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Sarape 1

De la indumentaria surgida en la Colonia, como resultado de la fusión de las tradiciones mesoamericana y europea del tejido, quizá la prenda más famosa es el sarape, que marca la identidad de los hombres ligados a la charrería mexicana.

16-08-2010, 3:08:25 PM
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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.

Sus usos son muy variados: abrigo en las frías noches de las sierras y las cañadas, cobija y almohada cuando el charro tiene que dormir a la intemperie, gabán cuando llueve, y capote improvisado en los jaripeos.  Echado al hombro, con galanura, es compañero del baile, testigo mudo de las palabras susurradas al oído de alguna “china” enamorada, embozo cuando el charro no desea ser reconocido, regalo para las novias, lujo para sus poseedores y, finalmente, sudario que cubre el cuerpo y lo envuelve en su descanso eterno.  La historia del sarape tiene su origen en las tilmas prehispánicas y en las mantas españolas, aunque su desarrollo y florecimiento se da a lo largo de los siglos XVIII y XIX, cuando en lugares como Zacatecas, Saltillo, San Miguel El Grande, Querétaro, Puebla y Tlaxcala proliferaron multitud de talleres en donde se confeccionaba. 

En el siglo pasado el sarape era una prenda inseparable de los peones de las haciendas, de los jinetes, de los léperos y de la gente del pueblo. También fue compañero fiel de los insurgentes, chinacos y plateados, vistió a los patriotas que lucharon contra los invasores y fue usado indistintamente por los liberales y los conservadores.  Estos sencillos sarapes manufacturados domésticamente contrastaban con las lujosas prendas que portaban los hacendados, los charros y los caballeros en las fiestas y en los paseos.  Indiscutiblemente los más bellos y elaborados, es decir, los de gala, se crearon en Saltillo, en el estado de Coahuila. En esa región, los latifundios ganaderos aseguraban, por una parte, la existencia de materia prima para tejer, y, por la otra, el mercado cautivo, ya que los vaqueros necesitaban una prenda que les permitiera tener los brazos libres para realizar sus tareas.  El comercio fue otro de los motivos del auge en la producción de textiles. Los sarapes de lana y de algodón fueron los favoritos de los comerciantes, quienes los adquirían sobre todo en la Feria de Saltillo que se efectuaba en el mes de octubre.    

 Además, cada sarape era único tanto en su diseño como en su ejecución, por lo que se establecía una competencia entre los productores que sacaban a relucir siempre nuevos y hermosos diseños.  De Saltillo, los sarapes eran llevados a otras ferias como la de “los apaches” en Taos, Nuevo México; la de San Francisco, California; las de Acapulco, Jalapa y Veracruz, desde donde se embarcaban para ultramar.  Justo es decir que en la época colonial los sarapes tejidos en San Miguel El Grande y Zacatecas rivalizaron en belleza y finura con los elaborados en Saltillo; sin embargo, nunca alcanzaron tanto renombre. 

A lo largo del siglo XIX muchos artistas nacionales y extranjeros plasmaron en sus lienzos y litografías la belleza de los sarapes mexicanos: Nebel, Linati, Rugendas, Egerton, Casimiro Castro y Agustín Arrieta nos dejaron magníficos ejemplos de ellos, y algunos escritores costumbristas y viajeros los describieron con detalle: Guillermo Prieto, Antonio García Cubas, la marquesa Calderón de la Barca y Brantz Mayer, entre otros.  El tejido de estas espléndidas prendas llegó a su fin a mediados del siglo XIX; sin embargo, su influencia traspasó fronteras y aún se conservan algunos de sus diseños en los textiles navajos del suroeste de los Estados Unidos. Actualmente hay importantes colecciones de los viejos sarapes de Saltillo, tanto en manos de particulares, como en algunos de los museos de México y los Estados Unidos.  En la época actual los llamados “saltillos” se producen en Aguascalientes, en el Estado de México, en Tlaxcala, en la misma ciudad norteña y en Zacatecas. No obstante, esos sarapes de listas multicolores nada tienen que ver con las prendas tradicionales.  Fuente:  México en el Tiempo # 28 enero / febrero 1999 

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