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Toniná: El Mural de la Muerte

En el mural de las calaveras de Toniná hay muchos elementos que llevan a pensar que esta ciudad tuvo contacto con la cultura tolteca

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En los verdes umbrales de la selva lacandona se localiza la acrópolis de Tonina, un tesoro arqueológico de Chiapas que, a causa de los descubrimientos recientes ahí efectuados, está trazando nuevos horizontes en el conocimiento de los mayas antiguos y sus estrechas relaciones con otras culturas mesoamericanas, en especial la tolteca.

Situado en el municipio de Ocosingo, este lugar nos proyecta a través del lenguaje de sus piedras, la imagen de un pueblo guerrero -ajeno a la idea del maya pacífico observador de estrellas- que sabía manifestar por medio de la escultura su poderío bélico y los temores relacionados con sus mitos; un pueblo que supo conjugar los estilos artísticos de sus vecinos cercanos y lejanos para crear el suyo propio, único, que sobresale por sus dimensiones, por su realismo y por su patética belleza. Los ejemplos están saliendo a la luz: hace un par de años fue descubierta la soberbia estatua de Tzotz Choj; hoy Toniná nos sorprende con el mural de las calaveras.

EL MURAL DE LA MUERTE

Es una especie de códice de grandes dimensiones elaborado en estuco hace más de 10 siglos, tiene 12 m de ancho por 4 m de altura, y aunque es una obra maya, su mensaje está inyectado por la esencia de la era del tolteca. En él se ve, se lee, la leyenda de los soles cosmogónicos y el ascenso del inframundo a la tierra. Los personajes y símbolos ahí representados conjugan el estilo escultórico de la selva y el sentimiento mítico religioso del Altiplano, proyectando un arrebato de belleza plástica sin igual en el arte del México antiguo.

Este mural fue localizado en una de las paredes de la acrópolis de Toniná, un espacio sagrado del viejo imperio maya que por los recientes hallazgos ahí realizados, ha dado mucho de qué hablar a los especialistas de las culturas mesoamericanas. Muchos secretos deben de guardar aún bajo sus escombros las ruinas de Toniná.

Desde hace casi cuatro siglos, numerosos exploradores han visitado y dado cuenta de Toniná -Juarros, Dupaix, Stephens, Blom -pero sólo estuvieron en el sitio por pocas horas o días y efectuaron una labor superficial. A John L. Stephens le gustaron los restos de unas alas en estuco que encontró y que le parecieron a las ejecutadas por los antiguos egipcios. Franz Blom y Antoine La Farge opinaron que las esculturas de Toniná eran diferentes a las de otros sitios mayas y Morley señaló que las estatuas ahí regadas tenían similitud con las halladas en las lejanas Copán y Quiriguá.

Muchos investigadores habían catalogado este sitio como una ciudad periférica, de segunda importancia en el mundo maya, y tuvo que llegar Juan Yadeun al frente de un proyecto de rescate del INAH, para que saliera a flote la relevancia histórica y la belleza artística de la última gran capital del viejo imperio, la más temible y bélica de todas. Ahora, la ciudad de los cautivos divinos como se le llamó en su mejor época, entrega uno a uno sus secretos.

Toniná, nos dice Juan Yadeun, alcanzó su esplendor entre los años 800 y 900 d.C., cuando la mayoría de las ciudades del área habían entrado en decadencia. Este lugar fue el último testigo del ocaso del llamado viejo imperio maya, que floreció en los territorios que hoy se conocen como Chiapas, Guatemala y Honduras entre los años 400 y 800 de nuestra era. De hecho, la última fecha de esta etapa fue hallada en esta ciudad y corresponde al año 909 d.C. Y parece ser que el lingüista César Corzo acertó cuando tradujo la palabra Toniná como la “casa del poniente” o “donde obscurece”.

Por los numerosos elementos toltecas hallados en esta acrópolis, se piensa que Toniná fue precursora de las relaciones entre las culturas de la selva y del Altiplano central, las cuales culminaron con la creación del nuevo imperio maya-tolteca o de los itzaes, que se estableció en la península de Yucatán.

En cuanto a religión y mitología, el Popol Vuh dio paso aquí al principio de los soles cosmogónicos. Al parecer, en Toniná ya no se veneraba tanto al maíz y a la ceiba como en Palenque o Izapa, y a sus sacerdotes les preocupaba más el fin del cuarto sol y las tinieblas que vendrían antes de la aparición del nuevo astro, como enseñaba la mitología norteña.

Los hombres de Toniná aprendieron también del tolteca, que la sangre humana era la savia que alimentaba al universo y que la guerra era el recurso para obtenerla. La idea del maya pacífico, melancólico, matemático y observador de estrellas se apaga en este sitio. En la cúspide de su esplendor, Toniná se distinguió por las campañas bélicas emprendidas contra sus vecinos, con el fin primordial de capturar vivos a los gobernantes enemigos y ofrendar sus cabezas a la estabilidad del cosmos.

Para los sacerdotes de esta ciudad, era necesario atrapar vivos a los grandes señores de las otras ciudades de la selva para que fueran llevados a la acrópolis en donde, enmedio de fastuosas ceremonias, eran decapitados, ya que la sangre divina -y los gobernantes eran considerados como dioses por los mayas- era la energía que movía todas las cosas.

En Toniná se han localizado los restos de un gran número de señores mayas que fueron sacrificados y los monumentos que recuerdan esos sucesos. También son abundantes las esculturas de personajes semidesnudos, sin cabeza y con las manos atadas a la espalda o en actitudes implorantes.

Pero es el gran mural tridimensional el que mejor refleja el cauce violento que adoptó este pueblo. Artísticamente creo que no hay cosa igual en toda el área maya. Impacta por su belleza y sus dimensiones.

En los extremos de un cuadrante, tal y como aparecen en los frescos de Teotihuacan, están ubicados los más hermosos soles muertos que he contemplado. Estos soles tienen rostros humanos finamente realizados y una abundante cabellera que les cae como cascada. Los astros vienen de cabeza, en picada, envueltos en resplandores sólidos que parecen pétalos de flores o margaritas silvestres, y sus ojos suavemente cerrados nos dicen que son difuntos que se precipitan al inframundo.

En el arte mesoamericano, las figuras de calaveras y cráneos abundan. En los códices, los relieves, las pinturas y las esculturas hay numerosas muertes pelonas, serias y temibles, vistiendo el traje de guerreras o enseñando sus lenguas de obsidiana, pero según mi modesto parecer, la calavera del mural de Toniná supera a todas.

A primera vista se le nota alegre, simpática, parece que estuviera bailando, feliz de la vida como la quiso representar su autor; derrocha personalidad y está sumamente identificada con el pueblo que la concibió. La cabeza demuestra la típica deformación craneal que practicaban los mayas, tiene orejas y abundante cabellera; su ojo, que mira de perfil, parece estudiar al que la observa y su boca, como la de la Monalisa, insinúa una sonrisa. Sus esqueléticas manos están cubiertas con guantes: luce elegante. Se asemeja a una de las calaveras de José Guadalupe Posada, señala Yadeun. Es la tatarabuela de la famosa catrina, agrego yo.

Lo más sobresaliente es que esta coqueta calavera no es nada bondadosa, y que trae en su mano la cabeza de un decapitado que, según Yadeun, pertenece a uno de los grandes señores de Palenque, ya que Toniná le ganó dos veces la guerra a ese lugar y se piensa que en la última guerra contribuyó a la destrucción total de aquel centro religioso. La calavera de Toniná trae la cabeza agarrada fuertemente de los pelos, y el decapitado tiene los ojos cerrados y la lengua de fuera.

El fantástico mural de estuco de Toniná está dividido en cuatro partes o páginas -como las de un códice-, representa la leyenda norteña de los soles cosmogónicos y las escenas ocurren en el inframundo. En lo alto del cuadrante hay un cráneo ricamente ataviado al estilo tolteca, que seguramente era el astro que iluminaba esa era. En otro rincón de la obra, un bello jaguar, de pie y con guantes antropomorfos, clava una estaca en el suelo y siembra las semillas de la nueva época, la del quinto sol que ya no se vio por estos lares.

Durante nuestra visita a Toniná pudimos observar que los arqueólogos trabajaban aún en la reconstrucción del mural, armando las piezas desenterradas al igual que un rompecabezas; así que es muy posible que surjan más figuras y símbolos que engrandecerán este despliegue escultórico.

Casi a diario el equipo del INAH realiza nuevos descubrimientos en este espacio sagrado cuya altura es mayor que la de la pirámide de Teotihuacan.

Otras cosas singulares de Toniná son el dintel de madera con más de 1000 años de antigüedad (Stephens lo describió en su visita) elaborado con chicozapote y que está igual que cuando fue colocado, sin polilla, rajaduras y mucho menos podrido, y un curioso disco circular con un relieve en donde se ve a un hombre que es golpeado por una mujer

Próximamente se construirá un museo en Toniná y es un hecho la apertura de una carretera pavimentada que unirá a Ocosingo con este sitio arqueológico de primer orden.

¿Cuántas sorpresas más nos guarda Toniná? A lo mejor aquí esta la clave que descifre los motivos del fin de los viejos mayas; tal vez hay otros murales enterrados bajo los escombros de la acrópolis. Otra página de la historia antigua mexicana se está escribiendo en Toniná, visitémosla para aprender algo de nosotros mismos.

SI USTED VA A TONINÁ

Tome la carretera federal número 190 de San Cristóbal de las Casas a Comitán y unos 12 km adelante está la desviación a Ocosingo. Una vez en Ocosingo tome la brecha de terracería que lo llevará hasta la zona arqueológica.

En cuanto a los servicios, Ocosingo cuenta con hoteles modestos y lugares donde comer, pero si desea algo mejor San Cristóbal de las Casas se encuentra aproximadamente a 50 km.

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