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Tabiqueros: la persistencia de una tradición (Estado de México)

El trabajo es duro y agostador e intervienen mujeres, niños, jóvenes y ancianos.

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Cada uno representa el esfuerzo y la entrega de una familia donde todos los miembros son capaces de cargar docenas de ladrillos al hombro, preparar la mezcla en su justa medida, llenar los moldes y construir excelentes tabiques, resistiendo largas horas bajo el Sol. Todos conocen cuándo los tabiques están listos para ser introducidos en el horno que prende a 1 000°C, saben quemarlos y, por último, venderlos. Estos hombres aprendieron a pisar descalzos la tierra de arcilla y al contacto con el lodo y el estiércol sus manos se volvieron tan duras como el cuero mismo. Aunque a la vista de otros su trabajo parezca cruel y despiadado, para ellos ser “horneros” es una gran satisfacción.

Son aproximadamente 900 familias las que habitan el pueblo de horneros en Ixtapaluca, Estado de México, en la salida hacia Puebla; de la elaboración y venta del tabique tradicional o “hecho a mano”, depende su bienestar. Estos tienen características que los distinguen: son más porosos, rústicos y macizos que los producidos por la maquinaria y, debido a su peculiar acabado, son los requisitos para las construcciones tradicionales. Con el alba se inicia la jornada; tratan de ganarle la salida a los rayos del Sol y no estar presentes cuando éstos caen directamente sobre sus tierras. En la familia Castro García todos han sido tabiqueros; don Vicente recuerda cómo su madre se levantaba a las tres de la mañana para acarrear todo lo necesario para su padre.

Evoca con nostalgia la imagen materna cargando los botes de agua para la mezcla por los rojizos caminos de arcilla, cómo sus padres caían cansados a las cinco de la tarde, pues tenían que doblar la jornada para mantener a trece hijos, los mismos que hoy en día tienen su propia profesión; él es ingeniero en informática pero prefirió continuar con el oficio heredado, al que ama profundamente. “Ser tabiquero me gusta, tengo mucho orgullo en serlo. Es una labor sucia pero muy honesta. Se trabaja sin salir de casa ni dejar a la familia; lo que más me gusta es la libertad, pues no hay horario ni presiones, tomo mis descansos cuando quiero. Disfruto trabajar aquí, en la tierra, sin tener que usar saco o corbata”. Ellos saben que no se puede aflojar el paso porque va en contra de su propia economía. “Hay que ser muy responsable; es parte de la libertad”. 

DEL CERRO AL TABIQUE ROJIZO  

Con arena roja de río, conocida como arcilla, agua y estiércol de vaca, que da más resistencia al tabique, los artesanos baten la tierra hasta lograr una mezcla chiclosa, utilizando como vasijas sus propias manos; vierten el lodo sobre las “eras” y luego recorren los bordes para eliminar los sobrantes de materia. La familiaridad de sus dedos con el barro les permite manipularlo con soltura. Una vez llenos los moldes, se dejan reposar durante 24 horas aproximadamente hasta que se seca la arcilla. Al sacarlos de allí se obtienen ladrillos grises, blandos y sensibles como el lodo. Se colocan uno sobre otra hasta formar largas filas de enrejados y al paso de una semana estarán totalmente secos y listos para ser colocados en una especie de sótano subterráneo al que se le prende fuego con aserrín, madera o petróleo; se mantiene encendido el horno durante 48 horas y cuando la llama cambia de color rojizo hasta un azul tenue que termina por extinguirse, se sabe que el tabique esta cocido.

Pero aún deben pasar 24 horas para que tanto el horno como los tabiques se enfríen totalmente; después de casi 10 días, finalmente se logra tener entre las manos un ladrillo rojo, fuerte y consistente. El oficio se convierte entonces en negocio: hay que ofrecer y vender ladrillos para recobrar la inversión y convertirlos en el sustento familiar. Hace 50 años, cuando se formó el poblado de tabiqueros, la tierra era abundante, por lo que el lugar rápidamente se pobló por decenas de familias; sólo había que subir al cerro por ella y trabajarla. Sin embargo, en la actualidad esa misma tierra tiene dueño y es preciso comprarla por camionadas a su propietario. El estiércol y el agua también cuestan. Quienes tienen medios para transportar los millares de tabiques al pie de la carretera pueden ofrecerlos a un mejor precio; pero la mayoría espera pacientemente que lleguen los compradores a su patio y después de atraer al cliente con las mejores rebajas, reciben finalmente la remuneración al esfuerzo y tiempo dedicados. 

LA PARTICIPACION DE LOS NIÑOS  

En ocasiones han sido criticados por emplear a los niños en este rudo trabajo, pero los horneros defienden su costumbre mostrándose ellos mismos como ejemplo. Sin la participación de la familia sería imposible hacer del tabique un negocio y un sustento. “No hay edad ni sexo para el trabajo –dicen-, además, es un oficio como cualquier otro, sólo que por ser sucio la gente piensa que es inhumano. Es un medio para formar a los pequeños y enseñarles a cooperar en los quehaceres de la casa. Hoy en día todos estudian y sólo ayudan en sus horas libres”. Nuestro entrevistado recuerda cómo desde niño lo enseñaron a ganarse la vida, a trabajar muy duro, “para que no se les cierren las puertas”, les decía su padre a don Vicente y a sus doce hermanos. Para sus hijos la jornada ya no es igual; tan sólo quiere que participen para que aprendan a apoyar a la familia y se desarrollen con el trabajo. Recuerda su infancia con cariño: “Nosotros pasamos nuestra niñez entre los tabiques, se nos enseñó jugando y por curiosidad un día me acerqué al horno, hasta que terminé tomándole amor al oficio”. Las tabiqueras subsisten gracia a aquellos que cotidianamente realizan esta labor y la llevan en el corazón; podría decirse que son una especie en peligro de extinción.

Pero aún se les puede encontrar en pueblos cercanos del Estado de México como San Martín Chalco, Naucalpan, San Vicente Chicoloapan o Cuautitlán; en Acolman, Temammamac o Jazo, Hidalgo, y en San Martín Tezmelucan, Puebla. Celebran su día el 3 de mayo y, aunque su patrona es Santa Bárbara, el primer lunes de diciembre realizan una gigantesca peregrinación a la Basílica de Guadalupe. 

Fuente: México desconocido No. 253 / marzo 1998 

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