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Visita de Hernán Cortés a Tlatelolco

Los soldados españoles comentaban la variedad de productos que se hallaban en el mercado de Tlatelolco, según lo que les contaron sus aliados tlaxcaltecas y zempoaltecas, quienes sabían de la importancia de este centro de intercambio para los gobernantes aztecas.

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Los rumores llegaron a oídos de Hernán Cortés, quien movido por la curiosidad pidió a Moctezuma que algunos de los nobles indígenas de su confianza lo llevaran hasta ese lugar. La mañana era espléndida y el grupo, encabezado por el extremeño, cruzó rápidamente por el sector norte de Tenochtitlan y penetró en Tlatelolco sin problemas. La presencia de Citlalpopoca, uno de los principales jefes de esta ciudad-mercado, imponía respeto y temor.

El afamado tianguis de Tlatelolco estaba formado por un conjunto de edificios a manera de espaciosas habitaciones alrededor de un amplio patio donde se reunían cotidianamente más de treinta mil personas a intercambiar sus productos. El mercado era una institución formal de gran importancia para la economía de las dos ciudades, por lo que se tenía mucho cuidado en su celebración y se vigilaba hasta los mínimos detalles para evitar robos y engaños.

Comúnmente estaba prohibido ir armado al tianguis, sólo los guerreros pochtecas usaban sus lanzas, escudos y macáhuitl (especie de macanas con filo de obsidiana) para imponer el orden; por eso cuando llegó la comitiva de visitantes con su armamento personal, por un momento el pueblo que deambulaba por el mercado se detuvo temeroso, pero las palabras de Citlalpopoca, que en voz alta informó que los extranjeros eran protegidos del gran Moctezuma, calmaron los ánimos y la gente volvió a sus actividades normales.

Hernán Cortés resaltó el hecho de que a pesar del gentío se percibía un orden interno; ello se debía a las disposiciones de los jerarcas que dirigían el comercio en la ciudad, quienes exigían a los comerciantes congregarse en los diferentes sectores del gran patio de acuerdo con la naturaleza de los productos que ofrecían, dejando entre ellos un espacio que permitiera deambular libremente y observar sin problemas la variedad de las mercancías.

Hernán Cortés y su grupo se dirigieron a la sección de los animales: el jefe español no dejaba de asombrarse ante la rareza de la fauna autóctona. De inmediato llamaron su atención los xoloizcuintli, perros sin pelo, de color rojo o plomizo, que se utilizaban en los ritos funerarios o bien se cocinaban en ciertas festividades. A las codornices les encontraron parecido con las gallinas de Castilla, de ahí que les llamaran gallinas de la tierra.

Junto a las liebres estaban los teporingos, conejos silvestres que abundaban en las faldas de los volcanes. Los españoles quedaron sorprendidos ante la abundancia de serpientes, las que, según les explicaron, constituían un platillo delicioso; lo que Cortés no aceptaba era la veneración que brindaban los nativos a estos animales.

El ave que más apreciaba Cortés era el guajolote, cuya sabrosa carne había degustado durante su estancia en el palacio real. Cuando pasó por la sección donde se servía comida y preguntó por los principales platillos, se enteró de que había una gran variedad de tamales que se rellenaban con frijoles, salsas y pescados.

Como al capitán le interesaba ver a los mercaderes especializados en metales preciosos, apuró sus pasos, cruzando por entre los puestos de verduras y semillas, mirando de reojo los vegetales, la enorme cantidad de chiles y los vívidos colores del maíz con que se hacían las olorosas tortillas (que nunca fueron de su gusto).

Así llegó a una amplia calle enmarcada por diversos productos elaborados con mosaicos de turquesa, collares de jade y otras piedras verdes llamadas chalchihuites; se detuvo largo rato frente a los puestos donde brillaban los discos de oro y de plata, así como las pepitas y el polvo del áureo metal, junto con las numerosas joyas y ornamentos con extrañas figuras producto del ingenio de los orfebres.

A través de sus intérpretes, Cortés preguntaba constantemente a los vendedores acerca de la procedencia del oro; inquiría sobre las minas y el lugar exacto donde se hallaban. Cuando los informantes respondieron que en los lejanos reinos de la Mixteca y otras áreas de Oaxaca la gente recogía pedrezuelas de oro en las aguas de los ríos, Cortés pensó que tan vagas respuestas tenían el propósito de distraerlo, por lo que insistía en una información más precisa, mientras secretamente planeaba la futura conquista de aquella zona.

En esta sección del tianguis, además de los valiosos objetos metalúrgicos, admiró la calidad de los textiles elaborados principalmente con algodón, del que se hacían las vestimentas usadas por los nobles, cuya decoración consistía en coloridos diseños que salían del telar de cintura.

De lejos percibió la presencia de los vendedores de cerámica, y atrajeron su curiosidad los puestos de los herbolarios. Bien sabía Cortés el valor de algunas de las hierbas, puesto que vio curar a sus soldados con emplastos que les aplicaron los médicos nativos después de algunos encuentros con las fuerzas indígenas durante su recorrido por la costa de Veracruz.

En uno de los extremos del mercado observó a un grupo de personas que, a manera de prisioneros, se hallaban a la venta; llevaban un estorboso collarín de piel con una trabe de madera en la espalda; a sus preguntas, le respondieron que se trataba de los tlacotin, esclavos en venta, quienes se hallaban en esta condición por deudas.

Conducido por Citlalpopoca al sitio donde se encontraban los gobernantes del mercado, sobre una plataforma contempló en su conjunto a la ruidosa multitud que, mediante el trueque directo, intercambiaba diariamente los productos necesarios para su subsistencia o bien adquiría los valiosos bienes que distinguían a la nobleza de la gente común.

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