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Una rodada mágica en Jalisco

La bici nos ofrece diferentes sensaciones, la comunión con el ambiente se torna algo único y el terreno por momentos entabla una profunda relación con nuestras ruedas. Por eso, a la hora de definir la forma en que visitaría los Pueblos Mágicos de Jalisco, me decidí por la bici de montaña.

No es lo mismo ver la tierra desde el aire, que desde la misma superficie  o debajo de ella. También creemos que las perspectivas cambian según el medio de transporte que uno utilice e incluso la velocidad a la que se viaja. No es la misma sensación la de correr velozmente por una angosta vereda, sintiendo como fluye el camino bajo nuestros pies, a caminarla percibiendo el más sutil detalle del paisaje.

Lienzo de color

Visitar Tapalpa, tierra de colores en náhuatl, es efectivamente como zambullirse en el lienzo de un pintor. Llegamos en la camioneta, desde Guadalajara y después de un “desayuno de campeones” (en lo personal me confieso admirador del pan tapatío) ya estábamos casi listos para subirnos a los pedales. Casco, guantes, lentes y otros gadgets ciclísticos, y algo de víveres. Con el primer impulso comenzó el movimiento horizontal, pero también vertical, es que los primeros metros que recorrimos fueron los de las calles empedradas de Tapalpa. Recorrerlas se volvió un ablandador de carne, visto desde una perspectiva más positiva, un ejercicio de “relajación”, pero nada parecido a la meditación o al yoga. Sin embargo hay que ser realista, y la verdad que mientras escribo estas palabras, el recuerdo de dicho zangoloteo no se compara con el recuerdo mismo de ir pedaleando por Tapalpa, y captar el festín de color de sus casas blancas de tejas rojas, sus balcones y puertas de madera. Frente a esta postal, la verdad es que cualquier tipo de incomodidad física queda perdonada, o como dicen por ahí, “el que quiere durazno que se aguante la pelusa”.

Antes de dejar atrás Tapalpa, no estaba de más hacer una breve visita al centro del pueblo. En una banqueta de la calle principal algunas mesas exhibían dulces regionales, los famosos borrachitos, por ejemplo; varios derivados de la leche, como el pegoste; algunas frutas de la sierra en almíbar, así como el tradicional rompope de la zona. De la misma forma que la gallina persigue picoteando los granos de maíz, seguimos por la calle Matamoros, puesto tras puesto hasta topar con el templo de San Antonio, que se erige en el extremo de una gran explanada. Frente a este edificio está el antiguo campanario de la misma iglesia del siglo XVI.

Ferrería de Tula

Poco a poco, pedaleada tras pedaleada, nos adentramos en el campo tapatío, rumbo a la Hacienda de San Francisco. Interminables bardas de piedra nos acompañaron a lo largo y en ambos márgenes del camino. Extensas praderas, cual tapiz verde que se moldea con las caricias del viento, teñían por completo el paisaje, salpicado de vez en cuando por un grupo marginado de flores silvestres. Las lluvias de los días anteriores crecieron los arroyos y cruzarlos fue la garantía de que nos refrescaríamos los pies. La brisa fresca del bosque nos abrazó a medida que el camino se fue cubriendo de frondosos pinos, madroños, encinos y oyameles. El camino, cuyo destino era el pueblo de Ferrería de Tula, ya habiendo mutado en un angosto sendero, cruzaba algunas puertas rústicas de madera que nos hacían detener. Por momentos, la mente cruzaba las fronteras  y el paisaje me remontaba hacia esas praderas idílicas de los Alpes suizos. Pero no, mi cuerpo seguía en Jalisco, y la idea de que en México tengamos estos maravillosos lugares, me llenó de regocijo.

Poco a poco comenzaron a aparecer algunas casas al costado del camino, señal de que nos acercábamos a la civilización. Pronto nos encontramos en las inmediaciones de Ferrería de Tula.

Dimos un nuevo giro al mapa y ahora nuestra ruta enfilaba a una dura subida, cambiamos a la velocidad más suave, agachamos la cabeza, nos concentramos, respiramos profundo…. pasaron los minutos y las curvas, hasta al fin llegar a nuestro paso de montaña, exactamente donde está la conocida “piedra balanceada”; una roca plana que, apoyada sobre otra más redonda, juega a hacer equilibro.

Juanacatlán, Tapalpa y las piedrotas

Y al fin comenzó el agasajo, una vereda que baja serpenteando en lo profundo de un denso bosque. Saltamos raíces y esquivamos agudas piedras que amenazan con poncharnos las llantas. Sanos y salvos llegamos al pueblo de Juanacatlán, justo en el momento que mi bici comenzaba a quejarse. Paramos en la primera tienda de abarrotes para armarnos de un refrigerio de emergencia y, de paso, el señor de la tienda nos llevó hasta su casa, donde un sobrante de aceite para motor de su camioneta fue la solución momentánea a mi ruidosa cadena.

Ya con todo en orden y repuestos, nuestra ruta, después de tantas vueltas, volvió a tomar rumbo hacia Tapalpa, pero el camino no fue directo. A lo lejos, en un claro y ondulante valle, observé unos colosales bloques de roca esparcidos por todo el lugar. La respuesta a mi previsible pregunta fue simple, se trataba de lo que se conoce como Valle de los Enigmas o “las piedrotas”. Varias son las historias y leyendas que se entrelazan alrededor de este lugar tan especial. La más generalizada habla de meteoritos que cayeron en este punto hace miles de años; quienes esto suponen, sustentan su teoría con el hecho de que el entorno carece de vegetación y arguyen que aquí no puede brotar nada de pasto. Pero esto no resulta muy creíble, pues a simple vista parece que el pastoreo exhaustivo ha sido el causante primordial de la desertificación, incluyendo la evidente tala de árboles. Otra teoría dice que las rocas estaban bajo tierra hasta que fueron descubriéndose debido a la erosión del agua. El punto de vista más esotérico es que estos colosos de piedra tienen propiedades energéticas y hasta místicas. Lo cierto es que es un paraje que ha sido ocupado desde tiempos de la prehistoria y posteriormente por algunas tribus prehispánicas. Algunos lugareños nos aseguraron que aquí existen petroglifos como pruebas de los antiguos pobladores, pero dichas reminiscencias no están divulgadas.

Mientras pedaleaba me iba saboreando los famosos tamales de acelga de Tapalpa que tanto me habían platicado, cuando la decisión unánime fue dejarlos para más tarde y seguir pedaleando. En fin, después de postergar el antojo, rodeamos una vez más el poblado, pues en lo más alto se tiene una vista sin igual. Sin dudar de la palabra de mi amigo Chetto, un ciclista tapatío que funge como guía en mis aventuras personales por Jalisco, comencé a trepar las empedradas calles. Parecían interminables, pero después de sudar varios mililitros bajo el calcinante sol de la tarde, divisamos el edificio donde se yergue el Hotel del Country, y efectivamente desde allí, en la terraza del restaurante, se tiene una perspectiva sin igual del valle y la sierra de Tapalpa, así como de la presa El Nogal, nuestro próximo destino. Volviendo a la terracería, una brecha que cual lomo de gusano no deja de subir y bajar, nos llevó alrededor de la presa de 30 hectáreas. Unos 2 kilómetros y medio antes de estar de regreso al pueblo, pasamos por Atacco. En esta comunidad  vecina está la primera fundación de Tapalpa y todavía existen las ruinas del primer templo levantado en 1533. En el poblado, cuyo nombre significa “lugar donde nace el agua”, hay un balneario, el único en la región.

Así nuestro primer capítulo en esta aventura mágica llega a su fin, claro está, con tamales de acelga de por medio y un reconfortante café de olla, mirando desde un balcón cómo el sol se escondía detrás de los techados rojos.

Mazamitla

Al llegar aquí dejé de sentirme tan culpable con el asunto aquel sobre mi postal imaginaria de los Alpes. Pues de hecho a Mazamitla también se la conoce como la Suiza mexicana, aunque para algunos otros es “la capital de la montaña”. Enclavada en el corazón de la Sierra del Tigre, pero a tan sólo una hora y media de la ciudad de Guadalajara, resulta un sitio excelente para aquellos que buscan aventuras, pero también un lugar para relajarse y disfrutar de la armonía de las cosas simples.

En búsqueda de un lugar para desayunar, dimos varias vueltas al centro del pueblo. La arquitectura en general es similar a la de Tapalpa, con antiguas casonas con techos de adobe y madera, balcones y portales  que regalan sombra a las banquetas y calles empedradas. Sin embargo la Parroquia de San Cristóbal, y su estilo ecléctico, dista bastante de lo que habíamos visto antes.

Mientras el sol asomaba entre los geométricos techos, la calle comenzaba a perder el frío matinal y algunos vecinos barrían su porción de calle. En las fachadas de las tiendas del centro comenzaban a levantarse los puestos de artesanías. Nos asomamos a curiosear y encontramos frutas, quesos, jaleas, tejocotes, zarzamoras, frescos productos lácteos como mantequilla, crema y panelas, y el típico atole de aguamiel. Finalmente me decidí por un ate de guayaba y nos alistamos para lo que venimos, pedalear.

Epenche Grande y Manzanilla de la Paz

Saliendo del pueblo, tomamos la carretera a Tamazula. A unos 4 ó 5 kilómetros, nace del lado derecho, una brecha que fue el camino a seguir. A pesar de que transitan autos, es difícil encontrarse con uno y para rodar resulta casi ideal. Esta terracería, fuera de lo común, está señalizada con letreros que indican el kilometraje, las curvas y hasta información turística. A pocos kilómetros cruzamos el puerto de montaña La Puente, a 2,036 metros de altura, y después de un tendido descenso, llegamos a la pequeña comunidad de Epenche Grande. Pero casi sin detenernos continuamos unos cuantos metros más donde, en las afueras del pueblo, está la Casa Rural Epenche Grande, un refugio para descansar y disfrutar de una buena comida. Un jardín repleto de flores y arbustos rodea la gran casa de estilo rústico con un patio interior que invita a la relajación y el disfrute del sonido de los pájaros y el viento, bajo la sombra de grandes pinos y una fresca brisa. Pero para no enfriarnos demasiado ni perder el hilo de la historia, volvimos a las bicis. Las rancherías y sembradíos dominan el paisaje. Cada tanto, las plantaciones de papa tapizan las llanuras y se extienden bajo la vigilia de las altas cumbres de la Sierra del Tigre. Era mediodía y bajo las ruedas, la sombra era nula, el sol caía a plomo y el aire parecía no soplar. El camino que por momentos adquiría un color blanquecino, reflejaba con fuerza el sol al punto que el ceño fruncido se volvió una constante. Así enfrentamos el próximo paso de montaña y atravesamos el cerro de la Pitahaya de 2,263 metros de altura. Por suerte todo lo que sube tiene que bajar, así que el resto del camino se volvió más disfrutable hasta Manzanilla de la Paz. Después de pasar por la primera tiendita disponible y pedir lo más frío que tuvieran, unas callejuelas empedradas y ya invadidas por la maleza, nos condujeron hasta la pequeña presa del pueblo, donde aprovechamos para descansar a la sombra de unos sauces, pues aún nos quedaba un buen trecho que recorrer.

Los siguientes 6 kilómetros fueron casi de escalada, pero valieron la pena. Llegamos a un punto panorámico donde toda la Sierra del Tigre se extendía bajo nuestros zapatos. La ruta por los pueblos de Jalisco tiene ahora otro sentido, pues ver la inmensidad de estas tierras desde esta perspectiva, adquiere una magia propia.

Nuestra brecha quedó atrás suplantada por una divertida vereda que por varios kilómetros nos llevó a zambullirnos en lo profundo de un bosque de pinos y encinos refugiándonos de algunos rayos de luz. Bajo el tono dorado que adquiere el ambiente con la luz vespertina, volvimos a la carretera en dirección a Mazamitla, en búsqueda de una buena cena.

Durante el silencioso rodar sobre el asfalto, repasaba los diferentes paisajes, las subidas y bajadas, tratando de grabar y sin perder detalle, los 70 kilómetros que habíamos pedaleado explorando los caminos de Jalisco.

Fuente: México desconocido No. 373 / Marzo 2008

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