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El Estanquillo: la ironía vuelta museo

¡Pásele! ¡Pásele! No es mercado, sino museo; mas no para tareas escolares, sino para divertirse y descubrir. Las puertas están abiertas a unas cuadras del Zócalo, donde encontrará cientos de piezas que revelan diferentes ángulos de la ciudad de México. Los rostros y las voces de sus habitantes están ahí.

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Deténgase al llegar a la esquina de Francisco I. Madero e Isabel La Católica, donde se hallaba la joyería más selecta del porfiriato; ahora en ese mismo edificio, envueltos en nostalgia y humor, brillan otros objetos que le contarán las trasformaciones de la capital. Son las “joyas” pertenecientes a la colección del escritor Carlos Monsiváis (1938).

Chilango por nacimiento, el periodista ha caminado por las calles citadinas, ha observado sus rincones, registrado sus detalles y relatado instantes memorables del Distrito Federal. Desde hace 35 años inició su pasión por coleccionar y desde 2002 colaboró con el gobierno capitalino y la UNAM para crear el Museo del Estanquillo, donde la inteligencia sirve para reír.

A principios del siglo XX, las calles de Francisco I. Madero e Isabel La Católica se llamaban Plateros y Puente del Espíritu Santo, respectivamente. Hoy, en ese cruce está la colección original compuesta por alrededor de 11,000 piezas, pero por las dimensiones del recinto sólo se muestra una parte, la cual que será modificada periódicamente. De manera que tiene material de sobra para que cada temporada que lo visite, encuentre algo nuevo.

Escribir y coleccionar

Monsiváis dijo que “el mundo es un mercado de pulgas”. Comentó que su colección procede de lugares variados, lo mismo de casas de anticuarios que de la Lagunilla. Platicó cómo se convirtió en coleccionista: “No tenía pensado una tarea a largo plazo, sino sencillamente darme gusto, acercarme a lo que siempre me había gustado. En eso estaba, cuando tuve la oportunidad de adquirir algunos títeres de la compañía Rosete Aranda que me habían fascinado de niño, y reivindiqué la mirada infantil. En eso estaba cuando volví a mi pasión, también de infancia, por las miniaturas y eso ya se enfiló hacia una colección.

Ya para mediados de la década de los ochenta, el gusto adquisitivo se había convertido en obsesión, aunque todavía de ahí no pasaba. Se necesitó el aumento de mis ingresos (gracias sobre todo a los artículos seriados, y a  mejor paga) para que me decidiese por aumentar mis acervos, y a incluir la fotografía, entonces un arte demasiado ‘populista’ como para que se le tomara en serio.

Después, oh dioses de la compra, he seguido y persistido, y con toda modestia, me he arruinado, sin que pudiera coleccionar mis ruinas. Pero no me quejo”.

En las salas del museo caminará por la historia de esta ciudad y por tanto, del país. Le recomiendo que aprecie los detalles de las maquetas que reproducen diferentes espacios urbanos: arenas de lucha libre, pulquerías, plazas públicas, carnicerías, barrios… Es un recorrido muy agradable en el que también mirará lo mismo mapas, litografías y grabados que fotos, caricaturas periodísticas y carteles.

Un mezzanine –que lleva el nombre del fotógrafo Nacho López– está dedicado al cine. Ahí recordará a estrellas de la cinematografía nacional. Sitio para las divas María Félix y Dolores del Río; para los íconos del macho mexicano Pedro Armendáriz, Jorge Negrete y Pedro Infante; para los cómicos “Tin Tán” y “Cantinflas”.

 Todo está impregnado de humor e ironía, propias de Monsiváis. De hecho, como me explicó el director del Estanquillo, Rodolfo Rodríguez, la finalidad de este museo no es didáctica, sino lúdica, pues se busca romper con la solemnidad, se pretende hacer reír y propiciar el descubrimiento de lo que fue y es esta ciudad.

El edificio

Fue construido entre 1890 y 1892. Una vez que se le escogió como sede del Estanquillo, en 2003 empezó su restauración, realizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Fundación del Centro Histórico de la Ciudad de México. Gracias esos trabajos contemplará su magnífica fachada de principios del siglo XX. Desde su cafetería se pueden observar el Templo de la Profesa y el Casino Español, entre otros edificios. Un piso abajo está la biblioteca donde puede participar en divertidos talleres para hacer una máscara de luchador, contar cuentos y chistes, pintar, revisar la variedad de libros… A un lado, tiene la sala de proyección en la que se ofrecen ciclos de cine y cursos.

El Estanquillo es un espacio para la ironía que como capitalino o visitante de la ciudad de México disfrutará.

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