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Zea diploperennis Maíz primitivo de la Sierra de Manantlán Jalisco

La riqueza biológica de la Sierra de Manantlán ha atraído la atención de científicos nacionales e internacionales. Descubrir una nueva especie de maíz significa abrir nuevos horizontes para este grano, que es uno de los tres alimentos cultivados más importantes en el mundo.

“Era diciembre del año 1978 cuando llegamos a los 2 400 msnm, había niebla; después de caminar casi medio día, finalmente encontré las plantas del maíz silvestre entre la hierba. Pensé en una nueva localidad para Zea perennis y registré los ejemplares colectados con el número 777, y así se distribuyó a varios herbarios del mundo; este paratipo fue utilizado para la descripción científica de lo que sería Zea diploperennis: una nueva especie de maíz”.  Así narra el ingeniero agrónomo Rafael Guzmán Mejía lo que le sucedió hace más de dos décadas, cuando buscaba un maíz silvestre y encontró este teosinte primitivo.  .

Al caminar por las veredas semicubiertas de hierba de la sierra de Manantlán, en el occidente de México, es fácil identificar un delgado zacate de entre 1.5 y 2.5 m de altura, a veces dentro del agua estancada, con raíces abundantes, alargadas hojas, densas inflorescencias pistiladas parecidas a cabellos de elote y una mazorca de 5 a 8 cm, con sólo dos hileras de granos redondos adheridos entre sí, sin llegar a constituir un olote: se trata de la milpilla, “chapule”, o maíz perenne, especie que sólo aquí habita. Las gramíneas gigantes conocidas como teosintes son los parientes silvestres del maíz cultivado, y Zea diploperennis se considera el miembro más primitivo del género Zea. 

En los campos de cultivo abandonados la milpilla resurge de semillas depositadas por el viento, por el agua o simplemente por gravedad. El ganado y la fauna silvestre favorecen la germinación y el crecimiento de esta especie mediante la dispersión de sus semillas, mientras que con el pisoteo eliminan a las especies nocivas, pues la competencia de otras hierbas anuales, arbustos y enredaderas, afecta su óptimo desarrollo. La parte visible de la planta muere y pasa a formar parte del suelo, dejando sólo algunos brotes basales, mientras bajo el sustrato unos pocos rizomas entrelazados permanecen vivos para producir nuevos tallos durante la siguiente estación lluviosa. 

Este teosinte silvestre perenne fue descrito por Iltis, Guzmán, Pezy y Doebley en 1979, y ese mismo año Rafael Guzmán, de la Universidad de Guadalajara, y Hugh Iltis, de la Universidad de Wisconsin, publican el descubrimiento en la revista Science, donde resaltan la importancia ecológica de Manantlán, única región del mundo donde esta planta crece de modo natural en tierras altas, cerca de arroyos y áreas despejadas. A raíz del afortunado descubrimiento, la Universidad de Guadalajara y el gobierno del estado promovieron la creación de un área protegida, proyecto en el que participaron universitarios, habitantes locales y los dueños del rancho maderero “Las Joyas”. 

Este nuevo miembro de la familia permitirá aclarar varias interrogantes sobre la evolución del moderno maíz Zea mays, pues posee igual número de cromosomas. Según expertos en el maíz, este pariente primitivo contiene valioso material que puede mejorar y revigorizar genéticamente los actuales cultivos de maíz, pues es resistente a cuatro de las siete principales enfermedades virales, a los nemátodos, a algunas plagas del suelo y al enanismo.

Asimismo, tolera bastante bien la humedad, los fuertes vientos y las malezas; habita en las tierras altas, con presencia de heladas esporádicas, y puede ser hibridizado libremente en estado silvestre.  La riqueza biológica de la sierra ha atraído la atención nacional e internacional durante los últimos veinte años; se han registrado 2 774 especies de plantas superiores, de las cuales al menos 30 especies son exclusivas del occidente mexicano. Más de cien botánicos de diferentes naciones han colectado alrededor de 30 mil ejemplares, los cuales han sido depositados en importantes herbarios de México y el extranjero.

Como resultado de lo anterior se han hecho descubrimientos botánicos asombrosos, como el del citado maíz diploide perenne, nuevos registros de un álamo tropical de crecimiento rápido, el maple dulce, una enorme magnolia, y otros más, en esta reserva cuya pequeña extensión no impide que sea considerada entre las de mayor diversidad del mundo.   

SAN MIGUEL, EN LO ALTO DE LA SIERRA OESTE DE MANANTLÁN    

Dentro de la reserva, San Miguel es un diminuto poblado con menos de cien habitantes, al cual sólo se puede llegar por un estrecho camino de terracería desde la cercana población de Ayotitlán, a casi una hora de Cuautitlán, cabecera de uno de los municipios más grandes y alejados de Jalisco. En San Miguel, como en otras localidades, la milpilla también es llamada “chapule”, que significa “chapulín” en náhuatl, porque el grano se parece a dicho animal. Pese a ser endémica y rara, la existencia de la milpilla es bastante conocida por los habitantes de los alrededores, por ser una planta que, según Iltis (1980) “…en todos los casos ocurre solamente dentro o cerca de las habitaciones agrícolas”. 

Al final de la temporada lluviosa, entre las milpas y las hierbas, Zea diploperennis surge abundante como un simple zacate silvestre. En esta aldea, donde don Gaudencio Flores confecciona pausadamente huaraches para el arduo trabajo del campo, la exuberancia de la milpilla depende fundamentalmente del sistema de cultivo llamado “coamil”, el cual consiste en cortar y quemar la vegetación para la siembra. En este cultivo tradicional actúan diversos factores, como el pastoreo, el uso de fuego y el impacto constante sobre la vegetación. Con base en ello, personal de la dirección de la reserva, e investigadores como Bruce Benz, opinan que “es sobreviviente de un sistema de cultivo antiguo”. 

La distribución mundial de esta especie suma alrededor de 400 ha, de las cuales más de la mitad se encuentra en esta porción de la reserva, rodeando a San Miguel, donde ocupa ambientes perturbados necesariamente. Por lo general se presenta en suelos blandos, no lejos de arroyos estacionales, y con frecuencia domina la totalidad de los predios agrícolas abandonados. En las milpas actuales es posible notar la presencia del “chapule” y algunos casos de hibridación (reportada por Bruce Benz en 1990), pues la floración de Zea diploperennis sólo se adelanta un poco al maíz cultivado, lo que permite a los campesinos realizar cruzas entre ambos maíces para aumentar la productividad y la resistencia a enfermedades.  Bajo un matutino y quemante sol otoñal y con las densas hierbas mojando nuestra ropa, recorrimos los alrededores en compañía del ingeniero Juan José Llamas y del biólogo Juan Carlos García, que desarrollan proyectos de investigación por parte de la dirección de la reserva. 

A escasos 300 m del poblado vimos enormes rocas con grabados en su superficie; alrededor abunda el “chapule” y pudimos observar cómo los diminutos insectos llamados frailecillos, mayates o pingos (Macrodactylus murinnus) casi cubren algunas plantas del maíz cultivado, mientras la milpilla cercana permanece libre de plagas, lo que ha motivado varios estudios para beneficiar a estos campesinos, que básicamente viven de las actividades agrícolas.  Aquí, esta especie silvestre se emplea como forraje, y los campos con milpilla en general se mantienen para el forrajeo doméstico todo el tiempo posible.

También se ha visto que la presencia de estos reducidos predios cultivados aislados atrae a algunos animales silvestres, como pequeños mamíferos y aves, que aumentan la dispersión de las semillas y favorecen su permanencia. Además, en algunos puntos de este límite estatal entre Jalisco y Colima, desde tiempos remotos los pobladores han usado sus duras semillas para preparar atoles y otros alimentos; dichas semillas también se han colectado para iniciar pequeñas siembras en la región.  Este “nuevo” maíz surge como un símbolo internacional que ilustra la urgencia de preservar la diversidad genética en áreas ecológicas protegidas.

En Manantlán rápidamente fue reconocido el valor científico de esa planta, lo cual propició el establecimiento en 1987 de la Reserva de la Biosfera Sierra de Manantlán, de 140 mil hectáreas, hoy considerada la primera reserva en el mundo que tiene el propósito de proteger en su hábitat al pariente de una planta alimenticia. Investigadores y habitantes locales rescatan a la discreta milpilla de su posible extinción y con ello fortalecen los granos empleados en los extensos monocultivos del planeta.   

Es este un maíz frágil, con requerimientos esenciales en un ambiente amenazado por el aumento de cultivos de ladera, nuevas áreas de ganadería extensiva, extracción de madera y cacería furtiva. Hoy necesita protección por la acelerada baja en sus poblaciones, pues no compite exitosamente contra especies leñosas más resistentes al impacto ambiental, y se comporta como maleza, lo cual funciona como una adaptación evolutiva o un mecanismo natural defensivo, algo que es común en numerosos vegetales. Aunque ahora se sabe que la milpilla ha sido beneficiada por el disturbio humano y que el cultivo tradicional o “coamil” sólo debe mantenerse en pocas áreas de la reserva para que crezca bien y a salvo de la extinción. 

En esta área la investigación botánica ha recibido atención prioritaria y hasta el momento ha sido el objetivo principal de muchos estudiosos, mientras el maíz primitivo mantiene ocupados a investigadores de las universidades de Guadalajara, Wisconsin y Jerusalén. Hoy todos sabemos que proteger y estudiar las poblaciones de Zea diploperennis, así como diseñar estrategias de largo plazo para que pueda sobrevivir, es un objetivo básico de su integración permanente en ambientes culturales, como este de San Miguel, en el centro de la reserva, para volver en la siguiente temporada, casi al final del año, y encontrar la espigada milpilla que muestre a plenitud una prometedora fila de granos verdosos.

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