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Ruta de los petroglifos de Coahuila. Crónica del desierto

El sol poniente enfatiza los tonos rojizos de la sierra La Pinta a nuestra llegada Vista panorámica del ejido de El Pelillal, municipio de Ramos Arizpe., Coahuila.

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Gigantescas masas pétreas veteadas de escarlata superponen su forma piramidal a una cadena montañosa que se asemeja al espinazo de un reptil antediluviano. A sus pies se extiende la llanura polvorienta, salpicada de rocas y erizada de cactus. En esta tierra yerma bañada por una luz cegadora y calcinante, donde la devastación sólo es mitigada por plantas de aspecto hostil y donde la soledad no puede medirse, el hombre aprendió a sobrevivir hace diez mil años. Bordeando un roquedal nosotros buscamos hoy sus huellas. 

El sol poniente enfatiza los tonos rojizos de la sierra La Pinta a nuestra llegada al ejido de El Pelillal, municipio de Ramos Arizpe, Coahuila. Gigantescas masas pétreas veteadas de escarlata superponen su forma piramidal a una cadena montañosa que se asemeja al espinazo de un reptil antediluviano. A sus pies se extiende la llanura polvorienta, salpicada de rocas y erizada de cactus. En esta tierra yerma bañada por una luz cegadora y calcinante, donde la devastación sólo es mitigada por plantas de aspecto hostil y donde la soledad no puede medirse, el hombre aprendió a sobrevivir hace diez mil años. Bordeando un roquedal nosotros buscamos hoy sus huellas. Un promontorio se alza a la orilla de una charca en la que beben los caballos. Sobre su pared de arenisca aparecen los primeros petroglifos. La piedra de color óxido sirve de lienzo para extraños dibujos que desafían nuestra capacidad interpretativa.

Algunos permiten cierta identificación al ser de carácter naturalista y representar la figura humana -masculina en casi todos los casos-, o bien las manos y los pies. Entre los animales el venado es muy común y vemos dibujado tanto el ciervo completo como sólo la cabeza astada. Además de motivos antropomorfos y zoomorfos, podemos encontrar otros de tipo fitomorfo, es decir, de inspiración vegetal, si bien no son tan comunes. Con mayor frecuencia, al explorar la roca desgajada los ojos hallan trazos incomprensibles.

Estos petroglifos abstractos podrían definirse, desde nuestra perspectiva actual, como figuras geométricas. Otros, los llamados poligonales, no se parecen a nada conocido y llenan nuestra mente de confusión o de fantasía. Poco tardamos en sucumbir a la tentación de intentar descifrarlos por métodos intuitivos. Desde su respetable subjetividad uno de mis com. pañeros está viendo una nave espacial. Nos acercamos a observar la piedra del singular grabado sin que a nadie se le ocurra una interpretación más atinada. En cualquier caso ya está demasiado oscuro; los últimos rayos del sol inflaman la sierra La Pinta y el paisaje del desierto se muestra ahora en plena grandeza. Regresamos al ejido.

 Durante la noche amenizada por el aullido de los coyotes repaso mis notas acerca de los antiguos pobladores de la llamada América Árida. En la extensa zona que abarca gran parte del norte de México y del sur de Estados Unidos todo lo domina el desierto. La existencia de los primeros grupos humanos con valor suficiente para habitarlo estuvo siempre determinada por un medio en extremo agreste. Lograr sobrevivir era una tarea tan dura que les ocupaba la mayor parte de su tiempo y esfuerzo. Lo exiguo de los recursos no permitía la agrupación de muchos individuos en un mismo territorio. Por ello vagaban dispersos, reunidos en tribus nómadas, sin posibilidad de organizarse políticamente ni de crear sociedades que favorecieran los avances técnicos o las manifestaciones artísticas. En consecuencia la cultura apenas evolucionó en cien siglos.  Los cazadores y recolectores supieron cómo desentrañar los secretos del desierto y aprovechar lo poco que les brindaba. Cubrían su cuerpo con pieles de animales. Usaban el peyote para combatir la fatiga y el hambre.

De la yuca y la lechuguilla extraían fibras textiles, y de otras plantas tintes, pegamentos y bebidas embriagantes. Con las semillas y las conchas marinas elaboraban abalorios. En la región lagunera, al suroeste de Coahuila, las cuelas se destinaban a enterramientos. Los muertos, envueltos en mantas, iniciaban su viaje hacia el más allá gracias a los objetos ceremoniales que les rodeaban: astas de venado, arcos, huaraches… Con el nuevo día abandonamos El Pelillal para dirigirnos a Paredón y San Felipe, ambos en Ramos Arizpe, cuyo territorio atesora algunos de los murales de petroglifos más interesantes de la entidad.

Llegados a Paredón iniciamos el camino que va a La Azufrosa, y traspasadas las cárcavas que forma el cauce de un río seco, nos encontramos frente a un grupo de cerros. Como suele ser común, aquellos de menor elevación –con una altura que no supera los 30 m– son los que poseen yacimientos. Las figuras de aquí sólo nos recuerdan ocasionalmente a las vistas ayer. Aparecen con insistencia obsesiva triángulos y rectángulos, espirales, tramas le líneas que se cruzan imposibles de describir. Y en medio de ello el dibujo inequívoco de una gallina. Las piedras hablan, pero ¿qué quieren comunicarnos? Diferenciar entre los tipos de petroglifos, su uso, el tiempo en que fueron ejecutados y por quién, constituyen los propósitos del trabajo de los arqueólogos.

Sin embargo aún necesitan más datos para una correcta interpretación. Junto a grabados que expresan pensamientos metafísicos hay otros de finalidad práctica, como indicar que en el área abunda la caza o la existencia de agua, casi siempre próxima a las “piedras pintadas”. En general podernos entender estas manifestaciones dentro de un contexto cotidiano ordinario, en que la comunidad al atravesar problemas de subsistencia y por mediación de individuos con atributos para el ritual mágico, acudían al mundo sobrenatural en busca de soluciones. Seguramente en el abrigo rocoso que domina una barranca a las afueras del ejido de San Felipe los rituales fueron distintos, pero las dificultades las mismas a lo largo de la historia. Además de petroglifos, algunos muy deteriorados por la erosión, hallamos dientes de sierra, soles, tortugas y muchas cabezas de venado.

Todo dibujado en tinta roja. Los primeros posiblemente cuenten miles de años de antigüedad; los últimos se atribuyen a apaches y mescaleros que incursionaron por la zona durante el siglo pasado. Curiosamente las figuras de pinturas y petroglifos pueden llegar a ser muy similares. Considerando las numerosas culturas que han deambulado por el sur de Texas y Nuevo México, y el noreste y norte-centro de nuestro país -coahuiltecas, xiximes, irritilas…-, resulta complicado precisar qué grupos realizaron los grabados y cuándo. Y puesto que a los minerales no es posible aplicarles el método del carbono 14, para obtener la cronología absoluta los arqueólogos recurren a los restos de fogatas en los quiebres de la roca o al estudio de la técnica de los glifos, que varía ligeramente. El córtex de la piedra se puntea, y este punteado cambia según el grupo humano que lo realizó. Otra particularidad es la abrasión por medio de un raspado con arena, el cual aporta un mejor acabado en forma y textura. La aproximación al problema es, por tanto, relativa, y deja claves por develar. Javier Vargas, estudioso de los petroglifos, mueve la cabeza con desaprobación. La expresión de su cara denota una mezcla de coraje y tristeza.

En torno, el mezquite reina sobre una llanura de arena blanca que hasta no hace mucho tiempo sirviera de fondo para las aguas de la laguna. Un sol de justicia se multiplica en las aristas pétreas de los montículos que acaparan nuestra atención y nos provocan disgusto. Esta mañana salimos de Torreón hacia el municipio de San Pedro de las Colonias. En las inmediaciones de la hacienda de Mayrán alcanzamos el objetivo: los cerritos de Cleto. Desgraciadamente poco queda de su riqueza arqueológica. Los cantos que han sido derribados hasta la base delatan la expoliación. Javier Vargas recuerda cuando hace más de un año sorprendió en el lugar a varias camionetas y a gente armada. Inspeccionando los cerros vemos los hoyos donde hubo piedras y también otras muestras de vandalismo: grafitis y grabados de reciente factura y dudoso gusto. 

La región lagunera es de las las zonas arqueológicas mexicanas más saqueadas. No sólo por ladrones organizados sino incluso por excursionistas bien intencionados. En muchos casos no se dan cuenta del perjuicio que ocasionan al coleccionar las ofrendas de las cuevas o los fragmentos de petroglifos. Elinah de Coahuila, con sedes en Saltillo y Torreón, está llevando a cabo un registro de los sitios arqueológicos y una campaña para concientizar a las comunidades del estado, principalmente a los ejidatarios, quienes están en contacto próximo con los yacimientos. Ojalá prospere.

Puesto que no es posible ponerle puertas al campo, está en la responsabilidad de todos proteger el acervo cultural de la nación. En San Rafael de los Milagros, adonde me ha traído el profesor Vargas, se hace más fuerte tal deseo. Con un eje este-oeste perfecto los cerros por los que subimos sirvieron con gran probabilidad de observatorio astronómico. Sus piedras de arenisca despliegan en múltiples dibujos un mensaje dejado por los hombres que habitaron esta tierra antes que nosotros. Pocos metros más abajo, por la carretera que conduce a Parras de la Fuente, el motor de un trailer ruge, en metáfora perfecta de un futuro amenazador.

RECOMENDACIONES

Al llegar a los ejidos de s referencia pidamos a alguno de los vecinos que nos guíe para encontrar los petroglifos con mayor facilidad, y evitar perdernos. Conviene llevar agua para protegernos de la deshidratación. Cuidado al caminar entre piedras: pueden ser nido de serpientes y alacranes. No hay, que remover ningún petroglifo: su ubicación no suele ser casual; cada uno está relacionado con los qué le rodean. Al interrumpir la secuencia que forma se entorpece la labor, de los arqueólogos.  Fuente: México desconocido No. 269 / julio 1999

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