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El Pinacate y Gran Desierto de Altar, Sonora

Sonora resguarda un lugar que lejos de ser inhabitado, es uno de los lugares más rico en biodiversidad: el Pinacate y el Gran Desierto de Altar. ¡Aventúrate a conocerlo!

Foto: Shane Wilson

En contra de lo que muchos imaginan, es un lugar con abundante vida, donde el hombre actual utiliza el conocimiento y las prácticas empleadas durante milenios por los grupos indígenas que han habitado la región.

Con las primeras luces del cálido amanecer, los lejanos cerros arenosos adquieren un hermoso tono dorado: son las impresionantes dunas del extremo sur de la Reserva de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar... nuestro destino en el estado de Sonora.

Muy temprano salimos de Puerto Peñasco, un poblado pesquero preferido por miles de turistas del vecino estado de Arizona; el viaje es de sur a norte, y pocos kilómetros antes de llegar a la entrada de las instalaciones de la reserva, por el oeste, se encuentra el acceso a las dunas. El vehículo en el que vamos es alto, ideal para recorrer este camino de terracería de escasos 8 km, el cual conduce hasta una planicie rodeada por oscuros flujos de lava; desde ahí hay que caminar por un sendero arenoso que nos acerca a nuestro objetivo.

En la base de las dunas, de casi 100 m de altura, iniciamos el ascenso. Al avanzar y volver la vista atrás, hacia el naciente sol, sus rayos matutinos a contraluz hacen que la arena adquiera un brillante color blanquecino. En la cima las formas son infinitas, y las difusas líneas se extienden como costillas y lomos que se entrelazan, creando hermosas fantasías de color dorado.

En la distancia, hacia el norte, el paisaje lo forma la silueta del volcán Santa Clara o El Pinacate, con sus 1 200 msnm, mientras que hacia el oeste se continúa el extenso mundo arenoso del Gran Desierto de Altar, y hacia el sur se advierte la delgada línea del Mar de Cortés.

El cielo profundamente azul nos recuerda que hace poco, con las lluvias, el suelo del desierto, y sobre todo las dunas de arena, obtuvieron la belleza efímera de un jardín de flores silvestres con la diminuta alfombrilla que iluminó de púrpura el paisaje durante algunos días.

SEMIDESIERTO DE ASPECTO CASI LUNAR

Recorrer esta área protegida de 714 556 ha, creada el 10 de junio de 1993, es relativamente fácil, sólo debemos registrarnos con los guardaparques en la entrada de la reserva, ya que se trata de una zona extensa y es mejor que se sepa por dónde andan los visitantes. El acceso principal y las oficinas de la reserva se encuentran en el ejido Los Norteños, junto a la carretera Sonoyta-Puerto Peñasco, a la altura del km 52. Cerca de ahí está la más notable atracción de la reserva: los conos y cráteres volcánicos, entre los que destacan El Elegante, El Tecolote y el Cerro Colorado.

Para conocer estos sitios, de aspecto casi lunar, es necesario transportarse en un vehículo adecuado; nosotros, gracias al valioso apoyo del personal de la reserva, pudimos utilizar una camioneta de doble tracción.

El camino pedregoso está rodeado de cardones, sahuaros, choyas y arbustos de mezquite, palo verde y palo fierro. En el trayecto vemos flujos de lava y oscuras rocas que adquieren formas caprichosas; en la distancia sobresalen las elevaciones y conos truncados de volcanes extintos, como el Cerro Colorado, cuya tonalidad rojiza se refleja en la parte inferior de las nubes cercanas.

Desde el punto de vista geológico, ésta es un área impactante, con sus decenas de cráteres volcánicos, extrañas estructuras rocosas y restos de lava que cubren grandes superficies. Atravesada por varios caminos rústicos, esta región del Desierto Sonorense conocida como El Pinacate, debe su nombre, según algunos, a un diminuto escarabajo de intenso color negro que abunda en estas tierras; pero otra versión muy aceptada refiere la semejanza del perfil de la sierra Santa Clara con el mencionado insecto.

Quizás el principal atractivo de aquí sea el cráter El Elegante, el más visitado de todos porque los vehículos pueden llegar casi hasta su borde. Desde la cima se observan con claridad sus 1 600 m de diámetro y los 250 m de profundidad de su enorme hueco central. Para llegar hasta él es necesario recorrer 25 km de buen camino rústico; a escasos 7 km de ahí está el cerro El Tecolote, y el Cerro Colorado a menos de 10 km. Durante el trayecto puede uno encontrar correcaminos, palomas, halcones, serpientes, liebres, coyotes y venados, e incluso, algunas veces, cerca de las sierras, es posible ver al borrego cimarrón y al berrendo, los cuales tienen aquí un refugio seguro.

Desde la elevada cima rojiza de El Tecolote, a lo lejos se distinguen verdes planicies que ostentan rocas y elevaciones de formas y tamaños variados; cerca, sahuaros y cardones espigados semejan centinelas en las laderas de los cerros, mientras el ocotillo eleva al cielo sus hileras de flores rojas.

Junto a la base de El Tecolote, un diminuto valle es ideal para acampar y desde ahí caminar hasta un extenso mar de trozos de lava donde habita el sahuaro, o bien subir a un promontorio rocoso para contemplar el atardecer que embellece el cielo con tonos rojos y naranjas, contrastantes con la oscura silueta de la cercana sierra Santa Clara.

Igual que en las dunas, es indispensable mantenerse dentro de las rutas establecidas, porque al alejarse de éstas se puede uno extraviar o afectar especies vegetales únicas o los restos arqueológicos de los indígenas pápagos, quienes desde hace miles de años han atravesado esta región en su peregrinación rumbo al Mar de Cortés y han dejado numerosas evidencias de su paso por la zona, como puntas de flecha, restos de cerámica y pinturas plasmadas en las rocas. Durante milenios, estos grupos se han adaptado a los ciclos naturales del desierto, y para sobrevivir han aprovechado los diversos recursos que éste les ofrece, como el fruto del sahuaro y plantas medicinales, las yucas y los pastos para fabricar su indumentaria, igual que los escasos cuerpos de agua dulce y el agua de lluvia almacenada en las tinajas rocosas situadas a lo largo de sus rutas tradicionales.

El Desierto Sonorense, que ocupa más de medio estado y es compartido por Arizona, California e islas del Mar de Cortés, es uno de los cuatro más importantes de Norteamérica y sobresale como el más complejo por su biodiversidad e impactante geología. Es un ecosistema joven que terminó de contraerse y expandirse con la última glaciación, hace unos diez mil años, y se dice que es un desierto subtropical por su variada flora, donde El Pinacate destaca por sus casi 600 especies vegetales registradas.

Sabemos que hay que aprender a vivir con el desierto y no contra él, y ahora sólo debemos darle un uso que no altere su capacidad renovadora... y cuidarlo de nosotros mismos.

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