegría a nuestra expedición, miles de pericos nos acompañaban con su estruendosa cháchara.

Durante la noche de ese tercer día el croar de los sapos nos indicaba nuestra posición, ya que las curva eran infinitas y cerradas. Según nuestro cálculo estaba el día siguiente era inflar la balsa, ya que como el nivel del caudal estaba subiendo tendríamos que utilizar los remos. La noche era oscura y las estrellas brillaban en todo su esplendor.

Durante la mañana del quinto día, la canoa navegaba delante de nosotros marcando el camino y yo desde la balsa filmaba todo lo que encontraba en el trayecto. De repente me di cuenta de que el río se dirigía hacia una pared oscura y sin vegetación. De la canoa os gritaron que estábamos entrando a un túnel. Las paredes se cerraron hasta tocarse. Mudos de asombro observamos cómo el cañón se convertía en una gigantesca gruta. El agua corría lenta y esto nos permitió filmar con calma. De vez en cuando aparecían agujeros en el techo que nos proporcionaban suficiente luz natural. La altura del techo en este lugar es de aproximadamente 100m y de él caen estalactitas que varían de color según la humedad y el color del fondo (gris claro). La gruta seguía describiendo una curva a la derecha. Por unos segundos, la luminosidad disminuyó y a la luz de las lámparas surgió una piedra en forma de altar gótico. Por fin, después de unos minutos, divisamos la salida. Una vez fuera, nos detuvimos en una playita de arena fina para gozar un rato más de esta maravilla de la naturaleza.

El altímetro nos señalaba que estábamos a 450 m snm, y como el lago de Malpaso se encuentra a 170, esto significaba que todavía debíamos bajar mucho, pero no sabíamos cuándo y dónde nos enfrentaríamos a dicho desnivel.

Volvimos a la navegación, y no habíamos recorrido más de 100 m cuando el fuerte estruendo de un rápido despertó nuestra atención. El agua desapareció entre unas rocas gigantescas. Mauricio, él más alto, se subió a una de ellas para observar. Era un derrumbe, no se veía el final y el desnivel era pronunciado. El agua formaba cascadas y borbotones. Aunque ya se aproximaba la tarde, decidimos salvar la barrera, para lo cual preparamos cuerdas y mosquetones por si teníamos necesidad de usarlos.

Cada quien llevaba una mochila y las balsas desinfladas en las espaldas nos pesaban bastante. El sudor nos escurría por la cara mientras buscábamos el camino mas seguro para llegar al final. Tuvimos que ser muy cautos al subir y bajar por las piedras resbalosas para no caer al agua. En un momento dado, tuve que pasarle mi mochila a Ernesto para dar un salto de 2 m. Un movimiento en falso y una fractura causarían retrasos y problemas al grupo.

Casi al oscurecer, llegamos al final del desnivel. El cañón seguía siendo angosto, y como no había espacio para acampar, inflamos las balsas rápidamente para ir en busca de un lugar apropiado para descansar. Poco después, preparábamos el campamento a la luz de nuestras lámparas.

Durante nuestro merecido descanso, llenamos de información y comentarios interesantes nuestro diario de expedición. Nos sobrecogía el espectáculo que aún teníamos ante nosotros. Aquellas enormes paredes nos hacían sentir muy chiquitos, insignificantes y aislado del mundo. Pero en la noche, en una playita de arena, entre las estrechas curvas del río, bajo la luna que se reflejaba en las paredes plateadas de la cañada y frente a una fogata, se podía oír el eco de nuestras risas mientras saboreábamos un rico plato de spaghetti.

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