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Las bibloitecas de la Nueva España: Vestigios de un pasado

Seguirle la pista a un libro y rescatar o reconstrur toda una biblioteca constituye uan aventura fantástica. Loa que de una u otra forma nos hemos dedicado a esta tarea nos acercamos a los orígenes que resguarda y custodia la biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Nuestro actual acervo lo integran las bibliotecas de 52 conventos de nueve órdenes religiosas y constituyen una parte pequeña pero significativa del total que custodia el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

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El origen de estas bibliotecas conventuales se debió al deseo de los primeros franciscanos de dar una educación superior a los naturales, así como de terminar de formar a los propios religiosos que llegaban de España con órdenes menores.

Ejemplo de lo primero fue el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, en donde además se manifestá el deseo de algunos franciscanos de conocer Ias creencias indígenas, ceIo e interés que culminá en muchos casos en empresas humanísticas de rescate. Tlatelolco fue un puente fecundo de este acercamiento. San Francisco el Grande, San Fernando, San Cosme, entre otros, fueron casas donde recibieron formación muchísimos franciscanos que completaron sus estudios hasta profesar en Ia orden.

En estos colegios, para los naturales, y en los conventos, para los novicios, se mantuvo por igual un régimen monástico con clases de latín, castellano, gramática y filosofía, combinadas con Ias de catecismo y liturgia. Como apoyo a estos estudios, Ias bibliotecas o librerías, como en ese entonces se les llamó, fueron nutriéndose con obras que ponían al alcance de los estudiantes temas y aspectos fundamentales deI legado cultural deI Viejo Mundo.

Los inventarios registran obras de los clásicos griegos y latinos: Aristóteles, Plutarco, Virgilio, Juvenal, Tito Livio, San Agustín, de los padres de Ia Iglesia y por supuesto de Ias Sagradas Escrituras, además de catecismos, doctrinas y vocabularios.

Estas bibliotecas, desde sus inicios, fueron nutridas así mismo con Ia aportación de los conocimientos indígenas en materia de medicina, farmacología, historia y literatura prehispánicas. Otra fuente más que Ias enriqueció fueron los Impresos Mexicanos, producto de Ia fusión de Ias dos culturas, los cuales se escribieron en lenguas indígenas. EI Vocabulario de Molina, Ia Psalmodia Christiana de Sahagún, y muchos más, fueron redactados en náhuatl; otros en otomí, purépecha y maya, escritos por Ios frailes Pedro de Cante, Alonso Rangel, Luis de VilIalpando, Toribio de Benavente, Maturino Cilbert, por citar a unos cuantos. Encabezados por el gran Iatinista Antonio VaIeriano, originario de Atzcapotzalco, un cuerpo de traductores e informantes sobre cultura indígena produjeron dramas religiosos en náhuatl para facilitar Ia acuIturación. Muchas obras cIásicas fueron traducidas por indígenas trilingües, habIantes de náhuatl, castellano y latín. Con ellos pudo intensificarse el rescate de antiguas tradiciones, la elaboración de códigos y Ia compilación de testimonios.

A pesar de las distintas prohibiciones, censuras y confiscaciones de Ios impresores mexicanos, decretadas por parte de la Corona, hubo algunos -como Juan Pablos- que siguieron imprimiendo obras de franciscanos, dominicos y agustinos en Ia ciudad de México y, fieles a Ia costumbre deI siglo XVI, Ios vendían directamente en su taller. A ellos debemos que se continuara cierta producción que enriquecía con este tipo de obras.a Ias Iibrerías.

Las bibliotecas conventuales no estuvieron exentas de Ia problemática actual de pérdida de Iibros por robo y por Ia venta de material bibliográfico de algunos de sus custodios. Como medida de protección contra el extravío premeditado, Ias bibliotecas empezaron a usar Ia “Marca de fuego”, que indicaba Ia propiedad dellibro y Io identificaba con facilidad. Cada convento ideó un logo peculiar formado casi siempre con las letras del nombre del recinto conventual, Como los franciscanos y jesuítas, o utilizando el símbolo de la orden, como lo hicieron los dominicos, agustinos y carmelitas, entre otros. Este sello se aplicaba en los cortes superiores o inferiores de los impresos, y con menos frecuencia en el corte vertical y aun en el interior del libro. La marca se aplicaba con un fierro al rojo vivo, de ahí su nombre “de fuego”.

Sin embargo, parece ser que la sustracción de libros en los conventos llegó a ser tan frecuente que los franciscanos acudieron ai pontífice Pío V para que, con un decreto, pusiera un alto a esta situación. Así leemos en el Decreto Pontificio, dado en Roma e14 de noviembre de 1568, lo siguiente:

Según fuimos informados, algunos espléndidos con su conciencia y enfermos de avaricia, no se avergüenzan de sacar por gusto los libros de Ias bibliotecas de algunos monasterios y casas de Ia orden de los Hermanos de San Francisco, y retener en sus manos para su uso, en peligro de sus almas y de Ias mismas bibliotecas, y no poca sospecha de los hermanos de Ia misma orden; nos, sobre esto, en Ia medida que interesa a nuestro oficio, deseoso de poner remedio oportuno, voluntariamente y nuestro conocimiento decidido, ordenamos por el tenor de Ia presente, a todas y cada una de Ias personas eclesiásticas seculares y regulares de cualquier estado, grado, orden o condición que sean, aun cuando brillen con Ia dignidad episcopal, no sustraer por hurto o de cualquier modo que presuman de Ias mencionadas bibliotecas o de algunas de ellas, algún libro o cuaderno, pues nos queremos sujetar a cualquiera de los sustrayentes a Ia sentencia de excomunión,y determinamos que en el acto, nadie, fuera del romano pontífice, pueda recibir Ia absolución, sino solamente en Ia hora de Ia muerte.

Esta carta pontificia debía ser fijada en un lugar visible en las librerías para que a todos constara la censura apostólica y las penas en que incurría todo aquel que se apropiase de una obra.

Desgraciadamente el mal continuó a pesar de los esfuerzos que se hacían para contrarrestarlo. No obstante estas circunstancias adversas, llegaron a formarse bibliotecas muy importantes que cubrieron ampliamente la finalidad de apoyo al estudio y la investigación que se realizaba en los conventos y colegios de las órdenes religiosas que evangelizaron en toda la Nueva España. Estas librerías llegaron a contener una enorme riqueza cultural cuya integración de los diversos elementos que las constituyeron les dieron un valor específico inapreciable para el estudio de la cultura novohispana.

Fueron verdaderos centros de cultura que desarrollaron labores de investigación en muchos campos: histórico, literario, lingüístico, etnohistórico, científico, estudios de latín y de lenguas indígenas, así como de enseñanza de lectura y escritura a los indígenas.

Las bibliotecas conventuales fueron confiscadas durante el gobierno de Juárez. Oficialmente estos libros fueron incorporados a la Biblioteca Nacional, y otros muchos fueron adquiridos por bibliófilos y por libreros de la ciudad de México.

En el momento actual, la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia tiene como función coordinar las tareas de organización de los fondos conventuales que custodia el Instituto en diversos Centros INAH de la República, con el fin de ponerlos al servicio de la investigación.

Conjuntar colecciones, integrar las librerías de cada convento y, hasta donde sea posible, levantar el inventario de los mismos es un reto y, como decía al principio, una aventura fantástica y atrayente. En este sentido, las “Marcas de fuego” son de mucha utilidad ya que nos proporcionan la pista para reconstruir las bibliotecas conventuales y sus colecciones. Sin ellas seria imposible esta tarea, de ahí su importancia. Nuestro interés por conseguirlo radica en proporcionar a la investigación la posibilidad de conocer, a través de una colección identificada, la ideología o corrientes filosóficas, teológicas y morales de cada orden y la influencia de éstas en su acción evangelizadora y apostólica.

Rescatar, también con la identificación de cada obra, por rnedio de catálogos, los valores culturales novohispanos, brindando las facilidades para su estudio.

Después de siete años de trabajo en esta línea se ha logrado la integración y consolidación de las colecciones de acuerdo con su origen o procedencia conventual, el procesamiento técnico de las mismas y la elaboración de instrumentos de consulta: 18 catálogos publicados y un inventario general de los fondos que custodia el INAH, próximo a aparecer, estudios para su difusión y consulta, así como acciones tendentes a su conservación.

La Biblioteca Nacional de Antropología e Historia cuenta con 12 mil volúmenes provenientes de las siguientes órdenes religiosas: capuchinos, agustinos, franciscanos, carmelitas y de la congregación de oratorianos de San Felipe Neri, de las cuales destacan el Seminario de Morelia, fray Felipe de Lasco, Francisco Uraga, Seminario Conciliar de la ciudad de México, Oficio de la Santa Inquisición y Colegio de Santa María de Todos los Santos. Los fondos bibliográficos de esta naturaleza que custodia el lNAH se encuentran en Guadalupe, Zacatecas, en el exconvento del mismo nombre, y proceden del colegio de propaganda que los franciscanos tenían en dicho convento ( 13 000 títulos) .Procedentes del mismo convento, en Yuriria, Guanajuato (4500 títulos), y en Cuitzeo, Michoacán, con aproximadamente 1 200 títulos. En la Casa de Morelos, en Morelia, Michoacán, con 2 000 títulos al igual que en Querétaro, con 12 500 títulos procedentes de diversos conventos de la región. Otro repositorio se encuentra en el Museo Nacional del Virreinato, en donde se han ubicado las bibliotecas pertenecientes a las órdenes de jesuitas y dominicos, con 4 500 títulos, y en el exconvento de Santa Mónica de la ciudad de Puebla, con 2 500 títulos.

El contacto con estos libros europeos y novohispanos, científicos y religiosos de un pasado que nos identifica, nos inspiran respeto, reverencia y acogida a la vez que nos demandan atención hacia una memoria histórica que lucha por sobrevivir frente al abandono y la negligencia secular en la que fue relegada por un liberalismo triunfante la ideología católica colonial.

Estas bibliotecas novohispanas, nos dice Ignacio Osorio, “constituyen los testigos y muchas veces los agentes de costosas batallas científicas e ideológicas a través de las cuales los novohispanos se adueñaron primero de la visión europea del mundo y en segundo término elaboraron su propio proyecto histórico”

La importancia y la sobrevivencia de estos fondos bibliográficos conventuales demandan y exigen nuestro mejor esfuerzo.

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