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Adolfo Schmidtlein

El doctor Adolfo Schmidtlein nació en Baviera en 1836. De seguro que su afición al piano ayudó a su relación con Gertrudis García Teruel, con quien casó en 1869, pues ambos tocaban juntos a cuatro manos.

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Tuvieron cuatro hijos durante los 6 años que residieron en Puebla y luego se trasladaron a la ciudad de México.

En 1892 el doctor viaja solo a Alemania, para ver de nuevo a su padre y jamás vuelve. Ese año murió allá por una enfermedad en las vías respiratorias.

En su travesía trasatlántica en 1865 de Francia a Veracruz, Adolfo Schmidtlein aporta un interesante dato: “Es curioso la cantidad de gente que forma nuestra sociedad en el buque, sin contar con el regimiento, que va a buscar su suerte a México, mineros, ingenieros, artesanos, hasta un italiano que va a introducir en México una cría de gusanos de seda; el refrán de todos es si el Imperio se sostiene, entonces llegaremos a ser alguien”. (De hecho, nuestro galeno no vino a México impulsado por sus convicciones políticas, sino en busca de fortuna profesional y económica).

Llamativo era el Club Alemán de Veracruz, el pleno imperio de Maximiliano: “El hostelero era de Alsacia. Los alemanes, de los que hay muchos en Veracruz y que todos tienen buenos negocios, sostienen toda una casa con biblioteca y billar, es una impresión extraña el encontrar allí revistas alemanas, cenadores en el jardín, etc… pasamos una noche muy agradable; tuvimos que platicar mucho de la patria, se cantaron canciones alemanas, se brindó con cerveza francesa y ya tarde en la noche nos separamos”.

En ese puerto, nuestro autor epistolar llevó a cabo una investigación de campo sobre la fiebre amarilla, que tantas vidas cobraba todos los veranos, sobre todo de fuereños. Innumerables autopsias realizó y redactó un informe para la superioridad militar. De su trasladado a Puebla, es notable ese relato: “El viaje en la diligencia mexicana constituye una aventura llena de obstáculos. Los carros son carruajes pesados en los que en un espacio pequeño se tienen que acomodar nueve personas muy apretujadas. Si se abren las ventanas lo mata a uno el polvo; si se cierran, el calor. Ante un carro de éstos se enganchan de 14 a 16 mulas, que parten a galope por un camino de piedra tremendamente malo, sin tener clemencia ni compasión para os que se encuentran dentro. Son dos cocheros: uno de ellos azota con un largo látigo a las pobres e irremisiblemente resistentes mulas; el otro tira piedras a las mulas, de las de un saco que ha traído exclusivamente para ese objeto; de vez en cuando se baja y da unos golpes a alguna mula cercana y se vuelve a subir al asiento, mientras el carruaje sigue avanzando a galope. Cada dos tres horas se cambia de mulas, no porque cada dos o tres horas se llegue a un pueblo o algún lugar habitado, sino generalmente a dos chozas colocadas allí por una compañía inglesa que es la que maneja todo el correo. Durante el cambio de mulas, como en casa “Thurn y Taxis”, en estas estaciones puede uno obtener agua, pulque, frutas, y a pesar de que los dos primeros son pésimos, sirven para refrescar al acalorado y empolvado viajero”.

En la capital poblana, el médico militar Schmidtlein tenía algunas obligaciones muy poco atractivas. “El partido de Juárez está formado por dos elementos: gente que pela por convicción política contra el Emperador, y una serie de ladrones viles y rateros que roban y saquean, bajo el escudo del amor a la patria, todo lo que encuentran en su camino. Contra estos últimos se toman medidas radicales, no pasa una semana en que no sean fusilados varios guerrilleros en el patio del cuartel. Un procedimiento horrendo. Al hombre lo colocan contra el muro; nueve soldados disparan a una distancia de diez pasos cuando reciben la orden, y el médico comandante tiene que ir a ver si el ejecutado deberás está muerto ¡Es una cosa muy impresionante ver a una persona sana un minuto antes y muerta al siguiente!” El lenguaje del doctor nos va ubicando en su forma de pensar. Era imperialista y no muy afecto a los mexicanos. “México únicamente puede ser puesto en buena situación por un trono sostenido con bayonetas. La holgazanería e indolencia de la nación necesita una mano de hierro para dar vida a las masas.

“Los mexicanos tienen fama de ser crueles y cobardes de lo primero habla un juego muy en boga, que no falta en ninguna festividad. Bajo el aplauso general, desde el joven hasta el anciano, un gallo vivo es colgado de las patas con la cabeza hacia abajo, a una altura tal que un jinete que galopa por debajo llega exactamente a poder coger con las manos el pescuezo del gallo. El juego es éste: de 10 a 20 jinetes, uno tras otro, galopan bajo el gallo y le arrancan las plumas; el animal se vuelve por esto furioso y cuando más furioso se pone tanto más aplaude el público; cuando ha sido torturado bastante se adelanta uno y le tuerce el pescuezo al gallo.”

El doctor Schmidtlein era muy franco con sus padres, con relación a sus ambiciones profesionales: “Ya ahora soy médico de varias de las primeras familias (de Puebla) y mi clientela aumenta de un día para otro, de manera que estoy decidido, si el asunto se mantiene así, a ser médico militar sólo hasta estar seguro de poder vivir como médico civil… El grado de médico militar fue con el que pude hacer el viaje sin pagar”.

Los vaivenes políticos le tenían sin cuidado: “Aquí seguimos viviendo muy tranquilamente, y en lo que respecta a mi persona veo con sangre fría lo que sucede a mí alrededor, si llega a derrumbarse todo el asunto, saldrá de las cenizas del médico militar, el fénix de los médicos alemanes, que probablemente llegará más lejos en todos sentidos, que si sigue con el uniforme. “En la estabilidad del Imperio ya no creen ni los mismos Imperialistas; vuelve a empezar para el pobre país la hora de la guerra y de la anarquía. Yo veo tranquilamente todo y sigo curando lo mejor que puedo. Mi clientela ha aumentado tanto, que ya no me es posible atenderla a pie y ya he encargado que me compren en México coche y caballos.”

Para diciembre de 1866, el imperialismo de Schmidtlein se había apaciguado: “El imperio se aproxima a un final lamentable; los franceses y los austriacos se disponen a partir, el Emperador, que no comprende o no quiere comprender la situación del país, todavía no piensa en la renuncia y se encuentra aquí en Puebla cazando mariposas o jugando billar. La época en la que podía haber renunciado con una apariencia de conveniencia ha pasado, y así va a tener que retirarse discretamente del país, que queda en una situación más desolada que cuando tomó posesión de él.

“A fin de conseguir hombres para el ejército imperial se provocan revoluciones forzadas y los pobres indios son capturados y atados en cuerdas de 30 a 40 individuos conducidos como un rebaño de animales al cuartel. No para ningún día sin que tenga uno la ocasión de presenciar este repugnante espectáculo. ¡Y con un regimiento así, piensa vencer el partido conservador! Es claro que en la primera oportunidad se les escapan los pobres indios aprisionados.”

Esta colección de cartas de Adolfo Schmidtlein tiene mucha información familiar que sólo tuvo interés, en su momento, para los involucrados: citas, chismes, entuertos domésticos, malentendidos. Pero también tiene muchas noticias que conservan su interés hasta la fecha: que las bodas religiosas generalmente se celebraban en la madrugada, a las 4 ó de la mañana; que en Puebla sólo se acostumbraba dos alimentos, a las 10 de la mañana y a las 6 de la tarde; que aquí hasta los años sesentas del siglo pasado, en Navidad sólo se ponían nacimientos y que en los setentas empezaron a usarse los arbolitos y los regalos, por la influencia europea; en fin, que aquí se vendían billetes de la lotería de La Habana, a los que era, por cierto, muy aficionado nuestro autor.

Su frialdad germana recibía ciertos estremecimientos de las latinas: “Las damas de la casa frecuentemente le dan a uno la mano, desde la primera vez, lo que para el europeo es al principio algo extraño, así como el fumar de las damas. Realmente se ve muy curioso cuando, elegantemente vestidas de blanco o de negro, sacan su cigarrillo de la bolsa, lo lían con los dedos, piden fuego al vecino y luego con gran maestría pasan lentamente el humo por la nariz.”

No obstante, el doctor no hacía reparos en la casa de su futuro suegro: “…dos noches semanales en casa de los Teruel, donde soy recibido muy bien y con verdadero gusto, me siento en cómodos sillones americanos y fumo los habanos del viejo Teruel…”

La vida cotidiana en Puebla es descrita, de paso, por Schmidtlein: “Llama la atención la gran cantidad de jinetes que visten en traje popular mexicano: sombrero grande con adornos de oro en el ala, saco corto y oscuro, pantalón de montar de gamuza y sobre él pieles de animal; en las botas de cuero amarillo enormes espuelas; en la silla el inevitable lazo y el caballo mismo cubierto de pieles, y se galopa por las calles de tal manera que un agente de policía de Bayern hubiera protestado. Una impresión más extraña nos hacen los animales de carga y de tiro que traen las familias de indios de cara fea, cuerpo hermoso y musculatura de hierro. Que en las calles se espulgan el uno al otro los pequeños habitantes de su cuero cabelludo, es notable la impresión que dan de su naturalidad, ¡exhiben sin recato sus vestidos más simples y parecen no conocer las cuentas del sastre!

“Tomemos además de los aspectos de las calles antes mencionados, los cargadores de agua características de México, los vendedores y vendedoras de fruta, los religiosos ataviados en todos colores con sombreros como el doctor del Barbero de Sevilla, las damas con su velo y su libro de oraciones, los soldados austriacos y franceses; así se obtiene un cuadro bastante pintoresco”.

No obstante haberse casado con mexicana, este médico alemán no tenía la mejor impresión de nuestra gente. “Creo que cuando más flojo es un pueblo tantos más días de fiestas religiosas tiene. El viernes pasado celebramos el día de María Dolores; la mayoría de las familias instalan un pequeño altar que adornan con retratos, luces y flores. En las casas más ricas se cantan una misa por personas que no tienen que ver con la Iglesia, y en esta noche van las familias de una casa a otra para admirar sus respectivos altares; en todos lados hay música y una gran cantidad de luces para darle un sabor terrenal a esta devoción moderna, como antiguamente se hacía en Efeso. Se sirven refrescos de piña que a mi juicio es lo mejor de todo el asunto.” Ya sabemos que nuestra fama telúrica no es nada nuevo: “El ruido en el teatro cuando se sintió la primera sacudida del terremoto no lo olvidaré en los días de mi vida. En realidad, no pasó nada, y como siempre en esas ocasiones fue la agitación y la intranquilidad peor que el mismo terremoto; según costumbre netamente mexicana, las mujeres cayeron de rodillas y comenzaron a rezar el rosario.”

Schmidtlein llegó a ser de la alta sociedad, tanto en Puebla como en México. En esta ciudad fue presidente del Club Alemán, vinculado al embajador. “Hace algunos días se casó nuestro ministro el conde Enzenberg y por cierto con su sobrina; él tiene 66 años y ella 32; esto ha dado mucho material para conversaciones. La boda tuvo lugar en la capilla de la casa del Arzobispo de México, con previo permiso del Papa. Fue según la costumbre a las 6 de la mañana; únicamente se invitó al Cuerpo Diplomático y a los Sres. Félix Semeleder y a un servidor. No faltaron la pompa eclesiástica, ni los uniformes.”

A pesar de su carácter teutón, tenía sentido del humor. Decía de su propio consultorio: “Una placa de latón con mi nombre atrae a los infelices a caer en la trampa. En el primer cuarto esperan, en el segundo son sacrificados.”

Freud establece que cuando una persona extrovierte enfáticamente algún sentimiento, lo más probable es que en su subconsciente domine exactamente lo contrario.

Schmidtlein decía, en diversas cartas: “…ni estoy comprometido, ni soy casado, ni soy viudo, estoy contento de ganar lo suficiente para poder vivir solo y no quiero vivir del dinero de una mujer rica.

“Ya que parece que lees inquieta la noticia de mi casamiento, les aseguro otra vez que no estoy comprometido, aunque todos los amigos, y yo mismo, comprendemos que un casamiento agradaría mucho a mi clientela…”

Lo cierto es que ya casado con Gertrudis, el suegro García Teruel les dio casa en Puebla y luego les compró una en México, para ser vecinos.

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