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Vacaciones en Huatulco: explorando la costa oaxaqueña

Huatulco y la costa oaxaqueña no solo deslumbran por su belleza, sino también por su diversidad; son el escenario ideal para enamorarse de un destino realmente ecológico, que vive en armonía con sus habitantes.

Pepe Treviño

Nunca había visitado Huatulco ni nadie me había logrado explicar bien cómo era. Vine a descubrirlo por invitación de una vieja amiga que trabaja acá por temporadas.

Aterrizamos en el Aeropuerto Internacional Bahías de Huatulco. Allí nos recibió nuestra anfitriona, Claudia Córdova, una mujer ejecutiva, que labora en la Ciudad de México, pero se muda de oficina a este paraíso algunos meses al año.

En un abrir y cerrar de ojos llegamos a Celeste Beach Residences & Spa, que funciona como una opción perfecta de hospedaje para hedonistas que desean disfrutar de Huatulco a su antojo, como nosotros. Se trata de un espacio que se ha preocupado por incluir acabados y servicios de lujo: de reojo vi una gran cocina equipada para guisar justo lo que me viniera a la mente. Incluso, existía la posibilidad de contratar a una cocinera oaxaqueña para que pudiera saciarnos con deliciosos platillos típicos del estado. Aún había luz de día, por lo que el gusto de cocinar frente al mar sería para otra ocasión.

Estábamos listos, luego de haber dejado el equipaje en nuestro departamento de dos recámaras, la terraza con vista a una playa pequeñita dentro de Bahía Conejos nos invitaba a sucumbir en su oleaje. El sitio es la envidia de quienes buscan un remanso privado; un capricho de la naturaleza concedido a este complejo turístico inmobiliario.

David Paniagua

CAMINAR, BEBER Y COMER

Pero ya nos aguardaba Claudia para darnos un recorrido exprés para conocer los principales atractivos de Huatulco. Comenzamos en el mirador que se encontraba en El Faro, el mejor sitio para apreciar una vista aérea de las nueve bahías.

Minutos más tarde bajamos a la playa La Bocana, en donde había algunos restaurantes pequeños y relajados que ofrecían ceviches, micheladas y cocteles de camarón, de esos que se antojan para saborear mientras pasa la tarde, con los pies descalzos sobre la arena. Allí, mientras caminábamos hacia el mar, descubrimos el escarpado peñasco que flanquea la Zona Arqueológica Bocana del Río Copalita.

La tarde había caído y era hora de vivir la cultura local en la plaza de La Crucecita, el corazón de Huatulco, en donde los habitantes conviven con los turistas. Claudia, nuestra convidante, nos sugirió ir a la iglesia La Crucecita para ver la pintura de la Virgen de Guadalupe más grande del planeta. Lo comprobamos, pero hacía calor, así que salimos pronto del recinto religioso. Enfrente vimos una heladería donde preparaban los famosos “fritos”, elaborados con mezclas y sabores tan extraños como puedas imaginar: chamoy, café, piña colada, chocolate oaxaqueño, salsa picante botanera. Tomé asiento y pedí uno de Baileys con Ferrero Rocher, duraznos en almíbar y coco.

Allí, bajo un gran ventilador descubrí un hermoso mural firmado por Irving Cano; tomé mi celular y lo “googleé” hasta llegar a una página especializada en grafiti y muralismo: se trata de un artista oaxaqueño nacido en Santa María Xadani, que inmortaliza a los personajes populares de los pueblos indígenas a través de sus obras, algunas de ellas ejecutadas en ciudades como Dubái.

David Paniagua

Famélicos llegamos al restaurante de Celeste Beach Residences. En una mesa que estaba ubicada en una terraza con vista frente al mar, logramos convivir con otras personas, quienes nos contaron historias de Huatulco y sus alrededores.

Un jugoso filete mignon, una deliciosa crema de aguacate y un helado de chocolate fue el menú. La sobremesa se extendió con nuestros nuevos amigos al calor de mezcales y cervezas, charlas acerca de viajes memorables, con todo y sus malas experiencias.

ESCAPE AL NATURAL

La mañana siguiente comenzó con un potente desayuno conformado por un café oaxaqueño, chilaquiles con tasajo, queso asado bañado en salsa de molcajete y un pan de trenza preparado al estilo francés. El itinerario del día concluiría en Punta Cometa, el sitio favorito para viajeros libertarios que desean admirar el atardecer. Pero antes visitaríamos dos destinos muy singulares, apartados de los típicos conceptos de sol y playa.

Comenzamos con Salchi, una playa alejada de los ojos de dios, pero que no ha caído en el estilo hippie chic; no, aquí los norteamericanos –canadienses y estadounidenses por igual– han comprado terrenos para construir lofts que luego transformarán en pequeños hotelitos. Allí hicimos una escala para refrescarnos con una cerveza, admirar la playa y soñar con tener una casita de este tipo, frente al mar.

David Paniagua

Continuamos nuestro camino por algunos trayectos de lo que será la nueva carretera que comunicará a Puerto Escondido con Huatulco; se nota que la infraestructura –todavía inconclusa– permitirá ahorrar horas de camino.

Pero el trayecto, ya a 61 kilómetros de Huatulco, nos llevó por una vereda de terracería hasta llegar a La Ventanilla, la comunidad zapoteca que debe su nombre a una gigantesca roca en forma de ventana, justo a los pies de la costa dorada. Desde l940 y hasta 1960 este era, junto con Mazunte, uno de los lugares más grandes con rastros de tortugas, donde las sacrificaban sin control. Hoy, las 25 familias que viven aquí están comprometidas con la conservación y protección de todas las especies que ahí anidan, como la golfina, la laúd y la caguama.

En este punto sacamos nuestro espíritu aventurero. El camino por sí mismo es un deleite para los sentidos; durante el trayecto se dio una conexión mágica con la naturaleza. Anduvimos entre platanales, zapotes y mangos hasta llegar a la zona de manglares donde se asomaba una costa virgen bañada por el mar. En la orilla del estero abordamos una pequeña lancha de remos que nos llevó entre caminos de manglares rojos y blancos. El agua estaba repleta de cocodrilos que nos observaban sin piedad. Pero este paraíso también es habitado por iguanas, cangrejos rojos y azules, aves acuáticas como patos canadienses, cormoranes, martín pescador y garza blanca. La temperatura era inclemente, pero el paisaje vale cada esfuerzo e incomodidad.

David Paniagua

Tras 15 minutos, llegamos hasta un islote donde se localiza el Centro de Reproducción de Cocodrilos, también hay un museo rústico donde se enseña todo acerca de esta especie. Además, acoge un pequeño sitio de rescate y conservación de otras especies como venado cola blanca, mono araña y saraguato, coatí y mapache; todos ellos alguna vez fueron mascotas y aquí son rehabilitados y enseñados a recuperar su naturaleza salvaje para luego ser liberados. En este sitio hay un grupo de mujeres que elaboran artesanías de concha, madera, coco, hueso y bambú. También venden licor de jamaica, mezcales oaxaqueños, chiles en polvo y deliciosos tamarindos.

David Paniagua

El calor en los manglares nos había deshidratado, tanto que en algún momento sentimos envidia de los animales que se zambullían en el agua. Nuestro reloj biológico nos recordaba que era la hora de la comida y el sentido común nos indicaba que tendríamos que comer en Mazunte. Así llegamos a Pan de Miel, un pequeño hotel boutique enclavado en un risco, con una alucinante vista a la playa.

David Paniagua

En la mesa del pequeño restaurante ya nos esperaba la propietaria Anne Marie Gillet, una francesa que se enamoró de México desde los años 70 y que descubrió Mazunte ya en 1990. Si bien México ha sido su segunda casa, la señora Gillet también demuestra pasión por la cocina gala. Así lo mostró con una serie de platillos caseros deliciosos: ensalada con cítricos, ratatouille, quiche lorraine de cebolla, pescado pargo al horno con chutney de chile guajillo y un helado suave de chocolate con unas deliciosas galletas de pan de miel, apegándose a la tradicional receta francesa. Anne Marie tiene ya más de 70 años, mientras sostenía una copa de vino blanco mexicano con la mano derecha, con la izquierda hacía mímica. Nos comentó que ya deseaba retirarse del negocio, por cansancio, aunque en la sangre lleva la pasión del arte de la hospitalidad. A ella no parecía importarle que las tendencias de viaje están modificándose constantemente, pues como dice: “un buen servicio de hospedaje hace que regreses a tu destino favorito”.

David Paniagua

Salimos de Pan de Miel y nos dirigimos a Punta Cometa, al extremo oeste de la playa de Mazunte, en donde se encuentra una pequeña península o montaña que sobresale de la costa. Para llegar tuvimos que caminar por un trecho de terracería de poco más de un kilómetro. Son veredas escarpadas que suben y bajan pendientes. Quedé sorprendido al ver a una pareja de italianos con espíritu hippie que peregrinaban sin zapatos, todo con la finalidad de lograr despedir al astro rey en las costas del Pacífico.

David Paniagua

Llegamos a lo alto de este fragmento del continente y por algún momento me olvidé de tomar fotos, me dejé seducir por la energía que emana el sitio. El sonido del mar, el viento en el rostro, las parejas de enamorados viéndose a los ojos y los amigos en silencio mirando fijamente al horizonte me hicieron comprobar lo que muchos de mis amigos decían: “En Punta Cometa he visto los mejores atardeceres de mi vida”. Pronto todos los espectadores aplaudimos mientras se apagaba el sol y se encendía la luz de la luna. Era hora de regresar a Huatulco.

David Paniagua

PASEOS EN YATE Y CENA GOURMET

Otra mañana soleada nos sorprendió. Fuimos a conocer las nueve bahías en un yate: Chahué, Santa Cruz, Tangolunda, Cacaluta, Conejos, Órgano, Maguey, San Agustín y Chachacual. Para ello nos enfilamos a la marina Chahué, donde otras embarcaciones ostentaban modernos diseños. Eran obras de la ingeniería con valor de decenas de millones de dólares.

Bahía Conejos / David Paniagua

En el muelle nos aguardaba Felipe, el capitán de nuestra embarcación para 12 pasajeros, que junto con un marinero preparó todo, desde las cañas para pescar hasta una hielera repleta de cervezas frías y —no podía faltar— una botella de mezcal oaxaqueño con agave espadín.

El servicio de yate es privado. Claudia vino con su familia y mientras avanzamos Felipe nos invitó a conectar algún teléfono para reproducir nuestra música favorita. Convencidos elegimos algo de reggae, del maestro Bob Marley, para rendirle tributo desde este punto del globo terráqueo.

El yate nos dejó sentir la brisa del Pacífico, con sus litorales y océanos tan limpios que parecían irreales. No en balde Huatulco posee las certificaciones Blue Flag y EarthCheck, dos legitimaciones muy peleadas por los destinos de sol y playa alrededor del mundo.

La hora del chapuzón llegó en bahía Chachacual, ubicada en la reserva ecológica integrada al Parque Nacional. Allí anclamos el yate y disfrutamos de dos playas vírgenes: Chachacual y La India, ambas son, literalmente privadas, pues hasta la fecha la única vía de acceso es por el mar.

La playa parecía una alberca solitaria y sosiega para nuestro disfrute. Allí, flotando, recordé que nunca nadie me había descrito el sentimiento que se vive en estas playas espléndidas, tampoco me advirtieron que en Huatulco podría sentirme tan diminuto ante tanta belleza y majestuosidad.

Después de media hora el capitán nos llamó a bordo para navegar a San Agustín, un playa muy popular, en donde comimos bajo la sombra de unas palapas frente al mar. ¿Las opciones? Cocteles de mariscos, ceviches frescos, pescados al mojo de ajo y pescadillas. El sol empezó a marcharse y nosotros con él, pues estábamos a 40 minutos de Huatulco.

David Paniagua

LA DESPEDIDA

Después del periplo marítimo visitamos el spa de Celeste Beach Residences. Una hora de masaje de espalda y 15 minutos de vapor fueron suficientes para dejar que fluyera la energía. El espíritu gourmet también se había despertado y con él las ganas de conocer el restaurante Ocean, del chef Eugenio Santillana, nos pusimos inquietos.

Desde el exterior, el complejo gastronómico reflejaba una cocina relajada, auténtica. Se trataba de una palapa que dejaba sentir la brisa del mar –ubicada a unos metros de la playa–, con una barra donde el mixólogo preparaba refrescantes brebajes.

Pronto saludamos al chef Eugenio Santillana, también empresario de otros restaurantes en varias entidades del país. El maestro de los fogones afirmó que se siente bien aquí, que Huatulco tiene un gran potencial gastronómico, pues la competencia en movimiento culinario es prácticamente nula. Huatulco tiene todo, pero no hay tantos turistas como debería.

David Paniagua

Eugenio se levantó y no nos dejó elegir ningún platillo; él seleccionó el menú: risotto de betabel con queso de cabra, tostadas de atún fresco, gusanos de maguey, aguachile de camarón en arena de chapulines, y tortilla tatemada nixtamalizada, lomo de atún sellado bañado en mole verde, y pasta con mariscos que nos hipnotizó con un perfume de trufa negra. Sin duda, fue una experiencia gastronómica que demostró un gran respeto por los ingredientes.

Pero la maldición se presentó cuando recordamos que era la última velada. Brindamos con un mojito para regresar pronto a Huatulco, otro destino mexicano que he incluido en mis lista de lugares favoritos en el planeta.

CINCO SENTIDOS

  • MIRA una de las placas de coral más grandes del Pacífico, hogar del caracol púrpura, que se utiliza para teñir textiles.
  • PRUEBA las lenguas de perro o cucarachas de mar, unos pequeños moluscos que saben a percebes y que ofertan en las playas.
  • HUELE el aromático café que se produce en las fincas cafetaleras que rodean Huatulco, donde se fabrica un producto que ha captado la atención de los baristas de la tercera ola.
  • ESCUCHA el bramido del océano, parecido al que hacen los búfalos, que resuena en San Agustín, donde está La Bufadora, una cueva ubicada frente al mar abierto, por donde se filtra el agua para ser expulsada a más de diez metros de altura.
  • SIENTE el ambiente artístico de los parroquianos en el Café Huatulco; podrás ver exposiciones de pintura, fotografía o escultura al aire libre.

CÓMO LLEGAR

La mejor manera de visitar Huatulco es por vía aérea, cuenta con el Aeropuerto Internacional Bahías de Huatulco, donde llegan vuelos de diversas partes del país.

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