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El charro mexicano I

Pocos meses faltan para ingresar al siglo XXI, y el palpable desarrollo de la tecnología computarizada despierta de manera vertiginosa la imaginación sobre la posible venida de un mundo dinámico y demasiado modernizado.

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En un breve repaso de las imágenes que han llenado el presente siglo XX, saltan a la vista las repercusiones del nacionalismo posrevolucionario que dio a México el perfil de una nación moderna. En este marco ideológico surge, entre otras, la peculiar figura del charro mexicano como un símbolo de la mexicanidad. La figura del charro puede apreciarse desde dos perspectivas: la histórica y la antropológica. La primera remite a la época de la Colonia cuando se originaron las haciendas de economía mixta, agrícola-ganadera, la de otras unidades menores como las estancias y los ranchos. En cambio, el punto de vista de la segunda tiene que ver con cuestiones de identidad nacional. 

Al profundizar sobre la perspectiva histórica es de suma trascendencia recordar que los terratenientes poseedores de ganado y propietarios de grandes extensiones de tierra fueron los mayormente beneficiados con la economía rural, para la cual requirieron de una gran cantidad de trabajadores. Básicamente, las haciendas prósperas emplearon varios centenares de peones permanentes, un tanto de eventuales y en menor cantidad disponían de arrendatarios y de aparceros que se encontraban en los límites de las haciendas esparcidos en rancherías o congregaciones y en pequeños caseríos.  El agro mexicano giró durante varios siglos en torno a la economía de las haciendas, con predominancia de aquéllas criadoras de ganado mayor donde surgió una significativa escala de trabajadores protagonistas de hechos que darían origen al charro y a la charrería. Quizás en ello tuvo mayor injerencia la población de libre movilidad como los arrendatarios, aparceros y rancheros.   

Los charros de antaño     

Un excelente ejemplo lo da Federico Gamboa en 1940, en una carta dirigida al marqués de Guadalupe y charro aristócrata Carlos Rincón Gallardo, publicada en El libro del charro mexicano, obra de este último.  Para el caso, y refiriéndose al escritor Luis G. Inclán (1816-1875), ranchero por nacimiento y varias veces administrador en diferentes haciendas, dice:  “Creció y se formó dentro del más propicio ambiente para pronto graduarse de consumado jinete, domador de potros salvajes, y su hábil arrendador luego, juez y parte en jaripeos, herraderos y “capazones”, arreador de ganados y que sé yo cuanto primores más… cual la inmensa mayoría de nuestros charros que a fuerza de revolcones y caídas -no es jinete el que no cae-, paso a paso y tumbo a tumbo llegó a maestro en el viril oficio”. 

Por otra parte, el notable historiador Luis Pérez Verdía, en su Historia particular de Jalisco (1911), describió la ciudad de Guadalajara de principios del siglo XIX e hizo referencia al ranchero rico que: “…usaba vestido de cuero o de género de lana, mangas o sarape de estambre o de Saltillo, que alcanzaba el precio de una onza de oro, botas de montar llamadas de campana con ataduras de cuero o fuertes cintas de color, sombrero de ancha falda…”  Como podrá apreciarse, ambas descripciones son del siglo XIX y las características atribuidas a los personajes delinean perfectamente la figura del charro difundida en el siglo XX.  Los trabajadores de las haciendas que dejaron grata memoria escrita de aquellas faenas camperas, finalizadas en festejo, han señalado los rodeos como una de ellas. Sobre ello, desde mediados del siglo XVI se tiene noticia en México de la práctica de los rodeos en temporal de lluvias, con el propósito de separar el ganado de los distintos propietarios. 

Conforme lo reglamentado en 1574, el rodeo era una batida circular que hacían los vaqueros montados en sus caballos para bajar el ganado de las serranías y concentrarlo en un punto donde harían la selección de los animales ayudados de largas puyas con punta de hierro similares a las garrochas. Los animales sin marca, “orejones”, se los repartían entre los distintos “señores de ganado”, y los de marca desconocida eran entregados a los representantes de las autoridades virreinales como bienes mostrencos.   

Domingo Lázaro de Arregui, en su obra Descripción de la Nueva Galicia publicada en 1621, da noticia de la realización de rodeos en tierra caliente para poder curar las crías afectadas por el gusano, y señala que “El modo de criar, guardar, juntar y curar estos ganados todo es a caballo, en yeguas que se consumen en esto muchísimas…”  Todavía en las dos primeras décadas del siglo XX tenían lugar los rodeos, entonces nombrados también jaripeos, aunque estos últimos sólo eran la parte final de aquéllos, es decir, la concentración de los animales en el corral mayor para iniciar la selección en dos pequeños corrales anexos y realizar las tareas de conteo, herraje y capazón, entre otras acciones que implicaban la participación de experimentados jinetes, muy hábiles en el manejo de las reatas para las lazadas de los animales.  A los jaripeos se invitaba a connotados charros, expertos en las lides de lazar, colear y jinetear el ganado. Asimismo, participaban los señores hacendados y el espectáculo era presenciado por los familiares de éstos y por la población ranchera de los alrededores.

Regularmente, para dar de comer a toda esa concurrencia eran sacrificados tres o cuatro novillos y se preparaba una suculenta carne acompañada de las populares tortillas recién echadas en los comales.  No faltaba el tequila en botellas o bules que se acostumbraba beber a boca de botella, por lo que ésta pasaba de mano en mano. Esta singular bebida era traída de las tabernas de las haciendas cercanas que la producían. La música daba el último toque a la fiesta campirana amenizada por un conjunto de mariachi de alguno de los ranchos próximos. Entre los de a caballo no faltaban los desafíos de tirar una botella al suelo y, a carrera tendida, levantarla sin caer del caballo.   

Fuente:   México en el Tiempo # 28 enero / febrero 1999 

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