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San Felipe. Espectáculo de luz y silencio (Yucatán)

Era agosto, en la segunda mitad del verano. En esta época del año, el espectáculo que a continuación voy a referir ocurre todos los días alrededor de las 19:00 horas.

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Todo empieza al irse suavizando la luz. El calor disminuye. Los espectadores alzamos la vista al cielo preparándonos para disfrutar uno de los atardeceres más bellos que se puedan contemplar en el planeta: al descender por el horizonte, el sol tiñe paulatinamente los planos de nubes que se extienden en la bóveda celeste con tonalidades que van del rosa pálido al púrpura intenso; del amarillo suave al naranja casi rojo. Durante más de una hora quienes estábamos en el mirador del hotel disparamos nuestras cámaras fotográficas para llevarnos a casa esta maravilla y atesorarla.

El hotel mencionado es, por el momento, el único en San Felipe, pequeño puerto de pescadores situado en un estero al norte de la península de Yucatán.

La pesca es la base de la economía de sus 2 100 habitantes. Desde hace tres décadas esta actividad está regulada y los pescadores respetan las vedas y no capturan en áreas de reproducción y en lugares donde se refugian animales jóvenes.

A pesar de la intensa explotación, el mar es generoso; en cuanto inicia la veda de langosta, por ejemplo, entra la captura de pulpo. Por otro lado, la pesca de escama se practica todo el año. Toneladas de estos productos se almacenan en los fríos cuartos de la cooperativa para ser trasladados a los centros de distribución. Por cierto, la pesca del pulpo es curiosa: en cada lancha se colocan dos lanzas de bambú llamadas jimbas, a las que se amarran a modo de carnada sendos cangrejos moros, vivos. La lancha los arrastra por el fondo marino y cuando el pulpo detecta al crustáceo sale de su escondrijo para darse un festín. Se enrosca sobre su presa y en ese momento hace vibrar a la sensible jimba, entonces el pescador levanta el sedal y libera al cangrejo de su apresador colocándolo en su cesta. A menudo un solo cangrejo vivo sirve para atrapar hasta seis pulpos.

La gente de San Felipe es cálida y amable, como toda la de la península. Construyen sus casas con maderas de bojóm, chacté, zapote, jabín, etcétera, pintadas de vistosos colores. Hace unos 20 años, las casas se hacían con madera de cedro y caoba, embellecidas sólo con barniz que resaltaba la hermosa veta. Lamentablemente, de estas construcciones quedan muy pocos vestigios, pues el huracán Gilberto que azotó San Felipe el 14 de septiembre de 1988, literalmente barrió con el puerto. El valor y la determinación de sus pobladores hizo que San Felipe renaciera.

Actualmente, la vida en San Felipe discurre con tranquilidad. Los jóvenes se reúnen a tomar nieve en el malecón después de la misa del domingo, mientras que los mayores se sientan a charlar y mirar a los pocos turistas que visitan el lugar. Esta tranquilidad, sin embargo, se convierte en jolgorio al llegar las fiestas patronales en honor a San Felipe de Jesús y a Santo Domingo, del 1 al 5 de febrero, y del 1 al 8 de agosto, respectivamente.

La fiesta inicia con la “alborada” o “vaquería”, que es un baile con banda en el palacio municipal; las mujeres asisten con sus ternos de mestiza, ricamente bordados y las acompañan los hombres vistiendo pantalón y “guayabana” blancos. En esta ocasión se corona a la joven que será por ocho días la reina de la fiesta.

Los días siguientes se organizan los “gremios”, después de una misa en honor del santo patrono, y con banda salen en procesión por las calles del pueblo, desde la iglesia hasta la casa de uno de los participantes donde se ha construido un tinglado con techo de lámina de zinc. Entonces se departe, se come y se bebe cerveza. Los gremios participan en el siguiente orden: alborada, niños y niñas, señoras y señoritas, pescadores y, al final, ganaderos.

Por la tarde hay corridas de toros y “charlotadas” (payasos toreando vaquillas), todo animado por la banda municipal. Al final del día la gente se reúne en una carpa con luz y sonido donde se baila y se bebe. La noche de la clausura el baile es animado por un conjunto.

Debido a que se ubica en un estero delimitado por islas de manglar, San Felipe no tiene propiamente playa; sin embargo, la salida al mar Caribe es rápida y fácil. En el muelle hay lanchas con motor destinadas a los visitantes, que en menos de cinco minutos atraviesan los 1 800 m de ría que se abre al mar turquesa, a sus blancas arenas y a su belleza sin fin. Es la hora de disfrutar del sol y del agua. La lancha nos acerca al mayor de una serie de islotes, cuya arena es blanca y suave, fina como talco. Un corto paseo por la orilla nos lleva a las lagunas salobres en los bajos entre isla e isla, medio ocultas por la vegetación. Ahí nos topamos con un verdadero despliegue de fauna silvestre: agachadizas, gaviotas, garzas y garzones chapoteando en el limo en busca de cangrejillos o “cacerolitas”, pequeños peces y moluscos. De pronto, surge ante nuestros fascinados ojos una sorpresa: una bandada de flamencos se acerca volando, planean suavemente y se posan graznando en un revuelo de plumas rosadas, picos curvos y largas patas sobre las quietas aguas. Estas maravillosas aves tienen aquí su hábitat, y en el bajo fondo limoso que rodea a los islotes se alimentan y reproducen, salpicando con su espléndido color rosado el hermoso turquesa del agua, enmarcados por el verde vibrante del bosque bajo del manglar.

Visitar San Felipe es un regalo para la vista, saturarse del aire limpio, del silencio y de las aguas transparentes; deleitarse el gusto con langosta, caracol, pulpo… Dejarse acariciar por el intenso sol y sentirse bienvenido por su gente. Cualquiera vuelve a casa renovado después de haber estado en un sitio así, en contacto con este mundo prácticamente virgen… ¿No habrá muchos que desearían quedarse para siempre?

Fuente: México desconocido No. 294 / agosto 2001

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