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Trazo y diseño urbano de Teotihuacán

Hacia el año 100 a.C., tenemos ya la presencia de grupos asentados al norte de lo que será la ciudad de Teotihuacan.

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Ocupan una extensión de cuatro a seis kilómetros cuadrados y su población se ha calculado en 5 mil habitantes. Sin embargo, es a principios de nuestra era cuando se empieza a hacer el trazo de la ciudad como hoy lo conocemos y a establecerse los estilos arquitectónicos que la caracterizan.

En efecto, fue en la fase Tza­cua­lli, cronológicamente ubicada entre los años 1-150 d.C., que se comienzan a construir grandes pirámides, como la del Sol, y a partir de ella se inicia el trazo urbano basado en dos ejes: el norte-sur y el este-oeste. La ubicación de la pirámide obedece a razones simbólicas, pues se asienta sobre una cueva. Una de las características arquitectónicas de los comienzos de la urbe es el llamado complejo de los tres templos, pues éstos forman pequeñas plazas rodeadas de tres edificios, en los que vemos paramentos inclinados o en talud con su escalinata de acceso.

Debió ser impresionante la cantidad de mano de obra empleada en la construcción de estos primeros edificios. Muy importante resulta el conocimiento que ya desde aquel temprano momento se tenía para calcular el paso del sol por el firmamento, pues la gran Calle de los Muertos presenta una desviación de 17° en relación con el norte. Tam­bién hay que destacar la organización social que debió existir para el control de la naciente urbe, pues para entonces Teoti­huacan con­taba con aproximadamente 30 mil habitantes y la ciudad se había extendido hasta ocupar alrededor de 17 km2, lo que la hacía la metrópoli más grande y poblada de Meso­américa.

Para este momento, otras ciudades importantes se hallan también en pleno desarrollo, como Monte Al­bán, en Oaxaca, en donde los za­po­te­cos de tiempo atrás ocupan lo alto y las laderas de un cerro. Cholula, en Puebla, también ha comenzado su crecimiento, y aunque no hay un cálculo del número de habitantes, no cabe duda de que se perfila como uno de los grandes centros urbanos.

En la fase llamada Miccaotli (150-250 d.C.), Teotihuacan va a seguir creciendo con un ritmo acentuado. Bas­te señalar que es en esta fase cuando la ciudad alcanza su má­xima extensión, llegando a cubrir hasta 22.5 km2, con una población calculada en 45 mil habitantes. Por su tamaño, resulta más grande que la Roma imperial, si bien no alcanza ni una quinta parte de la población de la ciudad de los césares.

Algo muy importante debió de ocurrir al interior de la sociedad teoti­hua­cana durante esta fase, ya que su ­centro, que se encontraba en la Pirámide del Sol, pasa más hacia el sur, y es cuando se construye el gran conjunto de La Ciudadela. De esta enorme plaza parten las calzadas oriente y poniente, que al cruzarse con la Calle de los Muertos, que como sabemos se orienta de norte a sur, van a dividir a la ciudad en cuatro grandes cuadrantes o “barrios”, dándole una configuración muy similar a la que siglos después los aztecas aplicarán en Tenochtitlan.

Vale la pena detenernos por un momento en el conjunto de La Ciudadela. Se trata de una enorme plaza de alrededor de 400 metros por lado en cuyo interior se encuentra uno de los edificios más impresionantes de Teoti­hua­can: el Templo de Que­t­zal­cóatl o de las Serpientes Em­plu­ma­das. El monumento es una verda­dera maravilla en la que se integran armónica­mente la arquitectura, la escultura y la pintura.

El edificio consta de siete cuerpos superpuestos. Cada cuerpo está constituido por un talud sobre el que descansa un tablero pro­fusa­men­te decorado con serpientes de cascabel que a la mitad de su cuerpo muestran un enorme mascarón al que se le han dado diferentes interpretaciones. Hay quien piensa que representa a Tlaltecuhtli, Señor de la Tierra, o a Tláloc, ­deidad del agua. Los cuerpos de las serpientes son ondulantes y tienen conchas y caracoles a su alrededor. De manera magistral los artistas teoti­hua­ca­nos lograron que los cuerpos de serpiente más cercanos a la escalera quedaran de tal modo que sus cabezas emergen en las alfardas de la escalinata. Hay que añadir que todo el edificio estuvo pintado de diversos colores y que en su totalidad fue construido con piedras duras. Recientemente se encontraron grupos de entierros humanos que rodeaban el edificio. Había grupos de 1, 2, 4, 9 y 18 individuos, sacrificados en los cuatro extremos del monumento, en un ritual que se ha relacionado con la agricultura. Todos los individuos, hombres y mujeres, tenían las manos atadas a la espalda y algunos llevaban collares con piezas en forma de mandíbulas. En el centro del edificio se encontraron alrededor de veinte cuerpos que semeja­ban un verdadero túmulo funerario.

Todo lo anterior nos habla de la importancia de este monumento, que llegó a simbolizar el centro de la ciudad, lugar de gran sacralidad pues de él partían los cuatro rumbos del universo. Podríamos agregar que los conjuntos considerados como centro de la ciudad –y por lo tanto, centro del universo–, se caracterizan por tener un edificio orientado hacia el poniente, con una gran plataforma que lo aísla del resto, dándole así un carácter más privado y constituyéndose en un espacio sagrado en relación con el espacio circundante. En Teotihuacan sólo dos edificios tienen esta particularidad: la Pirámide del Sol y La Ciudadela, con el Templo de Quet­zal­cóatl. Para terminar nuestra visita al conjunto de La Ciudadela, es necesario mencionar que el acceso se hace por una escalinata que da a la Calle de los Muertos. La gran plataforma circundante tiene cuatro adoratorios en su parte superior, menos en el lado posterior u oriente, en donde sólo vemos tres. En el centro de la gran plaza se halla un pequeño ado­ra­torio. En comparación con la gran plataforma que rodea a la Pirámide del Sol, ésta tiene igualmente su acceso por el lado poniente y sobre ella también se han encontrado varias edificaciones.

Otra gran plaza que debió configurarse en ese momento es la de la Pirámide de la Luna. Se ubica al norte de la Calle de los Muertos y, al igual que la plaza de La Ciudadela, tuvo un papel muy importante: la de concentrar a un gran número de personas en determinados rituales o ceremonias. Debió de ser imponente ver en estas ceremonias cómo se caminaba por la Calle de los Muertos hasta desembocar en la plaza de la Luna y llevar a cabo allí las festividades. Los dioses requerían de tales manifestaciones y de ello iba a depender una mayor abundancia en la cosecha o el éxito en las incur­siones militares.

Y ya que hablamos de la Calle de los Muertos hay que pensar que todos los edificios a lo largo de ella, y en general todos los conjuntos, estaban policromados, lo cual debió de dar un aspecto muy especial a la ciudad.

Teotihuacan continuó desarrollándose, pero ahora sobre sí misma, es decir, ya no va a crecer en tamaño, sino que se construirá sobre edificios anteriores. Tal es el caso del Templo de Quetzal­cóatl, que queda cubierto por un nuevo edificio que resulta muy infe­rior en cuanto al decorado. En la es­quina suroeste de la plaza de la Pi­rámide de la Luna tenemos el edificio de los Caracoles Em­plu­ma­dos, así llamado por mostrar en las pilastras de su fachada dos caracoles, uno encima de otro, labrados en piedra y pintados de rojo y verde. Por cierto que los caracoles llevan boquillas en uno de sus extremos, lo que indica que están representados como instrumentos musicales. En la esquina de este edificio vemos un pilar de piedra adornado con flores de cuatro pétalos. En el tablero de la plataforma que sostiene estos elementos hay una pintura que representa aves en vuelo pintadas de verde, de cuyo pico sale un chorro de agua que cae sobre una flor amarilla. No sería extraño que el símbolo de la flor de cuatro pétalos fuera el glifo de Teo­ti­hua­can, ya que esta flor indica el centro y los cuatro rum­bos universales. En esta fase, llamada por los arqueólogos Tlami­milolpa (250-450 d.C.), la población aumenta a cerca de 65 mil habitantes, si bien la ciudad se retrae un poco hasta los 22 km2. Los conjuntos departamentales formados por bloques de alrededor de 60 metros por lado se hallan presentes. Algunos de ellos, como Tla­mi­­mi­lol­pa, muestran ya una complejidad en su distribución interna, con pasillos, habitaciones, patios, etcétera.

Es en este momento cuando vemos también la presencia de Teotihuacan en distintas regiones de Mesoamé­rica, como en la Costa del Golfo, en Oaxaca y en la zona maya, al mismo tiempo que rasgos culturales de esas regiones se hacen presentes en la gran urbe.

La siguiente fase de la ciudad se co­no­­ce con el nombre de Xolalpan (450-650 d.C.). La urbe alcanza su máximo esplendor y la presencia teotihua­cana se extiende prácticamente a toda Mesoamérica, al mismo tiempo que en Teotihuacan hay presencia de grupos de otras regiones, como se ve en el llamado “barrio oaxaqueño”. Los conjuntos depar­ta­men­ta­les como Tetitla, Za­cua­­la, La Ventilla, Atetelco, Yaya­hua­la, Tlami­mi­lolpa, Xolalpan, etcétera, continúan su desarrollo iniciado en la fase anterior. Estos conjuntos tienen aproxi­madamente 60 metros por lado y están amurallados y rodeados por calles estrechas que a su vez los unen con otros conjuntos. También presentan uno o dos accesos, y en su interior hay pasillos que comunican con habitaciones o patios. Estos patios tienen desagües y se han encontrado tapones de piedra, lo que hace pensar que posiblemente estancaban el agua de lluvia para su aprovechamiento; a la vez, estos patios abiertos servían como fuente para la luz del día. Los conjuntos muestran, en ocasiones, áreas ceremoniales con altarcillos. Por lo general, los muros están pintados con escenas de carácter religioso o ceremonial. A esta fase corresponden murales como el del gran puma que se encuentra en la Calle de los Muertos, el Tlalocan de Tepantitla, y un poco más tarde los murales de los jaguares en la parte posterior del Palacio de las Mariposas, los del Patio Blanco de Atetelco, con jaguares y coyotes, además de guerreros águila y el dios Tláloc. Resulta muy interesante que en La Ventilla las exca­vaciones revelaron conjuntos de gran riqueza en sus acabados arquitectónicos, en tanto que a pocos metros se encontró todo un conjunto que sirvió de habitación para grupos de artesanos y gente trabajadora. En efecto, las habitaciones no muestran la riqueza de los primeros, y lo que se encontró fueron instrumentos para el trabajo, así como ob­je­tos de cerámica, máscaras de piedra, etcétera, que se fabricaron en el lugar. Estos hallazgos vienen a aclarar en mucho algunos aspectos de las relaciones entre la sociedad teoti­hua­cana.

En cuanto a la red de drenajes subterráneos, cabe agregar que se trata de un verdadero trabajo de ingeniería, pues se ha visto cómo el agua es canalizada desde los techos y paredes hasta llegar a los drenajes que la llevan hasta los pozos de absorción o al río. También sabemos que había grandes estanques en donde se almacenaba agua para el servicio de la ciudad.

Otro aspecto interesante es la presencia, frente a La Ciudadela, del gran conjunto que se piensa sirvió como mercado de la ciudad. Esto resulta importante porque es el lugar donde se llevaba a cabo el in­tercam­bio de productos diversos, tanto locales como provenientes de otras regiones. No es de extrañar su ubicación frente a la gran plaza de La Ciudadela, centro del universo, pues éste es un patrón que va a perdurar a lo largo del tiempo. En Tla­te­lol­co, por ejemplo, siglos más tarde veremos que el mercado se asienta en la parte posterior del gran recinto ceremonial.

La extensión de la ciudad alcanza los 20.5 km2y la población llega a su máxima expansión, calculándose en alrededor de 85 mil personas.

La siguiente fase se conoce como Metepec (650-750 d.C.). En ella se nota una ligera disminución de la población, que llega a 70 mil habitantes. También es notorio que el apogeo de la ciudad viene a menos y estamos en el preámbulo de cambios fundamentales que van a suceder en el centro de México, con repercusiones en toda Mesoamérica. Después del año 750 existe una población de apenas 5 mil habitantes, terminando así la importancia que Teotihuacan tuvo a lo largo de ocho siglos. La arqueología ha mostrado que para este momento hay evidencias de que la ciudad fue incendiada y saqueada, con el consiguiente aban­dono. ¿A qué se debió esto?

Algunos investigadores piensan que hubo un levantamiento armado en contra de las clases dirigentes; otros opinan que pudo haber ocurrido una catástrofe ecológica por la desmedida explotación del medio ambiente; los de más allá dicen que fueron grupos provenientes del norte quienes destruyeron la ciudad, y no falta quien asegure que los nexos comerciales con otras regiones fueron interrumpidos, siendo ésta la causa de la caída de la urbe. No compartimos ninguno de estos planteamientos, pues no hay datos suficientes para sustentarlos. Creemos que lo que ocurrió en Teotihuacan es lo mismo que pasó a muchas sociedades mesoame­­­ricanas: llegan a su má­xi­ma expansión conquistando pueblos a los que someten militarmente y les aplican el tributo correspondiente. Luego, en un momento de debilidad de la metrópoli esos grupos se levantan y acaban con quien los tiene sometidos. Esto ocurrió con Azcapotzalco y lo mismo pasó con los aztecas. No nos extrañaría que en Teotihuacan se presentara una situación similar. Habrá que esperar nuevos datos que nos informen al respecto. Lo cierto es que en Teotihuacan se iniciaron muchos de los rasgos que van a perdurar en sociedades posteriores del centro de México.

Así, aunque la ciudad fue destruida, su presencia e influencia permanecen en el tiempo…

Fuente: Pasajes de la Historia No. 4 El milenio teotihuacano / noviembre 2000

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