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Semblanza de Coyoacán (Distrito Federal)

La imagen que el capitalino de nuestros días tiene sobre Coyoacán, es la de un rincón provinciano convencional en donde el reloj del tiempo se detuvo hace por lo menos un siglo.

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Si bien es cierto que determinados sitios de la antigua villa se han conservado en una forma relativamente inalterada que permitiría reconocerlos sin dificultad, en toda la llamada zona metropolitana de Coyoacán el número de habitantes ha crecido por lo menos 50 veces más en las últimas cinco décadas, si hemos de creer al desaparecido cronista de la ciudad de México, Maese Salvador Novo, cuando confiesa que “…en 1941 llegué a Coyoacán para sumarme a los 31 000 habitantes que tenía entonces toda la Delegación.

Este pasmoso aumento poblacional ha producido, entre otras muchas cosas, cambios muy marcados.

Si al iniciarse la década de 1940 cada coyoacanense disponía de 2 000 m2 de área libre en los 60 km que posee Coyoacán, hoy en día ese espacio se ha reducido a un promedio de sólo 40 m2 por habitante, lo que ha significado una notoria disminución de los espacios verdes. Como es fácil de prever, esta tendencia continuará, aun más allá de los mínimos recomendados por la Organización de las Naciones Unidas. La situación es particularmente seria si se considera que todavía en la primera mitad del siglo XX Coyoacán era considerado una Delegación semirrural, poseedora de grandes reservas de territorio destinadas a la preservación de la naturaleza y el ambiente, como es el caso del Pedregal, o a la agricultura como lo era prácticamente toda la zona que se encuentra al este de la Calzada de Tlalpan, espacios que en la actualidad presentan una virtual saturación poblacional. A este respecto, se dice que los conjuntos habitacionales localizados en la margen oriente de la Calzada de Miramontes son los más densamente habitados de la ciudad de México, lo cual constituye un fuerte contraste con la imagen casi idílica del Coyoacán tradicional que está en la mente de muchos capitalinos.

Con todo, milagrosamente, sí existe todavía un Coyoacán tradicional, y el reconocimiento de tal evidencia es el decreto presidencial de 1990 que declaró Zona Monumental Protegida a su Centro Histórico: espacio comprendido dentro de un polígono irregular que engloba precisamente a una gran parte de la vieja villa. Es posible que en un futuro tal declaratoria se extienda a otras áreas limítrofes merecedoras de igual protección.

Cuando líneas arriba mencioné la elevada población delegacional de nuestros días, pensé que, guardando las debidas proporciones, este fenómeno no es nuevo ni ha sido único en la comarca. En efecto, dos o tres siglos antes de la era cristiana, una fracción del territorio que con el tiempo habría de ser Coyoacán, fue sin duda la más densamente poblada del valle de México. Me refiero al área conocida con el nombre náhuatl de Cuicuilco, que en aquel remoto periodo del horizonte Preclásico constituía el centro ceremonial más vasto del continente y, en consecuencia, el de mayor concentración humana asentada en torno a la entonces máxima obra arquitectónica del hemisferio: la “pirámide” troncocónica de Cuicuilco.

Las erupciones del volcán Xitle destruyeron o sepultaron este asentamiento, al igual que el de Copilco el Bajo y, sin duda, muchos otros. Los habitantes que sobrevivieron al cataclismo emigraron muy lejos hacia el norte.

Es el periodo en el que se inicia el despegue de la cultura teotihuacana (que llegaría a ser una de las más sorprendentes y avanzadas de Mesoamérica), cuyo influjo se dejaría sentir con el tiempo en toda la región lacustre de la cuenca, incluidas las tierras que posteriormente serían coyoacanenses. Mil años después, ya en el periodo Posclásico, los refinados toltecas habían penetrado en el valle de México estableciéndose, aunque en forma reducida, en varios puntos de la orilla de los lagos, primero en Culhuacán y luego en otros lugares como Xócotl (Xoco) y Coyoacán, denominado así presumiblemente al finalizar el primer milenio de nuestra era.

De corresponder este planteamiento a la realidad, puede considerarse que el nacimiento de derecho de Coyoacán tuvo lugar hace mil años.

Hacia 1200 d.C. el grupo tepaneca correspondiente a los hablantes de náhuatl construyó diversos centros ceremoniales y de población en las tierras que para el siglo XV se convertirían en Huitzilopochco (Churubusco) y en el centro de Coyoacán, en los sitios que ahora ocupan los jardines Hidalgo y de La Conchita, y otros más en Tepetlapa (San Pablo) y en Huitzilac (Los Santos Reyes). Cuando hacia 1430 Maxtla el gobernante tepaneca de Coyoacán fue derrotado por Itzcóatl, señor de Tenochtitlan, la población quedó anexada y empezó a pagar tributo a los aztecas. Los coyoacanenses levantaron un conjunto religioso para honrar a Mixcóhuatl, deidad propiciadora de la lluvia, en la cima del cerro Zacatépetl, escenario de celebraciones cinegéticas anuales durante el mes de quecholli, reseñadas detalladamente por los frailes-cronistas, principalmente Bernardino de Sahagún y Juan de Torquemada.

En esa misma época tallaron en el flanco de una formación rocosa del Pedregal la figura de una gigantesca serpiente emplumada -probablemente uno de los más grandes petroglifos del valle de México- conocida como “La Serpiente del Pedregal”, la cual, desafortunadamente, fue destruida por ocupante precaristas en los años cincuenta.

El topónimo Coyoacán ha sido motivo de diferentes interpretaciones. Algunos estudiosos lo consideran desde el punto de vista etimológico, compuesto por las raíces coyol, hua y can, que significaría, al pie de la letra, “lugar de los que poseen coyotes”. Pero tal interpretación es dudosa en su contenido, porque a quién se le ocurriría ser dueño de tales depredadores. Según otra opinión, la segunda de las raíces sería huac, y entonces significaría “lugar del coyote flaco”. Finalmente hay quienes afirman que el nombre tiene un sentido metafórico nombre tiene un sentido metafórico, basados en el hecho de que Coyoacán aparentemente estaba dedicado al dios Tezcatlipoca, y como entre los nahuales o animales emblemáticos de este dios se encontraba el coyote, nada tiene de extraño que éste aparezca asociado con el toponímico.

Salvo un número muy reducido de piezas arqueológicas menores y los pobres vestigios deI cerro Zacatépetl, no quedan en Coyoacán testimonios materiales de su pasado prehispánico. Sin embargo, se conserva en la zona el relativamente rico acervo de una toponimia urbana, rural y de muchos parajes específicos, así como una nomenclatura de calles antiguas que evidencia su origen o influencia precolombina.

EI arribo de los teules a Anáhuac en 1519 habría de trastocar para siempre el universo indígena, y a partir de la caída de Tenochtitlan –el 13 de agosto de 1521- y del inmediato traslado de los vencedores a Coyoacán, en el antiguo señorío tepaneca se darían hechos de extraordinaria trascendencia para la historia nacional, como el nacimiento jurídico del nuevo país mestizo que es ahora México, con la creación de su primer gobierno bajo la forma de Capitanía General de Ia Nueva España, y la fundación del primer ayuntamiento o cabildo del Altiplano, entre otros.

Es en Coyoacán, como parte integrante de las recién nacidas letras novohispanas, donde Hernán Cortés escribió su célebre Tercera Carta de Relación. Por disposición suya, se introducen allí aves de corral, al igual que ganado mayor y menor, y se aclimatan cereales, leguminosas, frutales y otras especies vegetales. Así mismo, desde allí ordena la traza y edificación de Ia nueva ciudad de México sobre Ios escombros de Tenochtitlan, a la que se trasladan los españoles entre 1523 y 1524.

No llegó a nosotros testimonio civil alguno de lo ocurrido en Coyoacán al término de la Conquista, aunque no faltan elementos religiosos del siglo XVI presentes en templos, claustros, portadas atriales y capillas abiertas o de indios, modificadas en el transcurso del tiempo. Claros ejemplos de estas últimas son Santa Catarina, San Francisco, y lo fue también La Candelaria.

En lo concerniente al conjunto arquitectónico de San Juan Bautista, este conserva algunos componentes originales, como son su fachada de gran pureza clásica renacentista, su extenso y elegante pórtico de peregrinos que enmarca una amplia capilla de indios, su monumental claustro de robustas arquerías, altares esquineros, portadas, dinteles y pilas de agua bendita de cantera primorosamente esculpida, y dos soberbios artesonados con casetones polícromos que ilustran didácticamente la historia de la orden de Santo Domingo, fundadora de la tercera casa levantada en la Nueva España por los predicadores a partir de 1528.

Notables en su estupenda talla tequitqui son las arcadas reales de acceso al antiguo e inmenso atrio, que desde 1921 se convirtió en el parque del Centenario (de la Consumación de la Independencia). El admirable tratamiento planimétrico de la piedra de cantera utilizada en estas arcadas recuerda la talla aplicada por los hábiles artífices del mundo náhuatl a sus monolitos.

Anexado actualmente a la grandiosa torre-campanario de la parroquia, se admira un arco esculpido en sus jambas y archivolta con motivos vegetales, guirnaldas y filacterias trabajadas en el temprano estilo denominado plateresco.

Se conservan fotografías y grabados de este arco itinerante, donde se le contempla enmarcado por una molduración rectilínea, característica de las primitivas portadas de templos y capillas, lo cual hace pensar, con razonable probabilidad, que una anterior ubicación pudo haber sido la de un templo provisional.

Las grandes obras de los años treinta de nuestro siglo, emprendidas por los primeros franciscanos para reemplazar las naves originales destruidas en esa década, incluyeron la eliminación de la portada que comunicaba al presbiterio de la nave mayor con la.sacristía. La excepcional portada de reminiscencia gótica es un arco conopial o “de pellizco” que atestigua su primitivismo. Está compuesto de piezas de cantera esculpidas en toda su longitud con figuras de poca profundidad pero muy hermosas. Representan en las dos jambas sendos tallos de plantas de dalia en los que se alternan armoniosamente, en sentido vertical, grandes flores con hojas pareadas en la clave del arco. Cuando fue demolido, un ciudadano lo recuperó para reconstruirlo en la fachada de su casa en la calle del Ayuntamiento.

Es mucho lo que podría escribirse sobre Coyoacán; sea entonces esta pequeña semblanza sólo para que nuestros lectores comprendan la indiscutible importancia de cuidar y conservar lo que aún se percibe de la antigua villa, orgullo de los habitantes de la ciudad de México.

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