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Talleres de laudería en Veracruz

El resurgimiento del son jarocho que se deja sentir en el sur de Veracruz, le ha dado un nuevo impulso al bello oficio de la laudería.

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Yo soy como mi jarana:con el corazón de cedro,por eso nunca me quiebroy es mi pecho una campana;y es mi trova campiranacomo el cantar del jilgueropor eso soy jaraneroy afino bien mi gargantay mi corazón levantaun viento sobre el potrero.Arcadio Hidalgo    

El resurgimiento de la tradición musical del sur de Veracruz (la zona jarocha abarca del centro al sur del estado) se inició en los años ochenta gracias a que, entre otros sucesos, los jóvenes músicos del recién formado grupo Mono Blanco se dieron a la tarea de profundizar en los orígenes de un género que había caído en decadencia debido a su comercialización unas décadas atrás. Se dio así una rica etapa de investigación que incluyó entrevistas con viejos músicos y grabaciones de campo, así como la organización de fandangos –que habían dejado de hacerse–, y de talleres de ejecución musical, de zapateado, de composición de coplas y de fabricación de instrumentos (debe recordarse que el son jarocho se toca de oído, de memoria o por tradición oral). 

Posteriormente otros jóvenes y otros grupos se han dedicado también a estas tareas y el resultado es la existencia de más de cincuenta grupos que se dedican profesionalmente a la ejecución del género. Esta proliferación de ejecutantes ha permitido que se realicen diversos festivales de jaraneros, algunos de importancia nacional, como el de Tlacotalpan, y ha favorecido la promoción nacional y aun internacional de algunos grupos de son jarocho. Es importante señalar también el interés de los jóvenes del campo y de la ciudad, hombres y mujeres, por este género musical. No es raro verlos tocando, bailando y cantando en los fandangos y festivales, o participando en los talleres de composición de coplas y de construcción de instrumentos que se realizan localmente.  En este contexto han aparecido los talleres de laudería jarocha, que se dedican principalmente a la elaboración de jaranas y guitarras de son, conocidas también como requintos, de diferentes tamaños. 

En estos talleres se fabrican jaranas primeras, segundas y terceras; o requintos primeros, segundos y terceros, comúnmente, aunque existen otras variantes, como mosquitos y chaquistes, que son jaranas más pequeñas cuya alta sonoridad puede llegar a ser sorprendente, similar al zumbido de los insectos de los que han tomado su nombre; leonas, boconas o vozarronas, que son guitarras de son grandes, de sonido grave, y guitarrones jarochos que poseen una tesitura equivalente a la de un contrabajo.  Félix José Oseguera dice en la revista Son del Sur que: “A lo largo y lo ancho del espacio que ocupa geográficamente el son jarocho distinguimos varias regiones que tienen su propia tradición musical y en la cual la instrumentación varía de acuerdo con el lugar donde se ubique. Así, en el Puerto de Veracruz, en las costas y en los pueblos aledaños, así como en la cuenca del Papaloapan, podemos ver instrumentos como el arpa, el requinto, la jarana y el pandero octagonal. Si nos vamos al llano y la sierra de los Tuxtlas escuchamos guitarras de son, jaranas, violines y tarima –como instrumento de percusión–.

Más hacia el sur, por las regiones de Hueyapan de Ocampo, Corral Nuevo, San Juan Evangelista, Acayucan y Chinameca, predominan las guitarras grandes, de sonidos graves y secos, que poseen cuatro órdenes de cuerdas y tienen influencia africana, instrumentos que son el alma de los fandangos que aún se realizan en el sur de Veracruz y que hemos heredado de generación en generación, de nuestros padres y abuelos”. 

EL INSTRUMENTO       

Una característica peculiar de estos instrumentos es que son hechos de una pieza, es decir, la caja y el brazo se forman a partir de un solo trozo de madera. Los más comunes se hacen de cedro, caoba o súchil, aunque también se encuentran de laurel, pepe, cucharo y palo mulato. La tapa es generalmente de cedro o pinabete, sin nudos; es la parte más vistosa del instrumento pues la veta de la madera le da una belleza especial a cada instrumento. El diapasón que cubre el brazo se hace de maderas duras como chagane, granadillo o ébano, lo mismo que las clavijas y el puente. Las cejas que sostienen a las cuerdas son de madera, hueso o cuerno de res. Todo el trabajo de fabricación de un instrumento toma entre treinta y cuarenta horas.  Algunos de los talleres tienen taladros de mano y de mesa, lijadoras y sierras de cinta, otros son más rústicos. En otros, los instrumentos se construyen literalmente a machetazos, como en el caso de los hermanos Escribano, que a veces hacen jaranas y requintos que suenan sorprendentemente bien. Estos hermanos indígenas nahuas ya mayores acuden año con año a la fiesta de la Virgen de la Candelaria en Tlacotalpan a vender sus instrumentos.  Debido a la popularidad del son jarocho existe un mercado incipiente para los instrumentos. Sus precios pueden oscilar entre los $600 y los $3 000, dependiendo de la sonoridad y del acabado, aunque en los Estados Unidos una buena jarana o un buen requinto pueden venderse hasta en 500 dólares. 

Los lauderos son todos músicos, condición necesaria para el oficio. Esto es muy importante a la hora de seleccionar la madera, pues al golpear el tablón, dicen ellos, éste debe tener una sonoridad especial. Los puntos de vista sobre si la construcción de instrumentos jarochos es un oficio redituable o no, varían de laudero a laudero. Don Asunción Cobos, mejor conocido como “Chon” Cobos (en el municipio de Santiago Tuxtla), vende sus instrumentos en los diferentes encuentros de jaraneros y ferias de artesanías regionales y nacionales. Él surte una parte importante de la demanda de personas que no pueden comprarse un instrumento con terminado de lujo, es decir, atiende las necesidades de jóvenes principiantes, ejecutantes campesinos, escuelas de música, etcétera. Fue tal su pasión por la laudería que dejó sus tareas del campo y se dedicó a ella de tiempo completo.  Por su parte, Félix José Oseguera, “Liche”, en Coatzacoalcos, afirma tener dificultades para vender las jaranas y guitarras de son que fabrica. Sus instrumentos son más caros porque además de su buen sonido tienen buen acabado y adornos diversos.

Dice que hay mucha competencia a nivel local y que vende mejor en México y, desde luego, en Estados Unidos. Liche aprendió de manera autodidacta, observando, preguntando y visitando varios talleres.  El taller de Camerino Utrera en El Hato, municipio de Santiago Tuxtla, es rústico, aunque cuenta con taladro de mesa y sierra de cinta. Camerino, hijo de Esteban Utrera Lucho, conocido requintero de la región, trabaja con su hermano José en el taller. Los Utrera son también músicos y realizan actividades agrícolas, de carpintería y de albañilería. Construir un instrumento les toma una semana. Camerino aprendió también en los talleres auspiciados por la SEP.  Anastasio Utrera, de la misma familia de El Hato, tiene su taller en el centro de Coyoacán, en la Ciudad de México. Un rasgo peculiar de este taller es que en él trabajan mujeres, y que además de construir instrumentos veracruzanos fabrican otros para estudiantes de guitarra clásica barroca. El día que lo visitamos se encontraban trabajando en un pedido de varias guitarras que serían adquiridas por estudiantes mexicanos y por escuelas de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos.    

Por último, el taller del grupo Mono Blanco ha sido un taller-escuela. Actualmente ubicado en la ciudad de Veracruz, en él trabajan varios de sus integrantes, quienes producen instrumentos de buena calidad. Su director, Gilberto Gutiérrez, ha tenido un papel protagónico en esta nueva etapa del son, además de ser reconocido como un buen laudero. Él se inició en este oficio con don Quirino Montalvo Corro, “Tío Quiri”, de Lerdo de Tejada. En 1981 y 1982 fue ayudante en su taller y aprendió la técnica a mano, de principio a fin. Tío Quiri contaba entonces con ochenta y dos años y gozaba de mucho prestigio profesional en la región. Sus instrumentos tenían muy buen sonido y estaban bien acabados, aunque de un modo austero, dice Gilberto. Posteriormente el aprendiz, oriundo de Tres Zapotes, fue incorporando herramienta y maquinaria que facilitaba y aceleraba las tareas. En Estados Unidos conoció tecnología y materiales que utilizan otros lauderos: serrotes especiales para poner la entrastadura, sacapuntas para hacer clavijas, pegamentos especiales, etcétera, y los introdujo en la producción de jaranas y requintos veracruzanos.  Da gusto asistir a los festivales y conciertos de son jarocho, y a los fandangos que se realizan a lo largo y ancho de esta zona del estado de Veracruz. Pero igual o más gusto da observar el entusiasmo de los jóvenes por esta tradición musical tan mexicana, que no está ya en decadencia y que tiene incorporado el maravilloso y antiguo oficio de la laudería.  Fuente:  México desconocido No. 281 / julio 2000   activo no      N    N    N    N no

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