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Valle de los Cirios, santuario natural y cultural de Baja California

Descubre, en el corazón del desierto bajacaliforniano, este escenario natural donde ancestros, adaptándose a su abrupta geografía, dejaron asombrosas huellas de su misteriosa cultura.

En mi último viaje a Baja California fui invitado a Bahía de los Ángeles, una de las bahías más bellas de todo el Mar de Cortés. La llegada fue espectacular, pasando la Sierra de San Borja apareció frente a mí un horizonte esplendoroso, entre las escarpadas montañas de tonalidades ocres en contraste del azul cobalto del mar, la bahía está resguardada por la gran Isla del Ángel de la Guarda y por una docena de islas más pequeñas, desde el punto donde me encontraba podía también divisar las playas y el Canal de las Ballenas y de Salsipuedes.

Las islas me esperaban

Llegué al puerto y me embarqué para visitar algunas de las islas y conocer un poco de este refugio natural de diversas especies marinas como el tiburón ballena, la ballena gris, la tortuga marina y los lobos marinos que a los pocos minutos de haber salido, ya jugueteaban frente a la lancha. Las islas que son humedales costeros representan un hábitat trascendental para las aves acuáticas donde forman importantes colonias de descanso, reproducción y alimentación. Pasé varias horas en la pequeña Isla del Pescador porque me llamó la atención la enorme cantidad de aves que en ella pernoctaban, pelícanos, gaviotas y gavilanes, en frente está la idílica Playa del Pescador ya en tierra firme, así que decidí pasar la tarde en ella en una de sus enormes palapas. El lugar solitario con su playa de arena blanca y fina, y sus espectaculares vistas de la sierra resultaron mi mejor refugio antes de emprender al día siguiente mi expedición al desierto en busca de los pasos de los misioneros jesuitas y de sus legendarios habitantes: los cochimíes.

Misión de San Francisco de Borja

Al día siguiente, salí de Bahía de los Ángeles hacía mi primer objetivo. Tomé el camino que lleva hacia la carretera federal panorámica número 1, en el Km 42 está la desviación hacia la misión, el camino es de terracería, en algunos tramos escarpado y difícil, pero con mi vehículo de doble tracción no tuve problemas. Estaba muy entretenido en los detalles del camino, cuando de pronto me di cuenta que me encontraba en pleno corazón del mítico Valle de los Cirios, enormes cardones de más de 15 metros y cirios con tronco cónico y formas caprichosas me rodeaban; pitayas, agaves, choyas y ocotillos completaban el paisaje. En los cardones gigantes reposaban las águilas y los halcones, en el camino vi algunos camaleones y liebres que huían asustadas al paso de la camioneta.

Después de poco más de una hora y media de camino, llegué finalmente a la Misión de San Francisco de Borja, rodeada de montañas graníticas y de cactus gigantes. A un costado de un oasis se encuentra este lugar que en 1758 el misionero jesuita George Retz encontró para erigir la primera misión fundada el 27 de agosto de 1762. El misionero Wenceslao Link fue el encargado de la construcción del edificio de adobe del que hoy quedan sólo algunos de sus muros, después con la expulsión de los jesuitas del territorio nacional llegaron a la zona los franciscanos en 1768 y permanecieron hasta 1773, que fue cuando arribaron los dominicos para terminar, en 1801, la nueva construcción de cantera que hoy permanece prácticamente inalterada. Con el tiempo la misión llegó a tener cientos de conversos y más de 300 cabezas de ganado.

A mi llegada apareció un joven de origen cochimí que me acompañó durante mi visita, en la fachada principal reconocí el escudo dominico y llamaron mi atención sus bellas pilastras de cantera labrada, así como las puertas y ventanas también enmarcadas con diseños de cantera.

La iglesia está cubierta con una espectacular bóveda corrida, primero luce el coro, con su escalera circular en forma de caracol, y más adelante el presbiterio, donde se ubican a cada lado la capilla y la sacristía. Desde allí se extienden una serie de crujías que integran la casa misional. Todo el edificio tiene una traza rectangular y fue construido con piedras de cantera cortada en bloques rectangulares. El interior es obscuro y fresco, enormes portones comunican a las distintas habitaciones, destaca su austeridad absoluta, sólo una pila bautismal y algún crucifijo en sus muros; el silencio era absoluto y en medio del infinito desierto, me imaginé la vida monacal de estos misioneros venidos desde Europa hasta estas tierras inhóspitas, dejando la comodidad de las grandes urbes para venir hasta aquí… de pronto reparé en cómo pudieron llegar hasta allí esos portones de madera; no cabe duda que el camino de las Californias fue una de las epopeyas más extraordinarias del ser humano. Sólo los cardones gigantes y los esbeltos cirios permanecen aquí como mudos testigos, porque únicamente en octubre algunos fieles se acercan para las fiestas del santo.

Algo destacable es que el oasis –que fue lo que permitió que los misioneros pudieran quedarse aquí– está prácticamente intacto, todavía quedan algunas viñas que datan de la época, es decir tienen más de ¡200 años! También están los ojos de agua y manantiales originales. Llamaron mi atención las palmas azules que son endémicas, los enormes mezquites, los árboles frutales y la gran cantidad de aves como cenzontles, cardenales, gorriones, cuervos y colibríes que viven en este oasis, único punto a muchos kilómetros a la redonda donde pueden sobrevivir muchas de estas especies.

Pinturas Rupestres de Montevideo

Retomé el mismo camino que me trajo hasta San Borja y 3 km antes de llegar a la carretera que va a Bahía de los Ángeles, tomé una desviación que me llevó después de 8 km hasta las Pinturas Rupestres de Montevideo. Detrás de un bosque de cirios y cardones, con la emoción a flor de piel, divisé un enorme muro rocoso con decenas de cuevas y cavidades superficiales, con la luz del atardecer se alcanzaban a ver algunas pinturas, me acerqué y ansioso escalé algunos metros para poder acceder a las cuevas y apreciar más de cerca aquellos testimonios ancestrales. Se extienden en un área muy amplia, son figurativas abstractas, en algunos casos representaciones de animales como venados, aunque la mayoría son diseños geométricos como líneas rectas, triángulos, rectángulos rayados, círculos concéntricos y soles, entre otros. Predominan los tonos ocres que obtenían de la hematita (óxido de hierro), el blanco de piedras calizas y los amarillos y anaranjados. Estos pigmentos de origen mineral se mezclaban con algún aglutinante vegetal como la baba de nopal. Estas misteriosas pinturas resguardadas en cuevas y frentes rocosos tuvieron muy probablemente una función de carácter ceremonial. Aún para los expertos establecer su antigüedad es muy difícil, ya que el arte rupestre sin otro contexto es uno de los vestigios más complejos de descifrar, aunque de lo que sí podemos estar prácticamente seguros es que sus autores fueron los cochimíes, los antiguos habitantes del desierto.

Cataviña

Regresé a la carretera que va de Bahía de los Ángeles hacia la carretera panorámica federal número 1, tomé rumbo oeste y 40 km después llegué al entronque (Punta Prieta) con la carretera federal, en dirección norte hacia San Quintín y 104 km más adelante, llegué a Cataviña sólo para hospedarme y preparar mi salida al día siguiente para descubrir los secretos rupestres de este lado del Valle de los Cirios.

Por la mañana muy temprano salí con mi guía, primero para conocer las pinturas cerca del pequeño poblado, que son las más accesibles y conocidas. Subimos un pronunciado promontorio y llegamos a la cueva desde donde se tiene una vista privilegiada de este fantástico lugar. Las pinturas siempre con los mismos tonos y motivos, pero allí la cantidad es de llamar la atención, prácticamente se enciman los dibujos, en la cueva –que tiene unos 4 metros de profundidad– no hay un centímetro desaprovechado, los colores y las figuras están por todos lados en un prisma multicolor mágico, me sentí atrapado o más bien cobijado por una bóveda de símbolos enigmáticos que es un libro abierto con la cosmogonía y aspiraciones de los más antiguos habitantes del desierto.

Continué mi expedición en busca de más vestigios rupestres, después de pasar una vieja casona de adobe en ruinas y un espectacular enjambre de rocas gigantescas que tuvimos que escalar, mi guía con una sonrisa de satisfacción me dijo: “Hemos llegado”, señalando una roca con un nicho natural. Me acerqué y mi sorpresa fue mayúscula, al interior del nicho había en negros y ocres una extraordinaria figura de una mujer dando a luz, la pintura está en perfectas condiciones gracias a la protección natural, pero sobre todo me sorprendió la excelente manufactura y la técnica depurada con la que fue realizada. De pronto estaba frente a la madre del desierto, al nicho de la fertilidad, y los cardones y cirios la protegían, la resguardaban junto con las piedras y las cuevas en la roca, sin duda el secreto más escondido del desierto de Baja California.

Recomendaciones

Para esta excursión por el desierto de Baja California es importante ir bien preparados. Son imprescindibles:

– Una camioneta de doble tracción, ya que los caminos son difíciles y muy arenosos.
– Mucha agua en recipientes adecuados.
– Calzado apropiado como botas de montaña.
– Pantalones largos, ya que hay muchas espinas, y ropa ligera, ya que el día es muy cálido aunque por las noches refresca, así es que también es importante una buena chamarra, sin olvidar una gorra o sombrero.
– Bloqueador solar para evitar las quemaduras de la piel.
– Es muy importante contar con un guía para las visitas a las pinturas rupestres, pues no hay señalamientos y los caminos son difíciles. En Cataviña, en el hotel Desert Inn puede conseguir un guía y en la Misión de Francisco de Borja otro para ir a las de Montevideo.
– Para los días de desierto es importante llevar también la comida, ya que no encontrará nada en el trayecto; en el poblado de Cataviña y en Bahía de los Ángeles hay opciones gastronómicas y hoteles.
– Para llegar a Bahía de los Ángeles, salga desde Ensenada y considere un trayecto de poco menos de 500 km, esto implica alrededor de 6 horas de viaje, por lo que es conveniente salir temprano para llegar a buena hora a Bahía de los Ángeles. Para realizar toda esta ruta hay que contar con un mínimo de tres días a partir de Ensenada. De regreso de Cataviña a Ensenada hay un poco más de 300 km, es decir como 3 horas y media de camino. Conviene pernoctar la primera noche en Bahía de los Ángeles y la segunda en Cataviña.

Contactos

En Bahía de los Ángeles:
Hotel Los Vientos Spa & Resort
info@losvientosspaandresort.com
Tel. 01 (646) 178 2614.

Hotel Costa del Sol
costadelsolhotel@hotmail.com

Renta de lanchas en Bahía de los Ángeles:
Hotel Cangrejos
cangrejosresort@hotmail.com
Tel. 01 (646) 120 8014.

En Cataviña:
Hotel Desert Inn
hoteldesertinn@hotmail.com
Tel. 01 800 542 3283

¿Conoces este espectacular valle de Baja California? Platícanos tu experiencia… ¡Comenta esta nota!

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