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El árbol de las manitas o macpalxóchitl

Hoy en día se sabe que este árbol, aún muy raro y difícil de trasplantar, existe en forma silvestre en varias zonas boscosas altas del país, como Chiapas y Oaxaca.

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En el terreno de la botánica y de la farmacopea, los indígenas descollaron con particular esmero en el conocimiento de la botánica local, en la clasificación de las plantas y en la determinación de sus propiedades curativas. Los conocimientos tradicionales se transmitieron de generación en generación, matizados de magia. 

En los jardines de Netzahualcóyotl en Texcoco, o de Moctezuma en Tenochtitlan, en Chapultepec y en los famosos huertos de Oaxtepec se cuidaban flores, plantas medicinales y árboles traídos de todas las regiones conquistadas. El árbol de las manitas está mencionado por primera vez después de la Conquista en el manuscrito mexica Libellus de Medicinabilus Indorum Herbis, llamado comúnmente Códice De la Cruz-Badiano (1552). Se trata más bien de un recetario ilustrado con numerosas y atractivas acuarelas de diversas plantas medicinales realizadas por manos indígenas. 

El manuscrito, elaborado en papel italiano, fue redactado en náhuatl por Martín de la Cruz, médico indígena del colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco y traducido al latín por Juan Badiano, indio de Xochimilco. En el capítulo octavo, dedicado a la curación de la región púbica, se menciona el árbol de las manitas con sus usos medicinales: “Cuando se siente dolor en esta parte, únjase con el líquido que extraerás y harás de la corteza y hojas del árbolmacpalxóchitl, zarzas, hierbas de tolohuaxihuitl y xiutontli, navaja de las Indias, pedernal, un fruto que llaman tetzapotl y la piedra texoxoctli.

Todo eso molido en sangre de golondrina, lagartija y ratón. Este líquido no se olvide de calentarlo…”  El manuscrito fue enviado a España a mediados del siglo XVI, pero en vez de ser entregado al rey, fue a dar a manos de un boticario que lo vendió al cardenal Barberini, fundador de la Biblioteca Vaticana en 1679, actualmente el Códice Badiano se encuentra en el repositorio de Códices del Museo Nacional de Antropología, ya que en 1994 fue devuelto a México, por las autoridades del Vaticano. 

Otro franciscano del colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fray Bernardino de Sahagún, escribió el Códice Florentino, publicado como Historia general de las cosas de la Nueva España, fuente de incalculable valor para conocer los adelantos que habían alcanzado los antiguos mexicanos en diferentes áreas. Se cree que el padre Motolinía, entonces prior de la orden franciscana, lo convenció de escribir este trabajo cuando vio la enorme recopilación de datos que había hecho Sahagún a partir de 1548 en el convento de Tepeapulco con la ayuda de los ancianos del pueblo, informantes de primera mano. En el Códice Florentino la información aparece escrita a dos columnas: la primera en castellano, por Sahagún y la segunda en náhuatl. Este códice es el único original de la documentación indiana que se puede cotejar con el texto en español. El libro XI, capítulo 7 titulado “De toda clase de hierbas”, es un pequeño inventario de plantas indígenas entre las cuales hace la descripción del árbol de las manitas: 

“297. También hay unos árboles en las florestas que se llaman macpalxóchitl en que se hacen unas flores que son a manera de mano con sus dedos, quiere decir flores dedos; tiene las hojas gruesas y muy ásperas; también este árbol se llama macpalxóchitl, porque sus flores son como la palma de la mano con sus dedos (y) toma nombre de la palma y de los dedos”. No es hasta el último cuarto del siglo XVI que el interés específico por la flora y la fauna americanas logra el respaldo oficial de la Corona española. Felipe II nombra al protomédico Francisco Hernández para que emprenda una exploración detallada del territorio de las Indias occidentales. Pasa siete años difíciles en la Nueva España viajando por las audiencias de México, Oaxaca y Michoacán. Regresa a España con 16 volúmenes manuscritos, numerosos dibujos indígenas y una colección de plantas disecadas. Su obra sobre botánica, la cual se queda sin publicar hasta 1651, está escrita como un diccionario de más de 3 mil plantas ilustrado con grabados en madera y en cobre. 

En el libro XII, capítulo LV, aparece la definición del árbol de las manitas y dos grabados que la ilustran: uno de una rama y otro del detalle de la flor: “Es un árbol grande que da flores con forma de mano, de donde el nombre, de color escarlata por dentro y amarillo con rojo por fuera; hojas como de higuera, pero menores, y fruto duro y leñoso, algo parecido en la forma a la flor de azucena. Florece al comenzar el invierno y, como la mayor parte de los árboles de estas tierras en las regiones cálidas, tiene follaje todo el año. No se menciona ninguna utilidad médica suya”. 

En este caso particular Hernández niega cualquier valor medicinal de este árbol y sólo realiza su clasificación según los cánones europeos basados en el análisis de la flor, del fruto o de la semilla. Por último, existe laHistoria naturalde Juan Navarro, fray lego del Colegio Apostólico de la Santa Cruz de Querétaro. Se desconocen los cuatro primeros tomos dedicados, al parecer, a la flora y la fauna europeas según el modelo del Plinio. 

Al llegar a la Nueva España, maravillado por la cantidad de nuevas especies, escribe el quinto volumen titulado el Jardín americano, 1801. en el prólogo, Navarro informa que su modelo para ordenar y describir las plantas ha sido la obra del dominico fray Francisco Ximénez, edición compendiada de la obra hernandina publicada en América en 1635. Asimismo explica que añadió unas plantas que “he encontrado en los campos y cerros las veces que he viajado inquiriendo sus nombres y virtudes ciertas”. 

Fray Navarro da prioridad a los dibujos sobre la información escrita, dejando de lado muchos conocimientos ofrecidos previamente por Francisco Hernández. El resultado de esta compilación es un herbario medicinal ilustrado de carácter práctico, cuya estructura facilita más su consulta que las obras de sus antecesores, ya que contiene dos índices, uno de plantas y otro de enfermedades que ayudan al lector a encontrar el remedio deseado. 

La flor de la manita es la última de la obra, de la cual escribe: “Manita de Toluca: es árbol cuya flor parece una mano. Se ha llevado a varias partes y nunca se logra. Sólo la diligencia de don Vicente Cervantes logró dos en el Palacio del virrey de México, donde existen y yo vi.” La descripción es escueta pero su valor proviene de su referencia geográfica al valle de Toluca, y al Jardín Botánico de México. 

A fines del siglo XVIII, el rey Carlos III envió una expedición científica a Nueva España, la cual estuvo encabezada por Martín de Sessé y entre sus miembros se encontraba Vicente Cervantes, quien atendió la primera cátedra de botánica impartida en México. Sessé ayudado por sus colaboradores fundó el Jardín Botánico en una esquina del Real Palacio. En sus buenos tiempos, se reunieron hasta 6 mil ejemplares de flora mexicana, entre ella el árbol de las manitas, lo que permitió a Cervantes redactar diversos escritos científicos que lamentablemente quedaron inéditos. 

Otra expedición que llegó a la América española fue la del barón Alejandro de Humboldt, científico prusiano que dedica cuatro años de su vid a la exploración de Cuba, La Nueva Granada, la Gran Colombia y la Nueva España. Este hombre de ciencia arribó a Acapulco en 1803 acompañado por el botánico francés Aimé Bonpland. En la ciudad de México conoció a Vicente Cervantes, quien le enseñó el árbol de las manitas en el jardín del Palacio Virreinal. Bonpland estudió la descripción científica que realizó por primera vez Dionisio Larreátegui, alumno de Cervantes, y le cambió el nombre científico de Cheiranthodendron que incluye los vocablos mano-flor-árbol, por el genérico de Cheirostemon formado de las palabras mano-estambre, que expresa mejor el carácter de la flor, puesto que sólo los estambres presentan la figura de una mano. El árbol pertenece a la familia de las Bombaceas, con el calificativo deplatanoides, que le puso Bonpland por su similitud con la hoja deplatanus. En sus observaciones, el botánico francés consigna la existencia del árbol en Guatemala y Toluca; cuenta con qué dificultad se ha dado en el Jardín Botánico de México y menciona que se ha plantado sin resultado en el Jardín Botánico de París, Malmaison, Cels y Noiset. Humboldt afirma más tarde que el árbol se dio en el Jardín Botánico de París y Montpellier. 

La victoria de la República sobre el Imperio de Maximiliano provoca de parte de los científicos una nueva determinación de trabajar y profundizar en las ciencias naturales. En 1868 se fundó la Sociedad Mexicana de Historia Natural que publicó la revista científicaLa Naturaleza, en cuyas páginas hay numerosos estudios sobre las plantas mexicanas. Don Mariano Bárcena, socio de número, escribió un artículo (1876) sobre el árbol de las manitas, en el que además de hacer su historia, termina con la idea errónea de que por disposición divina existe un solo árbol en Toluca. Menciona otros ejemplares localizados en la Ciudad de México en el convento de San Francisco, en la hacienda de los Morales y en Tlalpan, y habla de la existencia de esta especie en Guatemala y en Oaxaca. Estos últimos datos los debe a su amigo Antonio Peñafiel. 

En esta breve exposición, se ha omitido intencionalmente la obra de varios escritores españoles, criollos y extranjeros como Bernal Díaz del Castillo, el jesuita Francisco Clavijero, el padre Vétancourt y el inglés Pedro Alonso O’Crouley aunque hayan hecho referencia a la existencia del árbol de las manitas porque su mención no aporta datos adicionales; sólo indica la amplitud de sus intereses y conocimientos. Hoy en día se sabe que este árbol, aún muy raro y difícil de transplantar, existe en forma silvestre en varias zonas boscosas altas del país. Los grupos indígenas del país se refieren a él con nombres diferentes: camxóchitl, canacoocanaqueen Chiapas, lima-na-shnuen la lengua chontal en Oaxaca yteyacuaoteyequeen purépecha en Michoacán.  Las universidades de Chapingo y del Estado de México tienen conciencia de la importancia de este árbol y de su valor intrínseco, por ello estudian el modo de reproducirlo para evitar su extinción. 

El interesado en el árbol de las manitas será feliz, si para corroborar sus conocimientos, va a Toluca con doña María de los Dolores Colín Santos, guardián del único ejemplar que existe por ese rumbo. Muy orgullosa del tesoro que custodia con amor en el cerro de Huitzila, colonia Lomas Altas, le enseñará este árbol frondoso de unos doce metros de alto con brazos pesados sostenidos por soportes de madera. La corteza es de color café rojizo y las últimas flores aparecieron a principios de junio. Son muy difíciles de ver porque están escondidas entre enormes hojas y no tienen tallo. La señora Colín tiene buen ojo y las recoge con la ayuda de un palo largo. Si toma la flor hervida en agua, doña María asegura que controla los nervios y estabiliza la presión, entonces, después de su ingestión se sentirá usted como nuevo.

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