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El Río Xumulá: la boca del infierno (Chiapas)

La selva de Chiapas es una de las regiones más fascinantes par explorar: es un lugar de ríos impetuosos y tal parece que Chac, dios de la lluvia, se instaló en esta extensa zona de boscosa de 200 000 km2 para crear un gigantesco jardín acuático.

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El Pachila o Cabeza de Indios, como se le llama aquí, es uno de los más bellos ríos del planeta ya que después de formar cinco hermosas cascadas vierte sus aguas de color azul opalescente en el Xumulá verde y misterioso.

Lo primero que hacemos para preparar nuestra expedición es sobrevolar a ras de tierra el curso del Xumulá para conocer más sobre su origen, pues sólo sabemos que en chol su nombre significa “mucho agua saliendo de la montaña”, y en efecto desde el aire nos damos cuenta que este río corta la montaña en dos, se encajona y de repente desaparece como si fuera tragado por una bóveda gigante para salir más delante de las entrañas de la tierra y formar unos rápidos que llevan un volumen de agua de 20 m3por segundo, y se precipitan en un túnel natural que parece totalmente inaccesible.

En fila india, guiados por los tzeltales de esa zona, caminamos por una pendiente lodosa que cada vez se hace más abrupta y nos obliga a usar con más fuerza los machetes. Algunas horas después de haber pasado por el pueblo Ignacio Allende y después de una pesada caminata llegamos a la cima del cañón donde el río Xumulá estalla furioso de roca en roca antes de precipitarse. Allí despejamos un claro para instalar el campamento donde vamos a quedarnos durante 18 días de exploración y filmación.

Lo primero que hicimos después de instalarnos, fue buscar un camino para acceder al río y para ello bajamos por las paredes verticales de la barranca teniendo mucho cuidado de no confundir la cuerda que nos sostiene con alguno de los bejucos que tenemos que cortar para avanzar: un trabajo extenuante en un ambiente tan caluroso y húmedo. Luego remontamos el río y después de pasar un recodo llegamos al boquerón, el cual tratamos de penetrar nadando, pero la corriente, demasiado violenta, nos lo impide, así que alcanzamos la orilla sabiendo que la exploración por este lado no es posible.

En el segundo intento para encontrar un acceso llegamos encima de un puente de roca donde 100 m abajo el Xumulá se mete en la tierra. En el piso intermedio del puente, un afluente vierte sus aguas como cortina líquida en el curso principal, y en el lugar reinan la bruma y la humedad. La cuerda resbala en la polea y conforme vamos bajando el rugido aumenta, se vuelve ensordecedor, y la catarata salpica sobre la pared del enorme embudo. Estamos en la entrada del sótano: la boca del infierno… Delante, en una especie de marmita de 20 m de diámetro, el agua borbetea y nos impide el paso; más allá se divisa un hoyo negro: allí empieza lo desconocido. Nos preguntamos, ¿hasta dónde nos llevará este líquido turbulento?

Después de una serie de travesías en péndulo logramos situarnos al otro lado de la marmita diabólica, a la entrada del túnel oscuro y humeante donde la violenta corriente de aire aspira las gotas y nos hace difícil vislumbrar lo que sigue por el agua que nos golpea. Miramos hacia el techo, vemos algunos troncos atascados a 30 m de altura y nuestra imaginación empieza a funcionar sobre lo que pasaría si río arriba hubiera un aguacero: una crecida de esta magnitud y nos volvemos objetos flotantes no identificados.

Con prudencia, abordamos el río. La masa líquida se comprime en un corredor de dos metros de ancho, un espacio ridículo entre dos paredes verticales. ¡Se imagina la fuerza de la corriente que arruga la superficie del agua! Dudamos, el ruido nos asalta, pasamos el último nudo de la cuerda de seguridad y somos arrastrados como la cáscara de una nuez. Después de la primera impresión tratamos de frenar pero no podemos porque las paredes son lisas y resbalosas; la cuerda se desliza a toda velocidad y delante de nosotros sólo está la oscuridad, lo desconocido.

Hemos avanzado hasta gastar los 200 m de cuerda que llevamos y el río sigue igual. A lo lejos, oímos el estruendo de otra cascada mientras la galería parece ensancharse. Sentimos que la cabeza nos retumba por el ruido y el cuerpo empapado; es bastante por hoy. Ahora, debemos luchar contra la corriente, sabiendo que cada brazada nos acerca la luz.

Las exploraciones prosiguen y la vida en el campamento no es muy descansada que digamos, ya que cada día hay que subir 40 litros de agua del río por 120 m de paredes verticales. Únicamente los días de lluvia nos salvan de esta tarea, pero cuando ésta continúa todo se vuelve barro, no hay nada seco y todo se pudre. Después de una semana en este régimen de humedad extrema, el material de cine está descompuesto y los hongos se desarrollan entre los lentes de los objetivos de la cámara. Lo único que resiste es el ánimo del grupo porque cada día nuestras exploraciones nos llevan más lejos en una galería cada vez más amplia. ¡Qué extraño navegar así bajo la selva! Apenas se distingue el techo y de vez en cuando el ruido de un torrente nos espanta, pero sólo son afluentes que caen a través de fisuras de la caverna.

Como se nos habían acabado los 1 000 m de cuerda que llevábamos, tuvimos que ir hasta Palenque para comprar más con el objetivo de utilizarla cuando estuviéramos en contra de la corriente, y cuando llegamos de vuelta al campamento tuvimos una visita inesperada: los habitantes del retirado pueblo de La Esperanza, que se encuentra del otro lado de la barranca, estaban esperándonos armados de machetes y fusiles; eran muchísimos, parecían enfadados y pocos hablaban español. Nos presentamos y les preguntamos el porqué de su venida. Nos dijeron que la entrada del sumidero está en sus tierras y no en las del otro pueblo como nos habían dicho. Querían saber también qué era lo que buscábamos abajo. Les platicamos cual era nuestro objetivo y poco a poco se volvieron más amistosos. Invitamos a algunos a bajar con nosotros lo que provocó una explosión de risas, y les prometimos pasar a su pueblo cuando termináramos la exploración.

Continuamos con nuestras incursiones y navegamos de nuevo por la increíble galería. Los dos barquitos se siguen y la cámara fila lo que puede verse a través de una cortina de vaho. De pronto, llegamos a un tramo donde la corriente es tranquila y mientras remamos en la obscuridad vamos desenrollando la cuerda que es nuestro cordón umbilical. De repente, prestamos atención porque adelante se oyen unos rápidos y nos quedamos vigilantes. A través del ruido, se escuchan gritos extraños que nos llaman la atención: ¡son golondrinas! Unas remadas más y una luz azulada se distingue apenas en la lejanía. No podemos creerlo… la salida ¡Hurra, hemos atravesado!

Nuestro grito resuena en la cavidad y falta poco par que nos hundamos con todo el equipo. Salimos deslumbrados por los rayos del sol, y todos nos tiramos al agua con excitación y emoción.

Durante 18 días, el río Xumulá nos hizo vivir momentos emocionantes y difíciles. Fueron dos semanas de exploración y filmación en este río subterráneo, el más increíble de México. Debido a tanta humedad y tanto vaho no sabemos lo que se habrá filmado, pero tenemos esperanzas de haber salvado algo a pesar del clima tan adverso.

Las golondrinas nos vienen a saludar por última vez. Estamos contentos ya que logramos que el Xumulá nos revelara su bien defendido secreto. Dentro de poco, el claro de nuestro campamento estará de nuevo invadido de vegetación y ya no habrá huellas de nuestro paso ¿Hasta cuándo? Ahora pensamos en la fiesta con los del pueblo de La Esperanza. ¿Cómo contarles que el tesoro encontrado fue cuando el sueño se hizo realidad? El dios de la lluvia no nos engañó ¡Gracias Chac!

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