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Un espía en Chichén Itzá

Salí de Mayapán en un día 2 Ahau 13 Chen hacia “la boca del pozo de los Itzáes”, a donde llegaría en tres días. Mientras viajaba, pensaba preocupado en la aventura que me esperaba.

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El batab del linaje Caan me había encargado ir a Chichén Itzá y mirar cómo era su ciudad, y si era cierto que ahí se manifestaban los dioses cuando los astros mostraban su luminosidad.

Para pasar inadvertido tuve que unirme a una partida de regatones que iban a comprar productos a la gran metrópoli, donde se concentraban los objetos de lujo. Iba vestido como un polom: el cuerpo pintado de negro, una lanza en la mano, un bulto de tela en la espalda y con ropas de algodón. Me quitaba el sosiego el idioma; aunque los pobladores de Chichén hablaban el maya como yo, los Itzáes tenían otro modo de expresarse, y eran ellos quienes gobernaban en esa capital. Ante mis constantes preguntas acerca del idioma, los comerciantes me repetían algunas palabras de uso común en los tratos comerciales, pero mi viaje tenía otro fin…

En ocasiones encontraba la serenidad, sobre todo cuando nos parábamos a quemar copal a la estrella del norte, Xaman Ek, o cuando rendíamos culto al dios de los comerciantes, Ek Chuah.

Entramos en la ciudad al atardecer y de inmediato tomamos un camino blanco, un sacbé, que nos llevó a una importante zona de comerciantes. Después de andar por varios caminos, observando con discreción hacia todos lados, nos detuvimos ante una residencia con cuartos abovedados. De fachada suntuosa, decorada con mascarones de Chaac y con formas geométricas que me parecieron serpientes, el edificio era un refugio seguro donde dejaríamos nuestros bultos. Los cuartos eran amplios, con columnas o pilares como soporte interior y pórticos semiabiertos. La impresión de la sacralidad comenzó desde mi ingreso al hospedaje, porque todos los muros que me rodeaban estaban estucados y pintados con figuras de serpientes emplumadas, jaguares caminando o sentados, seres que eran una combinación de hombre-águila-serpiente-jaguar, cargadores del cielo, árboles llenos de animales. Pero también había escenas narrativas de guerras y de sacrificios.

El aposento que me rodeaba mostraba la energía de las fuerzas sobrehumanas y la reciedumbre de las fuerzas humanas de Chichén Itzá. Era cierto: estaba en un lugar poderoso donde dioses y hombres intercambiaban su vitalidad. Debía conservar en la memoria todo esto para describírselo a mi señor.

Ahora debería encontrar la manera de separarme del grupo y penetrar al centro religioso de la ciudad. Para ello convencí a un p´entacob, hombre de servicio que vigilaba el lugar, de mi fervor por los dioses y de mis promesas de orar y derramar sangre en los sitios más sagrados de Chichén Itzá. Tendría que vestirme como él para pasar por persona que purgaba una falta con servicios y apartarme del grupo de mercaderes, sólo por cortos periodos para que no se notara mi ausencia.

Pasadas dos lunas me decidí a caminar, a la puesta del Sol, hacia el norte, con el corazón palpitante porque iba al encuentro de los dioses. Como a quinientos mecates [medida lineal que usan los indígenas mayas y que equivale a 20 metros aproximadamente] de distancia me encontré con una amplia plaza y fui localizando cada uno de los edificios, según me habían platicado algunos comerciantes y mi guía. De inmediato experimenté la presencia de los dioses. Este escenario de fuerzas sagradas invitaba a la meditación y a la oración.

Iluminado por la estrella de la tarde, miré un complejo de edificios (hoy en día llamado Las Monjas) donde –se dice– vivían hechiceras que intervenían en ciertos ritos. En un gran basamento de esquinas redondeadas, con amplia escalera de límites lisos, se alza un conjunto de cuartos con fachadas al norte, viendo a la plaza, y con otra portada al sur, todas ellas decoradas con mosaicos de piedras labrados en formas de grecas, así como columnitas y tamborcitos. Tiene un anexo cuya profusa decoración marca enfáticamente la presencia del dios de la lluvia, pero en esta repetida presencia está incluido un gobernante con penacho y rodeado de plumas, elementos que acentúan su función de intermediario entre los hombres y los dioses. La fachada también es una gran boca abierta del monstruo serpentino por donde los mandatarios ingresaban a recibir los dones que les permitían desempeñar el poder.

Las energías de Chaac parecen concentrarse en La Iglesia, como fuerzas del medio celeste, porque están presentes los cuatro bacabes, que son los que sostienen la bóveda del cielo en las cuatro esquinas del mundo, las cuatro casas del Sol.

Caminando hacia el norte llegué a un singular edificio redondo sostenido por dos largas plataformas de amplias escaleras guarecidas por serpientes emplumadas que miraban hacia el oeste. Asentado en ellas hay un edificio en forma de tambor coronado por muros curvos, con ventanitas, a manera de una torre. Dicen que sólo los sacerdotes astrónomos entran al edificio y ascienden a la parte de arriba por una escalera en forma de caracol (por eso le gente se refiere a este edificio como El Caracol). Me han informado que por la entrada de la fachada principal se muestran las fuerzas solares, como sombras, durante los solsticios y los equinoccios. Por las ventanitas de la torre aparecía el dios venusino Kukulcán, al observarse Venus como estrella de la tarde; así, el edificio estaba alineado para medir tiempos astrales.

Del observatorio astronómico, encaminado al noroeste, pasé a una Casa Colorada, dedicada, según se dice, al esposo de la diosa Ixchel, Chichanchob.

Regresando sobre mis pasos, conmovido por todo lo que había visto y rememorando las formas, las decoraciones y los sentidos de los edificios, debía volver a platicar con mi guía y pedirle me adentrara aún más en los espacios sagrados de la ciudad.

Otras lunas pasaron hasta que, de nueva cuenta, llegó el momento favorable para circular por los centros sagrados. Cuando las fuerzas divinas se me presentaron propicias entré en un lugar rodeado de murallas. Con el miedo de ser afectado por las emanaciones de las fuerzas de la muerte, pero preparado con los ritos apropiados, ingresé a lo que la gente del pueblo llama El Osario, donde se entierran los huesos descarnados de los ancestros. La construcción principal de este conjunto de edificios es una plataforma escalonada de siete cuerpos, con un templo en la cúspide que marca un lugar de esencias divinas: una cueva. El tránsito a esta boca del inframundo estaba señalado por un tiro vertical revestido de piedras labradas.

Refugiado en la residencia que me hospedaba, estuve esperando la fecha más importante en el calendario ritual de Chichén Itzá: la fiesta de Kukulcán. Y por fin llegó el momento: el equinoccio de primavera, cuando el dios se hace presente a la población. Me preparé con ayunos y purificaciones para dar culto al dios y tomar parte del ritual público, al que asistirían todos los habitantes de la ciudad y muchos más de los lugares vecinos. Primero transité en solemne peregrinación por un sacbé que comunicaba a El Osario con la gran plaza del templo de Kukulcán, en medio de los cuales había una muralla que debía traspasar. Acceder al corazón religioso de Chichén Itzá exigía una preparación religiosa de ayunos, abstinencias y oraciones. Uniéndome a una procesión de jóvenes caminaba con solemnidad, pues este camino sagrado estaba cuidadosamente construido, semejando el camino blanco del cielo, es decir la Vía Láctea. Al traspasar el arco de la muralla percibí las fuerzas divinas con intensidad, en la amplitud del espacio abierto de la plaza, delimitada por el Templo de los Guerreros y las Mil Columnas al este y el Juego de Pelota al oeste. El extenso espacio sagrado se interrumpía en la parte central por la monumentalidad de la pirámide de Kukulcán, semejando un eje del mundo, con cuatro fachadas que señalan los cuatro rumbos del universo. Así como figura el mundo y sus extremos, también representa el tiempo, porque sumando los escalones de las fachadas y la base del templo resulta el número 365, duración del ciclo solar. Con sus nueve niveles, era un monumento a las nueve regiones del inframundo donde Kukulcán yacía, como principio de vida. Por tanto, lo que estaba contemplando era el monumento al sitio donde se había efectuado la creación. La intensidad de ese sentimiento me turbaba, pero tratando de abrir mis ojos y mi corazón a los acontecimientos, con devoto recogimiento fui observando el tránsito del Sol después de su llegada al punto más alto, y cuando comenzaba a ponerse, sus rayos de luz se reflejaban sobre los bordes de la escalinata, generando una serie de sombras triangulares que producen la ilusión de una serpiente que va descendiendo lentamente de la pirámide conforme el Sol va declinando. Así se manifiesta el dios a sus fieles.

Con el paso del tiempo la plaza se iba desocupando, entonces busqué dónde esconderme para pasar a conocer otras construcciones. Me quedé hasta el amanecer, recargado entre dos esquinas de un muro de cráneos. Antes de que despuntara el Sol aparecieron varios hombres que limpiaban, en silencio y con esmero, el recinto sagrado. Cuando estaban cerca de mí disimulé estar haciendo lo mismo, y después de rodear una plataforma de águilas y tigres devorando corazones, me dirigí al Juego de Pelota, que limitaba la parte oeste de la plaza del templo de Kukulcán. Comencé a recorrerlo ingresando por un costado del Templo adosado que mira al este. Era realmente un edificio colosal. La cancha se componía de dos patios anchos en los extremos y uno más angosto y largo en el centro, cerrada por muros y edificaciones en ambos extremos, y demarcada a lo largo por extensas plataformas de muros verticales que se desplantan de banquetas de paramentos inclinados. Copiosamente decorado, todos sus relieves señalaban el sentido religioso de este ritual. Simbólicamente, la cancha del juego de pelota es un escenario del cielo donde se mueven los cuerpos celestes, particularmente el Sol, la Luna y Venus. En los muros de la parte superior del angosto patio había dos anillos por donde debía pasar la pelota, que estaban esculpidos con serpientes entrelazadas, éstos indicaban el umbral del paso al inframundo. Admiré en los relieves de la banqueta la procesión de dos grupos de guerreros-jugadores de pelota que se desenvolvían a los lados de un centro, representado por una pelota en forma de cráneo humano. Encabezaba el desfile de los guerreros de Kukulcán el cuerpo de un degollado, del que emergían seis serpientes y una rama florida, interpretando a la sangre como elemento fecundante de la naturaleza. Del otro lado de la pelota está el sacrificador que preside otra fila de guerreros-jugadores; al parecer, éstos son los victoriosos y aquéllos los derrotados. Esta escena parece representar las guerras humanas, como una versión de las luchas cósmicas, es decir la dinámica del mundo natural y humano por el enfrentamiento de los contrarios.

Intentando no ser descubierto caminé por la muralla hacia el este, para recorrer otra vía sacra. Uniéndome a algunos peregrinos que habían llegado a ver la apoteosis de Kukulcán traté de llegar al otro corazón vital de la ciudad: “la boca del pozo de los Itzáes”. Cumpliendo con las estaciones marcadas por el ritual, caminé rodeado de un verdor intenso. Al llegar a la boca del cenote quedé absorto por su distintiva belleza: es el más amplio que hasta ahora he visto, también el más hondo y el de paredes más verticales que conozco. Todos los peregrinos comenzaron a mostrar ofrendas y a lanzarlas: jades, oro, objetos de madera como lanzas, ídolos e instrumentos de tejido, vasijas de cerámica llenas de incienso y muchas cosas de valor. Supe que en ciertas ceremonias se ofrendaban niños, para que con su llanto, por magia simpática, atrajeran a la lluvia, por ello era el sitio preciso para adorar a Chaac.

Me retiré con plegarias al dios de la lluvia, agradeciéndole la bondad de permitirme estar en un sitio de tan alta sacralidad. Regresando a la gran plaza, en su parte norte contemplé otra monumental construcción, precedida por pilares que sostenían un vestíbulo abovedado. Estos pilares confirmaban mi concepto de los habitantes de Chichén Itzá como un pueblo de guerreros conquistadores que tomaban las confrontaciones bélicas como una forma de duplicar la dinámica cósmica y mantener la armonía universal. Al irme retirando del sitio pude admirar la Pirámide de los Guerreros, con sus escalonamientos ascendentes, que en su parte vertical tenían losas con figuras humanas enmascaradas y jaguares, águilas y coyotes en actitud de comer corazones humanos. Un poco más lejos observé el magnífico templo con un pórtico. La entrada está precedida por dos enormes serpientes con la cabeza en el piso, el cuerpo vertical y el crótalo sosteniendo la viga del claro, magníficas representaciones de Kukulcán.

Al atardecer me reuní con los mercaderes que ya preparaban el viaje de regreso a Mayapán. Iba convencido de que Chichén Itzá era la ciudad sagrada por excelencia, dominada por el culto a Kukulcán como el conquistador, inspirador de un espíritu guerrero en la ciudad, y como dios, síntesis de quetzal y serpiente de cascabel, aliento de vida, principio de generación y creador cultural.

Fuente: Pasajes de la Historia No. 6 Quetzalcóatl y su época / noviembre 2002

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