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Disfruta de Tequila en pareja

Realiza un viaje a Tequila en pareja con un final inesperado. Te pasamos este tip.

25-11-2017, 7:31:19 AM

Luza alvarado

A veces los viajes de trabajo se vuelven de placer, en especial cuando puedes llevar a tu pareja. Aquí una historia en Jalisco con aroma a agave en la que los planes cambiaron tanto que se hicieron verdaderamente memorables.

Era miércoles cuando  entregué por fin mi tesis doctoral. Estaba exhausta, y a pesar de toda la cafeína que le había recetado a mi cuerpo en las últimas semanas, volví a mi casa y dormí muchas horas seguidas. Cuando por fin abrí el ojo, Juan, mi pareja, me invitó a cambiar de aires acompañándolo el fin de semana a Guadalajara a ver la planta industrial de un cliente. “¿De verdad crees que podré relajarme entre ingenieros?”, le dije de broma. “No sabía que tenías clientes en Guadalajara”… Pero como me serviría mucho dejar atrás mi computadora, mis libros, mis notas y mi estado mental atolondrado, dije que sí.

Cristóbal de Alba

El viernes en la tarde volamos a Guadalajara. Al día siguiente, muy temprano, Juan me despertó y pidió un taxi. Me pareció extraño que el taxi nos dejara en la estación de ferrocarril. “¿Tren?”, pregunté, “¿a poco se llega en tren a la planta?”. Y supe que Juan traía algo entre manos cuando sacó unos boletos para  Jose Cuervo Express. “¡Qué bien la pasas en los viajes de trabajo!”, le dije riéndome mientras subíamos las maletas al vagón. Cuando el tren iniciaba su marcha, a nuestro lado una pareja pidió una margarita. ¡Apenas eran las 9 de la mañana!

Aprovechamos para platicar sin prisas, como hace mucho tiempo no lo hacíamos, hasta que fueron apareciendo los primeros campos de agave azul. Había llovido durante la noche, pero ahora el sol brillaba espléndido en el cielo azul. Miré los colores encendidos y entendí por qué el agave se llama así. En unas dos horas llegamos a Tequila, un pueblo encantador que ninguno de los dos conocía.

Cristóbal de Alba

De la mano

Tras instalarnos en el lujoso Solar de las Ánimas, salimos a explorar el pueblo, divagando aquí y allá entre pequeños restaurantes, jardines, destilerías de todos los tamaños, artesanías hechas de fibra de agave, camiones cargados con piñas… Un olor dulce llenaba el aire. Más tarde, en la Destilería La Rojeña, la más antigua de América Latina, supe de dónde provenía.

Bajamos a la Cava de Reserva de la Familia, y probamos en la penumbra el mejor tequila que produce la Casa Cuervo para el mundo. Allí, solos en la humedad de la cava, recordamos nuestra historia juntos, e hicimos planes para el futuro. “No sabía que una planta industrial pudiera ser tan romántica”, le dije a Juan.

Cristóbal de Alba

Verde horizonte

Más tarde miramos el atardecer desde el Sky Bar del hotel. Envuelto en luz cálida y rodeado de montañas, el pueblo fue encendiendo sus luces una a una, al mismo ritmo que las estrellas. Escuchamos los silbatos de las destilerías, mezclados con el alboroto de los pájaros de la plaza y las campanadas de la iglesia. Bebimos otro tequila, y brindamos por las plantas industriales y las tesis doctorales, entre muchas otras cosas más, como las nubes rosas, los vasos escarchados y los paseos en las montañas al amanecer. Pensé que el día había sido largo y hermoso, sencillamente perfecto.

Y creo que lo dije en voz alta, porque Juan respondió: “Pero todavía no termina; no podemos irnos a dormir sin una buena cena”. Así que bajamos al restaurante La Antigua Casona, donde a Juan le habían recomendado la receta original del manchamanteles virreinal. El capitán nos recibió de manera amable: “¿Es usted la doctora González?”. “Servidora”, dije divertida, mientras volteaba a ver a Juan y sus locas ideas. Nos condujo a una mesa redonda que a todas luces nos quedaba muy grande. “Para que estén más cómodos”, dijo sonriendo, y sin esperar respuesta se fue rápidamente.

Cristóbal de Alba

Con broche de oro

Mientras analizaba la carta, sin saber si elegir unos camarones zarandeados al tequila o una carne en su jugo, sentí una presencia extraña. Al levantar la mirada, vi de pronto frente a mí a toda la gente que más quiero: mi hermana menor recién llegada de Canadá, mi amiga Olga, mis dos sobrinos y mi papá. Mientras los abrazaba a todos, volteé a mirar a Juan: nunca me habían dado una sorpresa así. Después de una cena deliciosa, Juan, orgulloso de todo lo que había orquestado, esperó una pausa de los mariachis para hacer un brindis a mi salud, tan conmovedor que hasta los extranjeros de la mesa de junto vinieron a felicitarme…Nada mal para un ingeniero, ¿no creen?

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