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Un viaje por tierra adentro

El estado de Puebla es grande, sus 36 km2 encierran una gran cantidad de pueblos y ciudades que muchas veces pasan inadvertidos en la geografía nacional.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Por sus atractivos que vale la pena dar a conocer, porque en la medida en que se vayan descubriendo valoraremos la riqueza que las diversas culturas nos han legado. Un buen ejemplo de ello sería Tepeaca, que casi nadie sabe que fue el auténtico primer ayuntamiento que Cortés estableció tierra adentro. La ciudad fue diseñada para albergar al gigantesco tianguis, y de ahí la enormidad del espacio. Aquí se encuentra la torre de homenaje llamada “El Rollo”, rodeada de unos fabulosos leones emplumados, esculpidos en piedra, quizás una de las primeras esculturas coloniales. Luego está Tecamachalco, con su magnífico convento franciscano, célebre por las pinturas en amate que el indio Juan Gerson colocó en la bóveda en 1562. Tehuacán, la segunda ciudad del estado, es famosa por sus aguas minerales, pero tiene también un convento carmelita, otro franciscano y una muy interesante catedral. Relativamente cerca está Tehuacán Viejo, una gigantesca ciudad prehispánica en proceso de investigación arqueológica (recordemos que Tehuacán “es la cuna del maíz”).

Por el rumbo de la Sierra Norte, entre los bosques de coníferas y de grandes mafafas, aparecen los pueblos que presiden esas sinuosidades desde tiempos inmemoriales: Tlatlauhqui, con sus casas de tejas rojas, colorido tianguis, abrigadores portales y enorme convento de complicado artesonado. Muy poco tiene uno que caminar para llegar a Yaonáhuac, pueblo dedicado a un Santiago que tiene trenza larga, como los viejos guerreros nahuas, y a quien se ofrecen mazorcas, frutas y abalorios. Es lugar de mujeres tejedoras de chales y huipiles, que compiten con las de Hueyapan en maravillosos diseños floridos y fantásticos seres mágicos. Por ahí también hay que descubrir Teziutlán,la “Perla de la Sierra”, con sus calles de subir y bajar, y los tejados muy volados para proteger al viajante de las constantes lluvias, pues eso significa Teziutlán: “lugar de granizo”. Llama la atención la catedral de torres altísimas, desproporcionadas en relación con las del famoso santuario del Carmen, con sus cuatro torrecillas, casi de juguete. En esa misma zona está Zacapoaxtla, afamada por los indígenas que defendieron la patria en 1862, aunque en realidad lo fueron los de Xochitlán, lugar muy cercano e igualmente atractivo. Ambas comunidades tienen esa arquitectura vernácula de tejados, aleros, balcones, portales, callejuelas y templos adornados con la rojísima flor de palma llamada chamaqui.

En la Sierra reluce Cuetzalan, prácticamente sumida en una floresta inmensurable; apenas si destaca la altísima torre única de la parroquia, templo diseñado al estilo renacentista, pero concluida en 1939. También está la iglesia “de los jarritos”, porque un arquitecto copió la basílica de Lourdes a lo serrano, es decir que la torre de aguja gótica fue adornada con jarros de barro. Realmente lo mejor de esa zona son los indígenas; van por las calles luciendo sus impecables atuendos, ellos el cotón negro de lana y ellas la cueitl de albos pliegues, faja elegante y muy elaborado quechquémitl; por si fuera poco, los días de fiesta portan un gran turbante de hilos de lana. Resaltan las danzas que se ejecutan ritualmente en todos los atrios y plazas, principalmente la de los “Voladores”, que es típica de toda la Sierra, tanto poblana como veracruzana.

De la zona anterior hay que recorrer los volcanes: el Popocatépetl y su inseparable compañera Iztaccíhuatl: Don Gregorio y Doña Rosita para los iniciados en el culto a los volcanes. En las estribaciones hay pueblos de singular belleza como Tochimilco, con sus enormes árboles de aguacate y su acueducto que lleva el líquido hasta la fuente mudéjar, no sin antes pasar por el monasterio franciscano. También por ahí está Huaquechula, donde fray Juan de Alameda edificó la casa de los franciscanos, cuyo templo ostenta un retablo con pinturas de Villalpando. Cada fiesta de muertos el pueblo se llena de visitantes que vienen a admirar los formidables y espectaculares “altares”. En Huejotzingo, donde se elaboran sidras de gran calidad, se puede admirar un convento franciscano de imponente mole fortificada, uno de los primeros cuatro que construyeron los franciscanos, hoy convertido en unmuseo.

Al sur, ya en la tierra caliente, está Izúcar de Matamoros, con su enorme convento dominico, el gran mercado y los múltiples balnearios donde se disfruta del maravilloso clima reinante.

Es difícil resumir los múltiples atractivos del estado de Puebla, pues en este recorrido relámpago no fuimos a Huauchinango, Chignahuapan,Xicotepec,Chalchicomula o Iztacamaxtitlán. No obstante, los curiosos pueden descubrir esos rincones, pues ahí están, para fortuna de todos.

Fuente: Guía México desconocido No. 57 Puebla / marzo 2000

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