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El Ayate. Al borde de la extinción

Por: Antonio Molina Mart

Dentro de los límites de la delegación Milpa Alta, al sureste del Distrito Federal, se encuentra un poblado llamado Santa Ana Tlacotenco en donde aún es posible encontrar una actividad artesanal muy nuestra: la elaboración de ayates.

El ayate (Ayatlen en lengua náhuatl), herencia de nuestros ancestros conservada por muchas generaciones, es confeccionada con la fibra del maguey llamada ixtle, que se obtiene mediante un rústico y laborioso proceso.

Aunque parezca increíble, la actividad agrícola está todavía presente en la vida de los tlacotenses y pueblos circunvecinos; por ello, en muchos casos los pobladores de esta región tiene que elaborar ayates antes de que se acerque la temporada de cosecha, donde este peculiar lienzo es utilizado.

En tiempos pasados, el ayate era usado como mecapal y extendido en el suelo, como mantel en el campo. También, cuando ya estaba muy usado y adquiría una textura suave como una tela de algodón, servía como toalla para secarse después del baño.

Hace algunas décadas todavía se podía encontrar un gran número de personas dedicadas al tejido de ayates, pero en la actualidad este número se ha reducido en forma tan drástica que ha llevado a esta actividad a su exterminio casi total. Hoy, en Santa Ana Tlacotenco sólo hay una persona que se dedica a esta actividad, y tuvo la gentileza de compartir con nosotros sus experiencias y mostrarnos la manera de elaborar esta prenda tan peculiar.

Doña Sebastiana Tapia Salazar, mujer cálida y de manos hábiles cuyo rostro refleja el paso del tiempo, realiza su labor con tranquilidad y dedicación, y nos narra el proceso que debe llevarse a cabo para elaborar un ayate. Ella aprendió este oficio con diferentes personas siendo una joven de aproximadamente 17 años y nos dice: “yo no me he cansado de limpiar pencas; es un gusto para mí hacerlo y me dedico a este trabajo todo el año. Según la cantidad de encargos tejo hasta cuatro ayates al mes, y también tejo morrales para la temporada de siembra. Cuando escasean las pencas de maguey descanso un poco, pues la gente que se dedica a hacer barbacoa también las corta y se las lleva dejándome sin material. En cuanto a la venta, los ayates grandes se venden a $150.00, y los medianos a $100.00, pero esto último no me conviene porque la gente se le hace caro pagar el trabajo”.

Existe una creencia que doña Sebastiana nos comunicó: “en el momento en que me toca urdir el hilo no lo hago los días martes ni viernes porque las personas que me enseñaron a tejer decían que en estos días el hilo se enreda por utilizarse en gran cantidad, dificultando el tejido del ayate”.

Las tejedoras de ayates, además de confeccionar este artículo, tejen fajas labradas para las mujeres, ceñidores negros para los hombres (utilizando para su elaboración lana de borrego) y cintas con la punta adornada de chaquira que les sirven a las mujeres para detenerse el pelo en forma de trenza.

La ardua tarea comienza en el campo recolectando las pencas del maguey al finalizar éste su producción de aguamiel; también se recolectan las pencas tiernas que han sido extraídas del corazón de la planta cuando ésta se prepara para la producción del líquido antes mencionado. Estas pencas son de un tono blanco, su fibra es muy fina y son más cortas y delgadas que las maduras. Una vez en su casa, doña Sebastiana hace una fogata para tostar las pencas a fuego moderado con el fin de que no se quemen, y de esta forma ablandar la pulpa y la cáscara. Cuando están tostadas, las dobla y las acomoda una encima de otra para que reposen por espacio de unos ocho días, rociándoles agua dos veces al día cuando es temporada de calor. Este procedimiento sirve para rebajar la toxicidad de las pencas, para que al momento de trabajarlas no irriten las manos y la piel.

Transcurrido el tiempo antes mencionado, las hojas de maguey se encuentran listas porque la pulpa y la cáscara tienen la suavidad requerida para su manipulación. Se coloca entonces una tabla en el suelo (la tabla se conoce con el nombre detlazimalhuapaletl) del tamaño apropiado a las pencas, y una por una se limpian raspándolas con un utensilio llamado piedrita (en náhuatltlaximaltetl), que es un trozo de madera con una lámina de metal incrustada, y así poco a poco se separa la pulpa y la cáscara dejando libre la fibra llamada ixtle, que al principio es de color blanco pero cuando se seca adquiere una tonalidad amarilla. Ya obtenido el ixtle, se sumerge en agua para lavarlo y quitarle las impurezas que se hayan impregnado, y después se pone a secar si es que no se desea trabajarlo enseguida.

Para obtener los hilos, el ixtle se sumerge en agua y con la mano se van jalando con cuidado pequeñas porciones hasta formar una hebra continua y larga, la cual se pone a secar sobre un lazo a manera de tendedero. Pasada esta etapa, la hebra se tuerce con la ayuda de un malacate (malacatlen náhuatl) para obtener hilos más delgados. Esto se logra haciendo girar el malacate donde se colocan pequeñas hebras de ixtle hasta obtener el hilo del largo deseado, que después se enredará en forma de bola aproximadamente al tamaño de un balón de fútbol.

Para hacer un ayate lo primero es urdir los hilos, lo cual consiste en acomodarlos cuidadosamente distribuidos en grupos de cinco pares haciendo un conjunto de 10 grupos, lo que da como resultado 50 pares de hilos, que son repartidos y sostenidos en una madera llamadaohtlame. Este mismo procedimiento es el que se utiliza para la confección de morrales, con la diferencia de que se urden menos pares de hilos.

La primera parte del proceso es tejer dos lienzos de forma rectangular llamadostlacohyatl, que posteriormente se unen para formar un cuadrado; los hilos ya acomodados se van separando con una tablilla larga y ligeramente ancha llamadatzutzupastle, para que por este espacio pase elpaquitlcuatlcon el hilo y de esta forma se vaya formando el tejido. El ancho de éste lo va marcando una vara llamadaohtate, que también sirve para que el tejido sea firme y parejo; a su vez, eljiyotetiene la función de separar uno a uno los hilos y elhuyastlesepara los hilos del tejido de un extremo a otro junto aljiyote. Otra función deltzutzupastlees la de bajar los hilos dándoles cierta tensión, pero conforme se va desarrollando el tejido llega un momento en que el espacio entre éstos es tan tupido que ya no se pueden utilizar estos utensilios, y entonces se recurre a unas agujas para pasar el hilo y a una púa de maguey para acomodarlos Una vez terminados los dos lienzos se unen cosiéndolos.

Los moradores de este lugar designan a estas prendas con diferentes nombres según el tamaño. Por ejemplo, llaman ayate al elaborado con hilos finos; quimichayatlal ayate chico, yayahtomactleal ayate de trabajo elaborado con hilos más gruesos. Además, el ayate tiene diferentes nombres según el uso que se le dé: cuando se ata de sus cuatro puntas para llevar carga en los hombros se le denominaxiquipilli, y es utilizado en las temporadas de cosecha del maíz para recoger y cargar las mazorcas entre los surcos. En la numeración azteca existe un número con el nombre dexiquipillique representa la cantidad de 8 000 y su representación gráfica es de una bolsa con la boca amarrada.

A propósito de lo dicho en el párrafo anterior, el señor Inocencio Meza, oriundo de este lugar y defensor de la lengua náhuatl, se ha dado a la tarea de recopilar información histórica relacionada a nuestra cultura y nos hizo el siguiente comentario:

“En la época prehispánica y hasta la época colonial el ayate tuvo un papel importante dentro de las leyendas mexicas, en donde se afirmaba de la existencia de personas dotadas con poderes sobrenaturales conocidas con el nombre de nahuales, palabra que proviene del vocablonahuatzitzin, que significa su secreto o el secreto; los nahuales tenían la facilidad de transformarse en cualquier cosa ya fuera animal o vegetal, y su atuendo principal consistía en un ayate, en especial elahahpitzahuacque tenía una oreja de ixtle; los ancianos decían que este personaje se transformaba sobre un ayate y con él viajaba grandes distancias a velocidad vertiginosa, regresando a su lugar de origen con el ayate cargado de muchas cosas”.

Así como se han rescatado y conservado historias en donde el ayate es protagonista, también la tradición de hacerlos y usarlos merece conservarse para evitar la pérdida de una prenda que forma parte de la identidad de los mexicanos.

Con el devenir de los años y el progreso, la mayor parte de las costumbres de los tlacotenses ha sufrido transformaciones radicales y los nuevos productos derivados del petróleo son ahora usados porque tienen un costo mucho más bajo. Esto significa que la elaboración de ayates resulta incosteable y poco apreciada, lo que está provocando el desempleo y la extinción de la tejedoras y sus productos; sin embargo, el ayate por ser de fibra natural no forma parte de los nuevos productos contaminantes, que aunque baratos en su obtención están cobrando un alto precio a la humanidad, ya que ponen en peligro el equilibrio biológico y por lo mismo, la vida.

Fuente: México desconocido No. 216 / febrero 1995

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