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William T. Penny, costumbres y sociedad mexicanas

Acerca del británico William T. Penny no se conocen mayores datos biográficos. Fue un comerciante próspero que cuando vino a México, de 1824 a 1826, tendría alrededor de 40 años de edad. Su experiencia la plasmó en una serie de cartas y un diario de viaje publicados en un libro anónimo en inglés, aparecido en Londres en 1828.

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Conoce México, sus tradiciones y costumbres, pueblos mágicos, zonas arqueológicas, playas y hasta la comida mexicana.


Acerca del británico William T. Penny no se conocen mayores datos biográficos. Fue un comerciante próspero que cuando vino a México, de 1824 a 1826, tendría alrededor de 40 años de edad. Su experiencia la plasmó en una serie de cartas y un diario de viaje publicados en un libro anónimo en inglés, aparecido en Londres en 1828.

Penny llegó a nuestro país por el puerto veracruzano de Alvarado, cuando se encontraban fondeados 20 barcos con banderas de Estados Unidos, Francia, Inglaterra y México. Con cierta sorpresa anotó que “en cada escondrijo había un tropel de tahures jugando al monte”. Siguió a Veracruz, donde observó la “belleza de las calles trazadas con perfecta regularidad” y continuó hacia Jalapa, Puebla y la capital del país. Recorrió buena parte del altiplano; por el occidente llegó hasta Nayarit y por el sur a Morelos.

En camino hacia la capital veracruzana observó a unos “indios que casi los excluiría del título de humanidad”. En el trayecto se cruzó con una recua de 500 mulas pertenecientes a un solo dueño: “Va encabezada por un caballo blanco que lleva colgado al pescuezo una campana; las mulas, que van sueltas, siguen pacientemente al caballo y rara vez se descarrían de él”.

En Jalapa se hospedó en el hotel La Gran Sociedad, que tenía un cocinero napolitano, salas de juego, helados elaborados con nieve del Pico de Orizaba, pero las habitaciones ¡no tenían muebles! “Afortunadamente para mí, un generoso amigo me envió casi una veintena de petates, que me levantaron un poco sobre el piso y amortiguaron el rigor de una cama de ladrillos. La sociedad de esta ciudad está generalmente considerada como la más selecta de México.”

En la ciudad de Puebla Penny no es muy comedido, pues “sólo es asiento para dos clases de hombres; a saber, ladrones y curas; porque ella es el cuartel general de ambos […] Aunque hay muchas familias ricas, pocas son o ninguna, las que pueden ser consideradas respetables: la educación está en el nivel más bajo y las costumbres son viciosas […] Los poblanos me engañaron de nuevo; creo sinceramente que no ha habido extranjero que haya tratado con ellos que no haya salido estafado”.

En la propia Angelópolis, en una procesión religiosa estuvo a punto de ser agredido: “Me alegré de escapar de la multitud, oyéndola rezongar ‘judío, hereje’, etcétera, lo cual en ese país han sido palabras precursoras del martirio por lapidación”.

En la ciudad de México siguen sus quejas: “Las tiendas no proporcionan sino un precario espectáculo; los únicos comerciantes que muestran algún deseo de sobresalir en este medio son los carniceros, los cuales decoran sus establecimientos con banderas, guirnaldas, papel de colores y flecos, y con todo aquello de naturaleza ostentosa y brillante que son capaces de inventar”.

“Con frecuencia he visto a un viejo criado, con un rudo acento indígena, mal lenguaje y toscas maneras, al que se le ha permitido tomar asiento en medio de los contertulios de sus patrones; esto, pienso para mí, es sacar las cosas de quicio; sin embargo, me agradaría ver introducido un mayor grado de amistad y familiaridad en nuestras frías reuniones en Inglaterra.

“La ocupación de un gran número de personas es la venta de billetes de lotería; cuatro o cinco se estacionan en cada esquina en la calle, mientras otros prosiguen su negocio cuando caminan, gritando todos con una incesante y molesta cantinela: ‘El último billetito del Señor San José que me ha quedado para la tarde’.” Los numerosos billeteros y la venta del huerfanito no han pasado de moda.

Este frío británico llegó ocasionalmente a tener ojos para el sexo femenino: “Las muy devotas, las muy tímidas y las muy feas llevan la mantilla baja, ocultando el rostro; pero las damas más bellas y de mejor gusto la llevan recogida sobre la cabeza, dejando así descubierta la cara, sin temor al daño o ajamiento que pudiera perjudicar la tez”.

El Portal de Mercaderes, en el zócalo capitalino, era una especie de Torre de Babel: “Aquí estaban también los mercaderes al menudeo, embutidos en sus levitas descoloridas, sin sombrero y abrumados de ocupaciones; asimismo se encontraba aquí el charro, con la fastuosidad de su traje campirano; los arrieros, vestidos de cuero; los indios, con su carga a cuestas, trotando entre la multitud; y el lépero con su frazada y su semioculto y herrumbroso sable y la dama refinada con su criado y el cigarrillo. Todos juntos y mezclados promiscuamente con la total independencia y el obstinado codeamiento de la igualdad republicana”.

Las despedidas a la mexicana requieren cierto entrenamiento: “Habiendo hecho a cada uno de los presentes una profunda reverencia, comencé mi retirada, cuando un ligero toque de mi amigo me recordó que otro respetuoso saludo se acostumbraba al llegar a la puerta, un tercero desde el rellano superior de la escalera y cuando llegamos al primer descansillo, el conde estaba aún en lo alto en espera de la cuarta y última reverencia”.

A Penny le tocó estar en la feria de San Juan de Los Lagos y resultó escandalizado: “Durante las festividades públicas todos los hombres, desde los de la clase más elevada a la más baja, de cualquier rango y profesión, juegan abiertamente y sin reserva. Los propios sacerdotes se olvidan del respeto debido a su profesión y se mezclan con el vulgo en torno a las mesas de juego”.

Fuente: México desconocido No. 340 / junio 2005

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