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Descubriendo México en bicicleta: Paseo entre playas inigualables

Acompáñanos en nuestro viaje en bicicleta por México y descubre con nosotros un pueblo mexicano con un toque francés, una misión con una vista inmejorable y una bahía llena de playas vírgenes en Baja California Sur.

10-08-2016, 8:12:00 AM
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Embajadores de México desconocido ¡en bicicleta! #mexicoendosllantas

Existen rutas en bicicleta que son simplemente memorables. Una de ellas es esta, la ruta que va de Santa Rosalía a la última playa de la Bahía Concepción en la Baja California Sur.

La ruta comprende 122 kilómetros de historia, playa y belleza que nunca se elevan a más de 140 metros sobre el nivel del mar. La ruta es propicia para cualquier persona que desee realizar su primer viaje en bicicleta. 

Este tramo de nuestra ruta comenzó en el pueblo mágico de Santa Rosalía. Un poblado que tuvo su auge a finales del siglo XIX gracias a un importante yacimiento de cobre que se descubrió. La empresa francesa El Boleo fue la que se encargó de explotar la mina abusando de la mano de obra barata de los mexicanos que vivían en la zona.

 Roberto Gallegos

Santa Rosalía llegó a ser tan rica en aquellos años que fue la segunda ciudad en todo el país – tan sólo por detrás de la Ciudad de México – en contar con energía eléctrica para iluminar sus calles. 

Antiguamente el pueblo se dividía en dos: La Colonia Mesa de Francia donde se ubicaban las oficinas administrativas y vivían los trabajadores de alto mando – casi todos franceses – y lo que hoy en día es el centro histórico sitio en el que anteriormente vivían los trabajadores de la mina. Hoy en día, tanto la mina, como la antigua oficina administrativa de la compañía El Boleo son museos que se pueden visitar.

Uno de los placeres que tuvimos fue pedalear por las calles de su centro histórico. A cada metro descubrimos casas, edificios y esquinas donde el tiempo parecía haberse detenido. Me sentía como en el viejo oeste, más aún cuando pasamos por los edificios más emblemáticos de la ciudad.

El que más llamó nuestra atención fue el edificio de la panadería El Boleo que todas las mañanas invade las calles con el aroma de pan recién hecho, el cual se sigue horneando con las antiguas técnicas francesas del pasado. El pan es delicioso y a un muy buen precio.

 Roberto Gallegos

Entre las otras joyas arquitectónicas del pueblo mágico que más me impactaron, fueron las del Palacio Municipal y la Iglesia de Santa Barbará, diseñada por el renombrado ingeniero francés Gustave Eiffel.

Santa Rosalía me tomó por sorpresa. Jesús Bastida, el director de cultura del municipio, nos recomendó regresar cuando estén las fiestas del pueblo y conocer más a fondo el otro orgullo del lugar, el legado importante de los Yoreme Yaqui el pueblo indígena de la región que habitaban aquí hace 126 años.

Como siempre el tiempo de explorar el lugar nunca fue suficiente y tuvimos que seguir pedaleando. El dolor de dejar Santa Rosalía nos duró unos cuantos kilómetros ya que llegamos a Mulegé: hogar de la tercera misión más vieja de la península.

Nos costó un poco de trabajo pero finalmente subimos en bici hacía la misión de Santa Rosalía de Mulegé, fundada por el padre jesuita Juan Basaldúa. Al llegar dejamos las bicis en el piso y subimos las escaleras hacia el mirador. Vimos con admiración el paisaje que creaba el agua proveniente de río Mulegé, nuevamente invadiendo el desierto de palmeras de dátil y árboles frutales.

Celebrando en las playas más hermosas del país

Montados sobre nuestras bicicletas seguimos un camino cómodo hacia el estero que desemboca en el Mar de Cortés. En momentos parecía que estábamos en un país con un clima tropical. La bicicleta nos llevó hasta el faro el cuál subimos para tener una inmejorable vista del lugar.  Nos quedamos un rato arriba del faro comiendo mango y disfrutando de la vista.

Dos días después seguimos nuestro camino. Los locales ya nos habían advertido, íbamos a pedalear por varias de las playas más hermosas del país. Creo que nunca se logra una verdadera justicia cuando se recomiendo un lugar para visitar. Lo comprobé justo aquí. La gran mayoría de las veces la experiencia es mucho más enriquecedora de lo que la gente puede platicar.

 Roberto Gallegos

Empezamos el día temprano, como eso de las 8 de la mañana. El desierto como siempre se veía glamuroso con ese resplandor dorado que se caracteriza por la mañana. A los 23 kilómetros de pedalear vimos nuestra primera playa, llamada Santispak.

Parecía una alberca virgen, desolada, bella y refrescante, Annika no la pensó dos veces y así como venía vestida se hecho al mar. Yo le seguí y como niños nos echábamos agua a manera de celebración de que habíamos logrado llegar tan lejos en bicicleta. Repetimos el ritual en cada playa que parábamos en la soberbia y hermosa Bahía Concepción.

Cada par de kilómetros había una nueva playa, todas con nombres como El Coyote que gritaban “¡visitanos ya!” Se acercaba el mediodía y teníamos la difícil tarea de elegir entre una de esta playas para pasar la tarde y evitar el castigo del sol de mediodía. El Burro fue la elegida.

Al entrar hay una señal que decía “No tienes que limpiar la playa, tan sólo ayúdanos a mantenerla limpia”. Sabias palabras que se podría aplicar a la gran mayoría del territorio de nuestro bello país.

Sobre la playa El Burro se ubicaban casas, todas ellas con paneles solares. Sin embargo la playa era de dominio público, de hecho muchos de los dueños de estas casas le prestaban a los visitantes sus kayaks y su equipo de deporte acuático de manera gratuita .

Nosotros nos ubicamos bajo el techo de una de estas casas, que al parecer estaba deshabitada. Nuestros vecinos nos obsequiaron un par de cervezas y nos compartieron del ceviche que trajeron. Playa, mar, música, ceviche y cerveza, ¿qué más se le podía pedir a la vida verdad?

 Roberto Gallegos

A eso de las tres de la tarde nos mudamos a otra playa. Todas contaban con palapas públicas que protegían del sol y el viento.  Si no había espacio había buena disposición de la gente a compartirlas. 

Se acercaba la tarde-noche y con ella nuestra oportunidad de acampar y dormir en una de ellas. Elegimos la Playa el Requesón, una pequeña bahía que cuando la marea bajaba desenmascaraba un camino que te llevaba a una isla ubicada del otro lado de la playa.

La suerte estaba con nosotros y logramos apartar lo que para nosotros era la mejor palapa de la playa. Pusimos nuestra casa de acampar y disfrutamos lo más que pudimos de las últimas horas de sol en el mar. Entre los espectáculos más hermosos que me toco ver ahí fueron a los pelicanos pescar. Sobrevolaban el agua y así, inadvertidamente se clavaban al agua para tomar su presa, simplemente espectacular.

La noche llegó y con ella la estrellas. A eso de las dos de la mañana Annika y yo nos levantamos para poder apreciar el cielo claro de la Baja California Sur. La vía láctea estaba ahí en su máximo esplendor. No recuerdo haberla visto tan clara desde Nueva Zelanda. Media hora después nos regresamos a dormir.

Dormimos muy a gusto después de un día de comer, pedalear, nadar y repetir ese ritual varias veces. Días como estos me hacen reflexionar sobre la magia que la bicicleta me ha obsequiado durante todos estos 5 años. Una actividad que deseo que mucho de ustedes tengan la oportunidad de hacer. Y que mejor que empezar en nuestro propio país, dotado de bellezas naturalez que sobre pasaban nuestra imaginación. 

 

Te lo contamos en video

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