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Sobrevolando México. 15 mil kilómetros en Ultraligero

Volar es una adicción. Algunos adictos están francamente enamorados de sus aeroplanos privados, otros juran que los planeadores son lo último y finalmente otros más proclaman que los planeadores abiertos (hang-gliders) son la única manera de volar.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Por años nos lanzamos desde la cima de altas cumbres y pronunciadas cuestas en todo tipo de planeadores, hasta que descubrimos nuestro amor definitivo: el ultraligero. Los ultraligeros son planeadores abiertos con motor que poseen una gran ventaja: no necesitan de una montaña para poder despegar. Estas características son ideales para aventurarse a campo traviesa, según atestigua nuestra experiencia. Tras haber comprobado que era posible hacer una travesía en este tipo de aparatos volando a través de la península de Baja California, pusimos la mira en una aventura aún mayor: un vuelo a través del país, de norte a sur. Fueron necesarios dos años de tiempos libres dedicados a conseguir el dinero y el equipo necesarios para el viaje.

A1 fin, estábamos listos. Al cabo de dos semanas de locura haciendo los preparativos finales, nuestro equipo, compuesto de nueve personas, emprendió la travesía llevando dos remolques cargados con dos ultraligeros ingleses Gemini Flash II Alpha,cuatro bicicletas de montaña, un planeador abierto motorizado y un paradeslizador. Tras cruzar en el transbordador de Mazatlán a La Paz, B.C.S., el 11 de noviembre armamos los dos triciclos para dos tripulantes en San José del Cabo. La aventura había comenzado. 

El camarógrafo Eduardo Herrera tomó asiento detrás de Santiago Corral, el fotógrafo Patricio Robles Gil se acomodó con Vico Gutiérrez y los aparatos despegaron. El primer objetivo fue la punta meridional de la península, Cabo San Lucas, para filmar las famosas formaciones rocosas y las ballenas que se asolean. De ahí, la expedición se dirigió hacia el norte, en dirección a La Paz, para cubrir la primera etapa de una ruta que pasaba por toda Baja California, una gran parte de la Sierra Madre Occidental, muchos de los impresionantes volcanes que se extienden de Colima a Veracruz, y finalmente el sureste tropical hasta el Caribe.   

Los primeros escollos aparecieron el cuarto día de vuelo al divisar los pilotos una hermosa nube lenticular, en forma de almendra, que se hallaba en suspensión arriba de una gran turbulencia contra la que chocaron repentinamente. Santiago descendió en picada, mientras que Vico no pudo resistir la tentación de atravesar la columna de aire turbulento para alcanzar el aire suave del interior de la onda lenticular. Lo recibió un flujo ascendente que le permitió planear sólo que el descenso no fue tan placentero: se vio o obligado a aterrizar en un camino de tierra, y los tirantes de suspensión del ala derecha se quebraron como briznas de paja al chocar con una roca. Así pasamos la primera noche de reparaciones.

Muchas más habrían de venir.  Al día siguiente soplaba un viento de a 45 km por hora, demasiado fuerte para volar. Esta fue la oportunidad para que nuestras camionetas demostraran su utilidad, y así emprendimos una excursión a la Sierra San Francisco para conocer unas antiguas pinturas rupestres y un convento. Algunos incluso aprovecharon la ocasión para hacer un hermoso y placentero paseo cuesta abajo en las bicicletas de montaña.  Una vez que amainó el viento, los triciclos volvieron a despegar con un zumbido de libélulas bajo el sol de mediodía.

El siguiente destino era el desierto de Vizcaíno, hábitat de una rara subespecie del segundo animal más rápido del mundo, el antílope Pronghorn. Considerando que ya sólo quedan 70 de estos hermosísimos animales, podrán imaginarse el entusiasmo que se despertó cuando Vico y Santiago localizaron a 14 antílopes corriendo entre los cactos, atropellando en su camino a un asustado coyote que se encontraba dormitando. Entre accidentes y eufóricas victorias, la expedición había tomado su derrotero, y la tripulación iba logrando tomas que probablemente no hubieran podido hacerse desde otro tipo de aeronave.  A medida que la expedición volaba rumbo al norte, el paisaje se transformaba incesantemente, desde el desierto hasta las serranías áridas, pasando por exóticas costas. Además de los omnipresentes zopilotes y pelícanos, fotografiamos coyotes, ballenas, águilas, garzas, cormoranes y muchas aves más que habitan en la extensión de este paisaje poco poblado. 

Tras llegar a la fronteriza Mexicali, enfilamos vehículos y planeadores hacia Sonora, rumbo al Parque Nacional del Desierto de Pinacate, en la frontera con Estados Unidos. Vico y Nane Wenhammar divisaron el cráter del volcán extinto “El Elegante” y decidieron volar hasta su interior. El cráter, de aproximadamente un kilómetro y medio de diámetro y cerca de 400 m de profundidad, es seguramente el peor lugar en que pudiera uno tener una avería. “Había cactos por todos lados y no me gustaba la idea de aterrizar con las posaderas en uno de ellos”, diría más tarde Vico, pues en aquel momento no estaba para bromas. Aunque el fondo del cráter resultó ser relativamente plano, no había en él ni una faja de tierra que permitiera un aterrizaje seguro. Los daños fueron insignificantes, pero el triciclo se veía muy pequeño desde el borde del cráter cuando Patricio inició un descenso de alpinista hacia el fondo con el motor de repuesto atado a las espaldas. Santiago decidió aprovechar la oportunidad para efectuar un vuelo con el paradeslizador hasta abajo, llevando provisiones. 

Para hacer las cosas aún más complicadas, el tiempo se nubló y nuestro grupo de tierra tuvo que quedarse en Sonora. Una tormenta de nieve había tapizado los senderos de montaña con una capa de varias pulgadas de espesor. Parecía más bien Wyoming que México. Tres días de nevada más tarde, las camionetas pudieron al fin cruzar hasta Chihuahua y volvimos a armar los triciclos. Si Chihuahua sólo le sugiere unos perros minúsculos y de ladrido agudo, reconsidere: el estado más grande de la República mexicana se enorgullece de poseer los paisajes de montaña más espectaculares que pueda imaginar. Fue entonces cuando se inició el largo viaje a lo largo de la Sierra Madre Occidental -la espina dorsal montañosa de México. Tras haber fotografiado las antiguas ruinas de Casas Grandes, nos dedicamos a disfrutar de la vista sobre bosques y hermosos lagos, lomo Laguna Bavicora, en donde encontramos una parvada de ocas en migración. Millares de ocas congregadas en una espectacular formación sobre el lago café. 

Después de una exasperante búsqueda de aprovisionamiento, nuestro grupo inició el ascenso por la sierra hacia Ciudad Cuauhtémoc con el fin de visitar a los colonos menonitas, descendientes, más bien conservadores y tímidos, de exiliados religiosos holandeses y alemanes que vinieron a explotar estas tierras desérticas en los años veinte. Al ver nuestras extrañas máquinas aéreas, toda una colonia acudió en camionetas, tractores y carretas de caballos. Los hombres vestían overoles azules y sombreros de paja; las mujeres y las niñas se mantenían aparte, con sus vestidos de estilo centroeuropeo antiguo y los muchachos eran presa de tal excitación que no sabían si hablar alemán, español o inglés.

E1 escepticismo y el rumor iniciales fueron seguidos por una larga cola de ansiosos pasajeros esperando su turno para volar, una vez que el primer granjero aceptó subirse. Esta visita a la comunidad menonita es un ejemplo claro del espíritu de la expedición: el entusiasmo que suscitaban los planeadores nos ayudaba a romper las barreras entre culturas.  Volamos por encima de las sierras de Durango y Zacatecas, con su cambiante paisaje, y cubrimos en dos días la distancia que nos separaba de Valparaíso.  El 24 de diciembre Santiago y yo volamos 250 km hasta Guadalajara, en tres horas y media. Llegamos al hotel (cubiertos de tierra) ocho horas antes que Vico y Nane que enfrentaron la sierra en automóvil. Gozamos de un lujo inesperado para pasar Navidad. Pero al fin nuestra columna expedicionaria volvió a los caminos el 26, con rumbo a Colima. 

Los días que siguieron pasamos por los increíbles paisajes del Nevado de Colima y del Paricutín, para rematar en el lago de Pátzcuaro.  En la madrugada del 31 de diciembre, los dos triciclos despegaron para recorrer el último trecho de la parte septentrional de México, en dirección a Valle de Bravo, a 150 km de la ciudad de México. Había un serio problema: las baterías de los radios se habían agotado, y como no contábamos con mapas decentes, cada uno de los pilotos conjeturaba que el otro llevaba la dirección. Al llegar a 11 mil pies de altura, nos dimos cuenta de que el verde oasis en medio de enjambres de montañas no se parecía a Valle de Bravo, y tras un descenso a tierra nos enteramos de que ¡habíamos aterrizado cerca de 20° fuera de itinerario! Los habitantes del pueblo tenían un buen pretexto para reír un rato, y algunos rancheros decían, inclinando sus sombreros en el calor del mediodía, que —siempre lo supieron— volar era una idea loca.

Al fin llegamos a Valle de Bravo con sólo un litro de gasolina en el tanque.  Era el momento de celebrar el Año Nuevo con estilo, antes de enfrentar una semana más de ajetreos en la ciudad para organizar la última etapa del viaje: la travesía por el sureste tropical.  Con buen ánimo, iniciamos el 10 de enero la travesía por dos majestuosos puntos de atracción geológicos: los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Nos vimos en la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo debido a un fuerte viento y, sobre todo, al peso de dos tripulantes. Tuvimos que regresar, decepcionados, mientras Werner planeaba por encima de los gigantes.

Como el viento arreció más durante la noche, decidimos ganar tiempo adelantándonos hasta la presa Miguel Alemán, en el norte del estado de Oaxaca, para probar los flotadores, y con la esperanza de disfrutar de algunos pocos días soleados.  El tiempo mejoró, pero otro aterrizaje accidentado afectó considerablemente el espíritu de la expedición. Dos accidentes en tres días, una cámara rota y cierta inseguridad en cuanto a las condiciones climatológicas nos obligaron a poner en duda la prudencia de proseguir el viaje. Después de mucho cavilar y de algunos vuelos alrededor del lago en el planeador con flotadores, nuestro optimismo quedó restablecido.   

Teníamos el imperativo de estar en Villahermosa al día siguiente para llegar puntualmente a una cita con los guías que conducirían la expedición en la selva de Chiapas dos días más tarde. El imán que nos hacía continuar era la selva que nos esperaba más allá. Una vez en Villahermosa, Vico y yo volamos entre espectaculares corredores de nubes hasta la zona arqueológica de Palenque, adonde llegamos entre nubes bajas al atardecer, para redondear un vuelo que había sido particularmente fotogénico. Todo parecía Marchar bien una vez más, demasiado bien. Al día siguiente, cuando Werner Stubbs y su pasajero Chris Wenhammar regresaban de una visita aérea a las ruinas, el motor volvió a detenerse y tuvieron que descender en picada y hacer un aterrizaje de emergencia en un terreno áspero. Sólo nos quedaba el triciclo de Santiago con un ala Alpha, así que emprendimos un viaje de ocho horas por terracería para llegar a nuestra cita en el pueblo de Naja, en la espesura de la selva lacandona. A las dos dé la madrugada llegamos a un trecho de casi 1 km cuesta arriba de camino lodoso.

A las seis de la madrugada, durante cinco horas más, estuvimos construyendo rampas de madera y piedras para sacarlas camionetas. ¡Naja se encontraba tan sólo tres kilómetros más allá!, íbamos a encontrarnos con los últimos descendientes directos de los antiguos mayas, los lacandones. Alprincipio, los lacandones desconfiaron de los ultraligeros y no aceptaron subirse en los planeadores. Santiago hizo un vuelo de muestra, y tras haber inspeccionado varios hombres el asiento del piloto, los primeros de una larga serie aceptaron volar. Al cabo de un rato era posible adivinar quién había visto su pueblo desde el aire gracias a la mancha mojada que dejaba el asiento empapado en su sencilla vestimenta blanca.  Quedan alrededor de 1,500 indígenas lacandones. Alguna vez poblaron la totalidad del sureste del estado de Chiapas, pero’ ahora viven del erario público, al tiempo que la selva lacandona va siendo desbrozada y colonizada por poblaciones procedentes de todo el país. Un niño sordomudo que construyó un modelo en poliestireno de nuestros planeadores, se pasó horas contándonos, mediante dibujos y lenguaje de signos, cómo venían hombres gordos de allá afuera a cortar los árboles.

Tenía mucho miedo. Al día siguiente, Vico y Christian sobrevolaron una espesa selva en su camino hacia la pista de Lacanjá, cerca de 15 km de la zona arqueológica de Bonampak. Tras una hora y media de vuelo, Vico empezaba a plantearse la posibilidad de un aterrizaje con paracaídas en medio de la selva cuando de pronto divisaron la estrecha pista de Bonampak. Por suerte dieron con un piloto que había llevado a unos turistas y que les dio algo de combustible.

Tras una inspección de la zona, siguieron su camino gracias al préstamo de gasolina.  El susto les había abierto el apetito. Se “estacionaron” junto a una palapa del camino donde les ofrecieron una comida deliciosa —¡que resultó ser carne de mono, seguida por un plato de perro al carbón!—.  Antes de regresar a Palenque, las espectaculares ruinas de Yaxchilán, que se encuentran en un islote de tierra en el Usumacinta, fueron un buen pretexto para otro retraso.  A partir de Palenque nuestro objetivo era cubrir grandes trechos en poco tiempo, y así llegamos en dos días a la costa de Tulúm, la bellísima ciudad maya que domina el Caribe, nuestro último punto en un circuito de visitas a zonas arqueológicas, incluyendo las de Xpuhil en Campeche.

Aunque el final proyectado oficialmente era llegar a Cancún unos días más tarde, en un vuelo de 120 km, las playas sorprendentes y los bellísimos arrecifes de coral de Tulúm fueron el lugar elegido para concluir la aventura.  A pesar de una larga serie de percances y de los momentos de mal tiempo en que no se podía volar, los planeadores habían llegado al Caribe y habían recorrido más de 15 mil kilómetros en vuelo. Algunos de los objetivos principales habían tenido que ser borrados de la agenda, pero los incidentes inesperados habían sido la causa. 

Antes del viaje sabíamos que México era un país hermoso. Pero la impresión que nos dejó haber sobrevolado el país en los ultraligeros y haber apreciado sus bellezas a vista de pájaro es algo inolvidable) Esperamos que en un futuro estos niños menonitas o lacandones recuerden lo bonito que se veían sus pueblos y campiñas, contemplados desde nuestras libélulas de aluminio.

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