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Zacatecas, patrimonio de la humanidad

Todo comenzó aquel día de julio de 1546 en que llegaron a los aposentos del conquistador Cristóbal de Oñate.

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Un viejo indio tlaxcalteca, de las huestes de Nuño de Guzmán, con sus calzoneras de baquetilla de venado, su chupa de jerga rayada y sus huaraches de «pata de gallo» , y un indio zacateca que llevaba por sola vestimenta un cintillo de cuero de ardilla, para domeñar Las greñas de su hirsuta y larga cabellera, y un par de polainas de cuero de coyote sin curtir que le cubrían las piernas de las rodillas a los tobillos para protegerse de las espinas de los nopales y de los colmillos de las serpientes, con lo cual quedaban al aire, a merced de todos los fríos y todas las miradas, las demás partes de su cuerpo delgado y musculoso, a excepción una tira de la espalda que no se le podía ver, porque llevaba en bandolera un largo carcaj repleto de flechas de longitud desusada para esgrimirlas con un arco de casi tres varas de alto que portaba en la mano izquierda, apoyándose en él como cayado, y en la mano derecha un envoltorio que abrió sobre la mesa de Oñate, dejando ver ante los ojos del conquistador unas muestras de sulfuro o de carbonato de plata de altísima ley.

Brillaron, ante el espectáculo, los ojos del conquistador, que habría de convertirse en gobernador del Reino de la Nueva Galicia y en el más rico e influyente de los cuatro primeros pobladores notables de la futura ciudad de Zacatecas, a cuyo sitio habían de ser enviados sin demora el capitán don Juan de Tolosa, apodado «Barba longa» y su dilecto amigo Diego de Ibarra, futuro marido de la hija del primer virrey de México, en compañía de un fraile franciscano llamado Jerónimo de Mendoza, también notable por su fervor apostólico y por ser hermano del virrey.

Las piedras del indio desnudo demostraron, al ser «ensayadas” , según las crónicas coetáneas, ser «la mitad piedra y la mitad plata”, cosa que a cualquier minero podría lanzarlo, por aquellos años y aun hoy en día, en las más riesgosas aventuras, y, en efecto, Barba longa, Ibarra y fray Jerónimo se aprestaron para salir hacia el norte y recorrer los trescientos kilómetros, mal contados, que separan a la Guadalajara de Nochistlán con la que habría de ser después ciudad de Zacatecas.

Llegaron al pie del cerro de la Buía, en medio de la serranía cubierta de pinos, encinos y robles que, a decir del andariego obispo De la Mota y Escobar, era regada por frecuentes hilillos de agua que venían a engrosar el arroyo en el fondo de la barranca (llamado ahora Arroyo de la Plata ) y ahí acamparon con el indio desnudo, su acompañante y un corto número de soldados y de indios amigos para comenzar la exploración que habría de rendir en cuatro siglos casi tanta plata como la del paradigmático «cerro colorado» de Potosí, Bolivia.

El asentamiento no era, ni podía ser, una villa, un lugar y ni siquiera un «real» o campamento porque las minas encontradas y las que habrían de aparecer bien pronto se ubicaron en un trayecto de unos doce kilómetros, desde lo que ahora es el pueblo de Pánuco hasta Cerro del Padre.

EI interés creció como la espuma, y a finales del año 1547 Ibarra puso la primera piedra de una fortificación para defenderse de los indios que si bien al principio los habían recibido pacíficamente, al poco tiempo habían comenzado a hostigarlos gritándoles amenazadoramente durante toda la noche.

Mientras Tolosa seguía hacia el norte en busca de vetas de plata, pero también de los míticos reinos de las amazonas, de las siete ciudades de Cíbola, de El Dorado o de la fuente de la eterna juventud, la zona era poblada con rapidez por una pléyade de aventureros ávidos de vetas de plata y de aventuras.

Poco tiempo después, en 1583, el conquistador Baltazar Temiño de Bañuelos, ya viejo y siempre residente en la región, solicitaba al rey Felipe II se le concediera a aquel puñado de casas, anexas a otras tantas minas, el título de ciudad, porque ya había elementos que lo justificaban.

En efecto, aquella larga y sinuosa marmita, de la que desde los más tempranos días se habían comenzado a desprender hervores de intenso trabajo, y burbujas de humo que despedían los «hornos castellanos» junto a cada una de las pequeñas e incipientes instalaciones industriales, que al mismo tiempo comenzaban a producir a su alrededor otros tantos casos de «tina tonsurante», porque los hogares de los hornos eran grandes bocas siempre hambrientas, en donde los troncos de los árboles se convertían en cenizas; así, para 1602, año en que el obispo De la Mota visitó la ciudad, el prelado nos dice que ya sólo quedaban unas flacas palmillas en donde pocos años antes había habido árboles frondosos.

La ciudad, que aún no tenía título de tal, pues sólo era llamada «las minas de los Zacatecas o las minas de Nuestra Señora de los Remedios de los Zacatecas», se había congregado alrededor de su parroquia, pequeña iglesia de adobe de una sola nave por la que abogaba, a fines del siglo, el conquistador Temiño de Bañuelos para que el Cabildo se avocara a reparar la pobre espadaña con la que el padre Melo, desde antes de 1550, congregaba a los frailes a oír su misa o a asistir a los funerales de los que eran muertos por los chichimecas, zacatecas, guachichiles, tepeguanes y tantos otros más, cuando eran flechados en emboscadas que les tendían los indios en los más ásperos vericuetos del camino de la plata, recién abierto hasta la Imperial Ciudad de México por el bachiller Estrada. Este camino fue abierto para el tránsito de recuas y ulteriormente acondicionado por el beato Sebastián de Aparicio para carros de mulas y carretas de bueyes que nevaban las «conductas» de plata hasta las arcas virreinales, juntamente con un escaso tráfico de gentes que se volvía numeroso y activo al regreso de cada tren de carros que venían repletos de futuros mineros, comerciantes, artesanos y demás gente que vino a conformar una sociedad por demás heterogénea. De esta ciudad naciente, según el censo levantado por el benemérito Visitador Real Hernán Martínez de la Marcha, oidor en Compostela y en Guadalajara, a quien se debieron las primeras ordenanzas para reglamentar las transacciones entre los mineros, ya habían surgido, o estaban por surgir, los cuatro primeros millonarios de América. Y a ella habrían de llegar también negros angoleños, indios esclavos y los codiciados, indispensables, indios «naborios», quienes venían por un salario o a obtener semanalmente su parte del montón de mineral rico.

EI abigarrado y rijoso conjunto se componía solamente de solteros o de casados que habían dejado a sus mujeres en España o en la capital, y curiosamente, podemos anotar con de la Marcha, que en aquel puñado que se convertía rápidamente en multitud, no había más que una mujer con su marido, de lo cual podemos suponer que había muchas que, a despecho de los peligros de los caminos, llegaban hasta Zacatecas a practicar la profesión más antigua del mundo.

La ciudad se desarrolló con altibajos durante el siglo XVII, y durante el siglo XVIII se construyeron La Parroquia y los magníficos templos que ahora ostenta, mejoró enormemente su clima social, y cuando llegó el fin del siglo y nació el esplendoroso siglo XIX, la ciudad tomó el aspecto que ahora conocemos, con excepción de muchas casas que a lo largo del siglo cambiaron sus fachadas. Se construyó el teatro, el mercado González Ortega y muchas otras cosas más. En el siglo XX, hasta la Revolución, fue en ascenso su actividad económica y el progreso de sus áreas de provecho social. Después cayó en un letargo que la convirtió en un pequeño pueblecito y fue hasta el año 1964, siendo gobernador José Rodríguez Elías, cuando comenzó su renacimiento, hasta el día de hoy en que la UNESCO ha reconocido sus valores y la  ha condecorado con el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, dejando en manos de los zacatecanos el enorme compromiso de conservarla intacta y daría a conocer con la mayor amplitud posible.

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