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Tres Castillos. El lugar donde murieron los apaches (Chihuahua)

Empecé la exploración del estado de Chihuahua a través de la lectura de su historia, y encontré tan cautivadores algunos pasajes que me resultó imprescindible visitar los sitios donde ocurrieron los hechos.

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Particularmente me impresionó la historia de la guerra apache, desarrollada a lo largo de 200 años, y cuyo principal escenario fue la belleza “bárbara” de la geografía de Chihuahua, además del territorio que actualmente ocupan Sonora, Durango y Coahuila, en México, y Nuevo México, Arizona, Kansas, Oklahoma y Texas, en Estados Unidos. El único jefe apache que ha trascendido al conocimiento del público general es Jerónimo, gracias a que sobrevivió a la guerra recluido en una reservación estadounidense, y a que Hollywood difundió su imagen a través de varias películas.

El indio Victorio

La verdadera culminación del poderío apache se dio bajo el mando del jefe Victorio o Vitorio quien, siendo chiricahua, unificó a numerosos grupos apaches contra los blancos. De hecho, fue un líder invicto, cuya derrota fue la muerte, lo cual acarreó la decadencia de los grupos apaches.

Cuenta la leyenda que Victorio era mestizo, y a la edad de seis años, en 1849, fue raptado en la hacienda de Encinillas, Chihuahua, por una partida apache. Pronto se volvió apache, aprendió la lengua, dominó el caballo a la perfección y se adaptó a la áspera vida del grupo. Siempre perseguidos, siempre en guerra, siempre atacando o huyendo; arrancando cabelleras y sobreviviendo en duras y prolongadas jornadas con carne seca y pinole, el desierto fue su hogar y refugio.

Victorio, para vengar el asesinato de la mujer que sería su esposa, se convirtió en el más sanguinario de los jefes apaches y destacó entre ellos por su postura violenta y extremosa. Con su prestigio ganó el poder sobre Mangus, heredero del poder apache. Bajo su mando se agruparon otros jefes como Ju (también llamado “Loco”, Zele, Chato, Jerónimo y Nana).

Entre 1872 y 1880 Victorio se convirtió en el terror a ambos lados de la frontera, donde sendos ejércitos buscaban capturar o matar al jefe apache y a sus guerreros.

El “azote de los indios”

Quien logró derrotar a Victorio fue el coronel Joaquín Terrazas, después de perseguirlo durante mucho tiempo por el desierto chihuahuense. Terrazas, al igual que Victorio, fue un hombre extraordinario. Fernando Jordán, en suCrónica de un país bárbaro, dice sobre Terrazas: “Fue, en suma, un hombre singular y un personaje de leyenda. A su lado, Búfalo Bill no hubiera sido más que unboy-scout. La árida tierra chihuahuense no ha vuelto a producir un hombre semejante.”

Don Joaquín era primo hermano del famoso Luis Terrazas, varias veces gobernador de Chihuahua, cacique y uno de los más grandes latifundistas y hacendados de la época. Sin embargo, don Joaquín era diferente a Luis, sencillo, humilde y discreto, entregado a la tarea de debilitar y acabar con los apaches, a la cual dedicó treinta años, hasta darles el golpe definitivo.

La lucha de Tres Castillos

En junio de 1880, Victorio, después de un tiempo de correrías en Arizona, volvió a Chihuahua para continuar con más vigor sus ataques en México. Don Joaquín reunió un cuerpo de 350 voluntarios armados, provenientes de distintos puntos del estado. En este contingente participó un grupo de rifleros tarahumaras, de la comunidad de Arisiachi. Los tarahumaras también habían sido víctimas de los apaches, como represalia por participar en anteriores persecuciones contra los chiricahuas.

En esta ocasión, Victorio llevaba consigo un gran número de familias apaches completas, por lo que su marcha no fue tan rápida. Terrazas empezó a coparlo.

En realidad, ya para entonces Victorio se encontraba entre dos fuegos: los ejércitos de México y de Estados Unidos.

Durante la persecución, Victorio decidió descansar en el paraje de Tres Castillos, donde lo alcanzó Terrazas; era el 14 de octubre. La batalla se inició por la tarde, cuando quedaron frente a frente la columna de Terrazas y dos grupos de apaches. Contra lo que solían hacer, guerra de guerrillas, los apaches se vieron forzados a una lucha frontal. Las dos columnas avanzaron a toda velocidad. Dos corredores tarahumaras, Mauricio y Roque, se adelantaron, con sus pies ligeros, a la columna de Terrazas y, a escasos 20 m de los apaches, dispararon. Mauricio dio en el blanco e hirió mortalmente a Victorio. La muerte del jefe propició la derrota apache, aunque la lucha continuó toda la noche y parte del día 15. Los últimos apaches resistieron desde una pequeña cueva. No aceptaban la rendición, y muchas horas después fueron aniquilados. Anteriormente, a Terrazas se le llamaba “el azote de los indios”, pero a partir de este episodio se le nombró el “Héroe de Tres Castillos”.

Después de este golpe, la apachería ya no volvió a recuperarse, aunque continuaron sus incursiones esporádicas todavía hasta 1886. Ju sucedió a Victorio, y posteriormente Jerónimo sucedió a Ju.

Trres castillos 115 años después

La historia de la guerra apache tiene su punto culminante en Tres Castillos. Después de leer una y otra vez varios libros sobre esta guerra, decidí visitar el olvidado sitio. Siento un profundo respeto por los protagonistas, y para mí era importante conocer los sitios donde estuvieron, esencialmente el lugar donde murieron los apaches.

Tres Castillos se encuentra a unos 150 km al noreste de la ciudad de Chihuahua, dentro del municipio de Coyame, en una región que destaca por su aridez. Una fría mañana de diciembre salí de la pequeña comunidad de Coyame rumbo al paraje, a través de una terracería de 80 km, que no siempre se encuentra en buen estado.

El camino presenta una serie de inmensas llanuras salpicadas, de vez en cuando, por pequeñas sierras. La aridez es extrema e intensamente bella; destacan los paisajes desbordados de ocotillos, yucas, mezquites, gobernadoras, biznagas y palmillas. Diseminados por las llanuras se encuentran varios ranchos ganaderos, algunos de ellos sobrevivientes de la época apache. Pasamos por varios de ellos; de otros únicamente vimos las desviaciones: Santo Niño, La Rinconada, La Mora, La Escuelita, La Paloma, El John, Agua Zarca y El Escondido.

Después de hora y media distinguimos a lo lejos nuestro objetivo: los cerros de Tres Castillos. Entre el cielo nublado se había colado un rayo de sol que hacía resplandecer, con tonos dorados, los tres pequeños cerros. Antes de alcanzar nuestra meta, pasamos el rancho El Escondido, en cuyos terrenos se encuentran, y pedimos permiso al capataz. Éste accedió, e incluso nos dio un par de llaves para que abriéramos las puertas que hay en la ruta.

Quince minutos después detuvimos nuestro vehículo, a escasos 100 m de tres cerros graníticos. Con unos 50 y 60 m de altura el más alto, se encuentran orientados casi de norte a sur, y rodeados por una árida e inmensa llanura, que se inunda de vez en cuando y forma cuerpos de agua de cierta amplitud.

El sitio impresiona por su soledad, y la vista se pierde tras el horizonte inmenso. Creo que por esto les gustaba el desierto a los apaches, pues los horizontes son tan amplios como su libertad.

Vestigios apaches

Después de 115 años Tres Castillos parece intacto. Aún se conservan las trincheras de los apaches, y los restos de sus campamentos. Incluso encontramos algunos casquillos de bala de la época, sin lugar a dudas vestigios de lucha, así como puntas de flecha, cuchillos de piedra y otras herramientas. En el cerro sur localicé la pequeña cueva donde fueran abatidos los últimos apaches del grupo de Victorio. Subí a la cumbre de los tres cerros y la vista me maravilló. Medité sobre lo que representaba el sitio; escuché a lo lejos el aullido de un grupo de coyotes: “Es el aullido de los apaches”, pensé, así habrían aullado al presagio de la muerte, y ver caído a Victorio y velarlo durante toda la noche del 14 de octubre de 1880. Cuando me encontraba en la cumbre del cerro del medio, grité con todas mis fuerzas para escuchar algún eco, y para mi sorpresa se escuchó perfectamente bien. El eco me devolvía las imágenes de los apaches en pie de lucha, con los cuerpos pintados y disparando sus rifles y flechas.

En todo Chihuahua no he encontrado una sola tumba apache. En realidad, Tres Castillos es como la tumba de toda una etnia. Es la tumba de todos los apaches y su epitafio es la naturaleza hostil que la rodea.

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