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Un milagro, un recorrido de aserrín y flores en Tlaxcala

Eran las dos de la mañana y La Virgen de Ocotlán bajaba de su nicho nuevamente para ser adorada por el pueblo tlaxcalteca. El fervor se volcó a las calles e inició la peregrinación que por muchas horas se cubriría de pétalos y rezos.

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El eco de las campanas anunció la primera de nueve misas. En plena madrugada, me encaminé a disfrutar de la mayor expresión del barroco en Tlaxcala: la Basílica de Ocotlán, situada a 15 minutos a pie, desde la plaza de la Constitución, en el centro de la ciudad.

Al llegar al atrio de la iglesia, los tapetes artesanales de aserrín pintado, que son parte de las festividades más importantes en el estado, ya estaban listos. Los mariachis iniciaban su canto que, entre cientos de personas, no cesaría hasta que la Virgen regresara a su templo.

La celebración, según fuentes históricas, da inicio con la aparición de la Virgen en 1541, cuando Juan Diego Bernardino, yendo por agua rumbo al río Zahuapan, es sorprendido por las palabras y la imagen que se presentó frente a él. Ante el cuestionamiento de para qué llevaba tanta agua, Juan Diego respondió que era para los enfermos, debido a que la viruela azotaba a la población. Es así que la Virgen le indica el sitio en donde deberá tomar el agua para curarlos.

La leyenda cuenta además que tras un fuerte rayo que cayó en el cerro, se produjo un incendio en uno de los árboles de ocote, al extinguirse, surgió de entre las cenizas la figura de la Virgen. Así, la imagen fue llevada ante los frailes franciscanos, y después, en procesión, a una pequeña capilla donde se veneraba a San Lorenzo. Inmediatamente, la multitud bajó al santo y subió a la Virgen a su nuevo nicho. El sacristán, enfurecido porque bajaron al santo de su devoción, esperó la noche y lo volvió a colocar en su lugar. Al siguiente día, la Virgen se encontraba de nuevo arriba. La historia se repitió, incluso cuando el padre llevó la imagen a su casa para evitar a toda costa que la Virgen sustituyera el altar de San Lorenzo. Todos adjudicaban que los hechos eran realizados por los ángeles y es sólo así que el sacristán aceptó finalmente a la Virgen de Ocotlán.

Los Caballeros de la Virgen

Una vez que se reza, se llora y se ofrendan flores o sacrificios, los asignados en cargar y proteger a la Virgen durante todo el trayecto, se preparan para la ardua tarea. Marciano Padilla forma parte de una de las sociedades creadas con este propósito y nos explicó que por un lado existe la Sociedad de Cargadores de Andas, destinados a sostener en hombros durante todo el recorrido la valiosa imagen; y por otro está la Sociedad del Palio, encargada de cubrirla y evitar que la luz provoque su deterioro.

El significado de esta fiesta adquiere forma cuando la Virgen visita a la gente del pueblo dentro de su vida cotidiana, como en una tienda departamental, el mercado municipal, el hospital, la central camionera y la catedral, entre algunos otros puntos. El Pocito, último punto antes de regresar a la parroquia y espacio donde sucedió la aparición, todavía es visitado por personas que extraen agua de su fondo.

Una vez que los llamados “Caballeros de la Virgen” anunciaron que estaban listos, la valla humana, formada principalmente por jóvenes, esperaba para acompañarla en su regreso, para evitar que su paso fuera obstruido. Mientras, los fuegos artificiales vestían el cielo y despedían a la Virgen.

Al final del trayecto, la lluvia apareció y todos caminaban empapados cuesta arriba, despejando las dudas en su devoción. El camino, antes marcado lleno de colores, como acuarela se diluía, a pocos minutos de que la hazaña fuera cumplida. Sin embargo, nada impidió que los “Caballeros de la Virgen” de Ocotlán regresaran a la basílica cansados y a la vez satisfechos de concluir la ofrenda que otro año renueva la creencia de esta hermosa ciudad.

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